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Análisis de la Reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas Nueva York (16:00 28 Feb 2026) 10112th meeting – Middle East

Un ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Irán, la muerte del líder supremo, un estrecho de Ormuz semiparalizado y un Consejo de Seguridad partido en cuatro relatos incompatibles: autodefensa preventiva, agresión ilegal, espectáculo de hipocresía y prudencia calculada. Mientras Washington y Tel Aviv reivindican la legalidad de la operación, Rusia denuncia un intento de destruir a un Estado “que no gusta a Occidente”, China toma nota en silencio de cómo peligra la arteria por la que pasa su energía, y Europa se refugia en un equilibrio incómodo entre condenar a Irán y no avalar otra guerra abierta en Oriente Medio. En el centro de ese juego, el embajador iraní lanza una pregunta que atraviesa toda la sesión: ¿hasta qué punto puede un puñado de capitales decidir, a golpe de misil, quién gobierna en Teherán y qué significa hoy la soberanía en la región?

En la sala del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la guerra encontró su espejo diplomático. António Guterres abrió la sesión recordando que los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán, y las represalias iraníes sobre Israel y bases estadounidenses en terceros países, constituyen una “grave amenaza” para la paz y la seguridad internacionales. El secretario general habló de violaciones de soberanía y de integridad territorial —tanto en territorio iraní como en Irak, Jordania, Kuwait, Qatar, Arabia Saudí o Emiratos— y reclamó, casi a contracorriente, que “todo debe hacerse” para frenar la escalada y devolver el conflicto al terreno de la negociación.

La delegación estadounidense se aferró a la legalidad de la operación. Su embajador Mike Waltz defendió “Epic Fury” como un uso legítimo de la fuerza para desmantelar las capacidades armamentísticas de Irán, degradar sus activos navales, interrumpir la maquinaria que arma a las milicias aliadas de Teherán y garantizar que el régimen “nunca pueda obtener un arma nuclear”. La idea de fondo es clara: la intervención se presenta no solo como autodefensa frente a ataques previos, sino como una inversión en seguridad global futura, una operación quirúrgica que pretende corregir de raíz el desequilibrio estratégico generado por el programa nuclear y la proyección regional iraní.

Israel se mueve en un registro similar, pero con la intensidad de quien se reivindica permanentemente al borde del abismo. Su embajador Danny Danon habló de “detener el extremismo antes de que se vuelva imparable”, insistiendo en que el objetivo es impedir que un “régimen radical armado con misiles balísticos y, potencialmente, armas nucleares” pueda amenazar no solo al pueblo israelí, sino “al mundo entero”. De nuevo, la doctrina del ataque preventivo aparece como extensión natural de una identidad estratégica construida sobre la noción de peligro existencial; el mensaje a la comunidad internacional es que la inacción sería, en sí misma, una forma de irresponsabilidad.

En el extremo opuesto del arco, Irán y Rusia utilizaron el Consejo como tribuna para acusar a Washington y Tel Aviv de agresión. El representante iraní habló de un “acto de agresión” contrario a la Carta de la ONU, denunció la muerte de civiles y advirtió de “represalias duras”, cargando sobre Estados Unidos e Israel la responsabilidad de cualquier expansión de la guerra. Moscú fue incluso más lejos: su embajador calificó los ataques de “acto no provocado de agresión armada contra un Estado soberano”, habló de un paso “temerario” que ha precipitado una “aguda escalada” regional y acusó a Trump y a Israel de estar “arrojando Oriente Medio al abismo”.

Irán utilizó el Consejo como caja de resonancia del dolor y el agravio. Amir Saeid Iravani, embajador iraní ante la ONU, denunció que los bombardeos de Estados Unidos e Israel habían dejado “cientos de civiles muertos y heridos” en múltiples ciudades, y calificó la ofensiva de “agresión no provocada y planificada”, de “crimen de guerra” y “crimen contra la humanidad”. Acusó a Washington y a Tel Aviv de haber atacado deliberadamente zonas residenciales densamente pobladas, no solo instalaciones militares, y reprochó al propio Consejo no haber tomado en serio —dijo— las advertencias de Teherán sobre la retórica belicista de la Administración Trump en las semanas previas.

Iravani llevó la discusión a una pregunta de principio que va más allá de las fronteras iraníes: “La cuestión ante el Consejo es sencilla: ¿puede cualquier Estado, incluso un miembro permanente de este Consejo, mediante el uso de la fuerza, la coacción o la agresión, determinar el futuro político o el sistema de otro Estado e imponerle control sobre sus asuntos?”. Con esa frase, enmarcó la operación no solo como un episodio militar, sino como un intento de decidir desde fuera la arquitectura de poder de la República Islámica. En paralelo, otros altos cargos en Teherán, como el presidente del Parlamento Mohammad Baqer Ghalibaf, prometían que Irán seguiría “el camino marcado por Jamenei”, advertían de que Netanyahu y Trump habían “cruzado una línea roja” y que “pagarían por ello”, y anunciaban la formación de una dirección provisional para evitar un vacío total en la cúpula del sistema.

