En 2018, Abdelkarim Al-lal Aisa Chamlal, entonces presidente de la Comisión Islámica de Melilla, afirmó que prefería el modelo marroquí frente al de Arabia Saudí y Emiratos, al considerar que estos últimos promovían corrientes más radicales en algunas mezquitas españolas. No hablaba un político europeo ni un comentarista ajeno al islam, sino un representante de una institución musulmana en España.
Arabia Saudí, Emiratos, Marruecos o Qatar no son actores ajenos a Europa. Desde hace décadas, distintos Estados han financiado mezquitas, centros culturales islámicos, becas para formar imanes y proyectos religiosos en varios países europeos. Esa influencia no ha sido solo económica, sino también doctrinal, motivo por el que numerosos gobiernos europeos han reforzado en los últimos años el control sobre la financiación extranjera de instituciones religiosas.
Hoy, en 2026, este debate sigue plenamente vigente. Sin embargo, todavía es frecuente que quienes plantean estas cuestiones sean descalificados antes de que pueda producirse una conversación seria.
Analizar estas realidades no es un acto de intolerancia, sino de responsabilidad democrática. Defender nuestros valores, nuestra convivencia y un modelo de sociedad basado en la libertad exige poder debatir, con datos y sin miedo, sobre cualquier fenómeno que pueda afectar a Europa.
Hace ocho años, incluso desde sectores de la propia comunidad musulmana ya se advertía sobre estas influencias. Ignorar ese debate no hará que desaparezca. Al contrario: impedir que las nuevas generaciones lo conozcan y lo analicen con rigor solo aumenta el riesgo de que los problemas se agraven. Las democracias no se fortalecen silenciando los debates incómodos, sino afrontándolos con transparencia, espíritu crítico y respeto.
(Imagen creada con IA)




