Franco murió en 1975 sin haber reconocido nunca al Estado de Israel. Israel había nacido como Estado en 1948, por lo que durante 27 años España mantuvo esa posición. Tras su muerte, sin embargo, España tenía un gran objetivo exterior: integrarse plenamente en Europa y entrar en la Comunidad Económica Europea.
Israel vio en ese proceso una oportunidad para cambiar la posición española y desarrolló una campaña diplomática en varias capitales europeas. Buscó apoyos en Dinamarca, Alemania Occidental y Países Bajos, pero Francia tuvo un papel especialmente visible: 72 parlamentarios franceses reclamaron la normalización antes de ratificar la adhesión española. Además, Théo Klein, presidente del Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, escribió directamente a Juan Carlos I pidiéndole que interviniera ante el Gobierno español.
Las fechas resumen el resultado: España entró en la Comunidad Económica Europea el 1 de enero de 1986 y, solo 16 días después, estableció relaciones diplomáticas con Israel. Juan Carlos I respaldó públicamente aquella normalización.
Y aquí resulta inevitable recordar la visión que había mantenido Franco: interpretaba el sionismo, al igual que la masonería, como una red internacional de influencia capaz de condicionar la política de los Estados y que, desde su particular visión ideológica, chocaba con la Europa cristiana y católica que defendía.
Cuarenta años después, y en un contexto completamente diferente, queda una pregunta que va mucho más allá de Franco o de Israel: ¿quién condiciona la política exterior española y qué precio estamos dispuestos a pagar por nuestras alianzas?




