El 21 de marzo, Bogotá acogió la décima Cumbre de Jefes de Estado de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, la CELAC, en el marco de un Foro de Alto Nivel con delegaciones africanas cuyo propósito declarado era reforzar el multilateralismo del Sur Global frente a un orden internacional en descomposición. De los treinta y tres países miembros de la CELAC, enviaron a su presidente o primer ministro cinco, que fueron Colombia, Brasil, Uruguay, Guyana y San Vicente y las Granadinas. El resto mandó cancilleres, viceministros o embajadores.
El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva criticó con un golpe sobre la mesa la «pasividad» del Consejo de Seguridad de la ONU ante los conflictos activos en Gaza, Ucrania e Irán, advirtió sobre lo que describió como el riesgo de una nueva forma de colonización de América Latina, y exigió que la región defienda el control de sus minerales críticos frente a potencias externas que, en sus palabras, quieren ser dueños de esos recursos. Además, por su parte Estados Unidos había cerrado acuerdos con Argentina y México para asegurarse acceso a metales estratégicos, además de la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero. Lo que resulta significativo es que el presidente del país con la mayor economía de América Latina y el que más peso tiene para articular una posición regional no trajese ninguna propuesta en concreto.
El presidente colombiano Gustavo Petro fue más explícito al afirmar que si la incapacidad para frenar guerras de la ONU no cambia, alguien podría concluir que la organización ya no sirve para nada. Petro ha impulsado junto a Brasil y México una iniciativa de cese al fuego en el conflicto de Irán que no ha encontrado eco en ninguna de las potencias que conducen ese conflicto. Asimismo, Colombia entregó durante la cumbre la presidencia rotatoria de la CELAC a Uruguay. Un traspaso entre dos países de centroizquierda que pudo haber suscitado la impresión de que la CELAC funciona como un club ideológico más que como un organismo verdaderamente regional, lo que complica aún más su legitimidad como mecanismo multilateral.
La realidad es que la CELAC incluye en su membresía a países con posiciones radicalmente distintas. Mientras Brasil, México y Colombia rechazaron públicamente la captura de Maduro como una intervención militar ilegítima, Argentina y Ecuador la respaldaron como una operación antinarcóticos necesaria. Mientras Cuba y Nicaragua defienden el alineamiento con Pekín como contrapeso natural a Washington, Chile, Perú y Uruguay mantienen una relación comercial y diplomática con Estados Unidos en un momento en que los aranceles, las sanciones y la política de minerales críticos hacen muy costoso el alineamiento con Pekín. Y mientras Petro exige desde Bogotá un cese al fuego en Irán, países como Paraguay o República Dominicana evitan cualquier confrontación con Washington de la que dependen tanto económica como diplomáticamente.
Por otro lado, Ghana propuso declarar formalmente la esclavitud transatlántica de los siglos XV-XIX como crimen contra la humanidad bajo el derecho inetrnacional, que abriría una veda a reclamaciones de reparaciones económicas. Una iniciativa respaldada por varios participantes pero que anticipa la resistencia de Estados Unidos y la Unión Europea. Esta fue la única propuesta concreta con vocación jurídica que salió del foro, precisamente la que mayor resistencia encontró entre las potencias con las que la región necesita negociar su futuro económico.
La declaración final de la cumbre apoyó el multilateralismo, rechazó el colonialismo y pidió el cese al fuego en los conflictos activos, sin que ninguna de esas posiciones tenga mecanismo de ejecución.
En conclusión, lo que la cumbre de Bogotá ilustra es que el Sur Global tiene motivos reales para buscar mayor autonomía en un sistema internacional que no le representa en proporción a su peso demográfico ni económico, pero la falta de presupuesto, de mecanismos de resolución de disputas entre sus miembros y de poder de proyección más allá de la declaración conjunta, demuestra esa distancia entre el diagnóstico y la acción, algo que sus ausentes de Bogotá, probablemente, ya habían calculado.