En este punto la voz de Rusia introdujo un matiz que va más allá del caso iraní y nos devuelve a una gramática casi de Guerra Fría. El embajador Vassili Nebenzia describió las acciones de Washington y de lo que llamó “West Jerusalem” como “un nuevo acto no provocado de agresión armada contra un Estado soberano, en violación de la Carta de la ONU y de los principios fundamentales del derecho internacional”, destinado —en sus palabras— a “destruir un Estado que no es del agrado de Occidente”. Nadie en la sala pretendía blanquear al régimen iraní, pero Moscú aprovechó la ocasión para apuntar a la hipocresía occidental: a la facilidad con la que se invocan reglas y principios cuando el agredido es un aliado, y lo rápido que se evaporan cuando el bombardeado es un adversario o un país incómodo.

En su declaración, Nebenzia habló de una “escalada aguda” desencadenada por Estados Unidos e Israel, y advirtió de una “cadena impredecible de reacciones y de violencia en espiral” cuya responsabilidad, según Moscú, recae “íntegramente” en quienes han decidido atacar ahora a Irán “escudándose en su programa nuclear” mientras persiguen, en realidad, un cambio de régimen. El embajador ruso acusó a sus colegas occidentales de protagonizar una “exhibición de hipocresía y doble rasero” difícil de contemplar sin tener vengüenza, y retomó un argumento que Rusia ya había esgrimido en otras sesiones: si las embajadas o el territorio atacado fueran occidentales, se hablaría de casus belli y se bombardeaba sin dudar; cuando se trata de Irán —sugiere—, la vara de medir cambia.

El discurso ruso es, por supuesto, profundamente cínico si se lo contrasta con la invasión y la destrucción de Ucrania, pero capta algo real en la percepción de buena parte del llamado Sur Global: la sensación de que “Occidente” se ha reservado el monopolio de la violencia legítima y de la interpretación del derecho internacional. En el Consejo de Seguridad, Moscú no defiende a Irán por afinidad ideológica con la República Islámica —cuyos excesos conoce bien—, sino porque la guerra le brinda una nueva oportunidad de presentarse como defensor de la soberanía frente a un Occidente intervencionista, al tiempo que erosiona la autoridad moral de quienes le exigen cuentas por sus propios crímenes en Ucrania. Esa dialéctica, reciclada del lenguaje de bloques, explica por qué este conflicto no solo se libra en los cielos de Irán e Israel, sino también en el terreno simbólico de quién tiene derecho a nombrar la guerra y la paz en el siglo XXI

En su relato, la operación no es una respuesta defensiva, sino la prueba de que la fuerza se ha impuesto definitivamente a la diplomacia.

China optó por un perfil más bajo, pero significativo. Su embajador Fu Cong expresó “gran preocupación” por la rapidez de la escalada y se alineó con los llamados a un alto el fuego y a la reanudación de las negociaciones, invocando el lenguaje clásico del “respeto al derecho internacional, la soberanía y el equilibrio de intereses”. Sin abrazar la retórica incendiaria rusa, Pekín envía así una señal doble: rechazo a la lógica del bombardeo como método de gestión de crisis, y defensa de un espacio diplomático en el que China aspira a ser actor imprescindible. Veamos en el futuro próximo si China muestra algo más cuando vea perjudicadas sus rutas comerciales. China hoy habla como potencia prudente y legalista, pero que su verdadero “punto de quiebra” será el impacto sobre Hormuz y, por extensión, sobre las arterias energéticas de su propia economía.

Francia y Reino Unido llegaron a la cita de Nueva York con el gesto contenido de quien sabe que no pilota la guerra, pero tampoco puede permitirse mirar hacia otro lado. Emmanuel Macron fue de los primeros en reclamar una reunión urgente del Consejo de Seguridad y en describir la escalada como “peligrosa para todos”, insistiendo en que “debe cesar” y subrayando un matiz políticamente relevante: “Francia no fue informada ni estuvo implicada” en la operación de Estados Unidos e Israel contra Irán. Ese desmarque no equivale a una defensa de Teherán —el Elíseo condena con firmeza los ataques iraníes contra Israel y contra bases estadounidenses en la región—, pero sí marca distancia respecto a una lógica de bombardeo que París no quiere avalar como solución al problema nuclear y regional iraní.

El mensaje francés se articula en tres tiempos. Primero, la línea roja: los ataques con misiles de Irán contra Israel y países vecinos son “inaceptables” y “condenados en los términos más firmes”. Segundo, la advertencia a Washington y a Tel Aviv: nadie en París cree que la combinación de programa nuclear, misiles balísticos y proyección de milicias se resuelva únicamente desde el aire, y Macron lo dice abiertamente cuando califica la operación de Trump como “peligrosa” y recuerda que “no hay solución sostenible sin un marco político y diplomático”. Tercero, la apuesta por volver a algún tipo de negociación: Francia reivindica su legado en el antiguo acuerdo nuclear y repite que Irán “no tiene alternativa” a comprometerse en serio sobre su programa y su comportamiento regional, aunque hoy ese horizonte parezca muy lejano. 

