«La seguridad será el hijo robusto del terror, y la supervivencia, el hermano gemelo de la aniquilación»
Esta frase de Winston Churchill de 1961 bien podría trasladarse al panorama del 2026. La sombra de la guerra recorre Europa. Ucrania arde. Sudán se desangra. México, amenazado por los narcos. Y estaríamos hablando de la guerra entre Pakistán y Afganistán, de no ser por la operación Furia Épica ejecutada por el Ejército de los Estados Unidos.
Y ante esta escalada bélica, los Estados buscan protección. Europa ha entendido que debe defenderse. En recientes declaraciones a la agencia Reuters, el primer ministro polaco, Donald Tusk, ha anunciado que Polonia buscará su «propia autonomía» en cuanto a la disuasión nuclear, a la vez que refuerza el rol de la Energía atómica en su país.
Más al norte, en los países escandinavos, el teniente general del ejército noruego lanzó una interesante tribuna en el portal «War on the rocks» sobre una posible disuasión estratégica nuclear 100% nórdica, coordinada por Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega e Islandia. Un programa cada vez más comentado y defendido en el panorama político nórdico, que incluso bautizó al programa como «Mjolnir», el legendario martillo de batalla portado por el dios Thor en la mitología escandinava.
En Asia, Corea del Sur y Japón (sí, el mismo país que sufrió en su territorio los horrores de la devastación atómica) también enfrentan debates encarnados sobre la necesidad de dotarse de su propia bomba atómica, amenazados por la siempre impredecible Corea del Norte y el auge de la potencia china.
Macron, en su discurso en Île Longue , prometió un endurecimiento de la postura nuclear francesa, con la expansión de la disuasión a todo el territorio de la Unión Europea, en un contexto en el que el paraguas nuclear estadounidense está contestado, en vistas a las tiranteces de la relación trasatlántica. Pero su decisión más importante fue la de aumentar el número de cabezas nucleares en el arsenal galo. El tabú nuclear se está perdiendo. Y con él, la fuerza del Tratado de No Proliferación, firmado en 1968.
Durante los años 60 del pasado siglo, la inteligencia estadounidense advirtió a Washington , en documentos oficiales ya fuera de secreto, de cómo «la continua difusión de las armas nucleares no está claramente en el interés de los Estados Unidos. Aunque tales armas no fueran utilizadas, esa difusión agravaría las disputas ya existentes y crearía otras nuevas. Y, aunque el uso de un arma semejante por parte de una pequeña potencia sería un acto irracional, no se puede excluir esa posibilidad. Además, la presencia de nuevas potencias atómicas haría que la gestión de una crisis internacional de gran envergadura fuera menos predecible y más peligrosa para los Estados Unidos»
La CIA establecía ya en este período que había dos grandes tipos de países potenciales candidatos a la proliferación:
- Aquellos con capacidades técnicas, intelectuales y científicas para el desarrollo autónomo de las armas nucleares, sobre los cuales Estados Unidos podría ejercer una presión para renunciar a tales armas a cambio de garantías de seguridad y la disuasión nuclear alargada brindada por los propios Estados Unidos.
- Aquellos con capacidades técnicas, intelectuales y científicas para el desarrollo autónomo de las armas nucleares, que continuarían con su programa atómico independientemente de la coerción y promesas estadounidenses (En los 60, China y Corea del Norte, en la actualidad, la propia Irán)
El problema es que la degradación del orden internacional y la difusión de la Fuerza y la disuasión nuclear como única salvaguardia en un panorama geopolítico complejo, unido a la impredecible administración estadounidense hace que ese tabú, ese escalofrío que recorre la espalda de todo internacionalista y que nos retrotrae a la Guerra Fría y su psicosis atómica, se esté perdiendo. Francia con su declaración de aumentar sus cabezas nucleares ha abierto la veda. ¿Será la única?