En el Consejo la delegación francesa su embajador Jérôme Bonnafont, reiteró la “profunda preocupación” de París por la escalada y subrayó que los ataques iraníes con misiles contra Israel y contra bases de Estados Unidos en la región son “inaceptables” y deben cesar de inmediato, en línea con el comunicado conjunto firmado con Berlín y Londres. Pero evitó convertir la sesión en un aval político de la operación “Epic Fury”: la representación francesa insistió en la urgencia de contener la violencia, proteger a civiles y regresar a un marco político y diplomático sobre el dossier nuclear y la seguridad regional, sin sumarse al lenguaje maximalista de Washington ni a la retórica de cambio de régimen

Londres se mueve en un registro similar, con su propio acento atlántico. En un comunicado conjunto con París y Berlín, el gobierno británico condena “en los términos más rotundos” los ataques iraníes contra Israel y contra instalaciones estadounidenses, y pide a Teherán que se abstenga de acciones “indiscriminadas” que pongan en riesgo a civiles en toda la región. Pero cuando se trata de juzgar la operación “Epic Fury”, Downing Street opta por la contención verbal: habla de “profunda preocupación”, reclama evitar una guerra regional y evita tanto el aplauso explícito como la condena frontal, consciente de que su posición se juega entre la fidelidad al aliado estadounidense, la defensa de la seguridad de Israel y una opinión pública que no quiere verse arrastrada a otro conflicto abierto en Oriente Medio. 

La embajadora del Reino Unido Barbara Woodward condenó “en los términos más firmes” los ataques iraníes contra territorio israelí y contra instalaciones estadounidenses en terceros países, reclamó a Teherán que se abstenga de lanzar más misiles y drones y respaldó el llamamiento del secretario general a evitar una guerra regional. Al mismo tiempo, Londres evitó pronunciarse con entusiasmo sobre los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán: también el embajador habló de “profunda preocupación” por la escalada, reclamó moderación a “todas las partes” y se refugió en la defensa genérica del derecho internacional y de la seguridad de sus aliados, sin entrar en el terreno resbaladizo de calificar la operación como modelo de legalidad.

Lo que Francia y Reino Unido proyectan en el Consejo no es liderazgo militar, sino un ejercicio de equilibrio político: señalar a Irán como actor profundamente problemático, marcar distancia frente a la apuesta maximalista de Washington y Tel Aviv, y aferrarse a la idea —cada vez más frágil— de que todavía es posible reconstruir algún tipo de marco diplomático sobre el dossier iraní antes de que la nueva guerra termine de redibujar, a golpe de hechos consumados, la geografía del poder en la región. 

En la práctica, la actuación de ambas delegaciones refleja bien la posición incómoda de las capitales europeas: en la mesa del Consejo, Francia y Reino Unido señalan a Irán como actor desestabilizador y condenan su uso de misiles, pero rehúyen abrazar públicamente la estrategia de golpes masivos de Washington y Tel Aviv, conscientes de que una parte importante de sus opiniones públicas no quiere otra guerra abierta en Oriente Medio. El resultado es un discurso que acompaña, pero no lidera, y que confía en que la diplomacia pueda reaparecer cuando el ruido de los bombardeos se atenúe lo suficiente como para que alguien vuelva a poner sobre la mesa la palabra negociación. Podemos resumir en que los países miembros de la UE son actores que no pilotan esta guerra, pero tratan de no quedar descolgados ni del eje atlántico ni de la opinión pública europea, que no quiere otra guerra abierta en Oriente Medio.

Las palabras que se cruzaron en Nueva York anticipan, en buena medida, el tipo de guerra que puede venir. Para Estados Unidos e Israel, lo que está en marcha es una operación “legal” orientada a desmantelar capacidades militares y abrir la puerta a un cambio político en Teherán; para Irán y Rusia, un acto de agresión que busca destruir a un Estado incómodo bajo la coartada de la no proliferación; para el secretario general, una escalada que amenaza con desbordar todas las costuras del orden jurídico internacional; para China, un expediente más en el que recordar que la solución “debe ser diplomática” mientras aumenta su peso como mediador cauteloso. Entre esas narrativas cruzadas, el conflicto corre el riesgo de instalarse en una zona gris muy familiar: la de las guerras abiertas en nombre de la seguridad y de los pueblos, que terminan redefiniendo, a golpes, quién tiene derecho a decidir el futuro de países como Irán y qué significa hoy, en la práctica, la soberanía en Oriente Medio.

La fotografía de Nueva York condensa, en pocas intervenciones, las grietas de la gobernanza global ante esta nueva fase del conflicto con Irán. Mientras el secretario general y buena parte de los miembros del Consejo insisten en la necesidad de frenar la escalada y preservar lo que queda del orden jurídico internacional, Estados Unidos e Israel reivindican la operación como necesaria y legal, Irán y Rusia la denuncian como agresión y China se coloca en un punto intermedio, crítico pero prudente. Lo que está en disputa no es solo la interpretación de este ataque concreto, sino la pregunta de fondo: quién define hoy los límites de la fuerza legítima y qué margen real le queda a la diplomacia en un sistema donde los hechos consumados militares parecen imponerse una y otra vez.

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Beatriz Gª Dueñas

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