Desde su creación en 1949, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha atravesado y superado numerosas crisis que han puesto a prueba su cohesión interna y su capacidad de adaptación a un entorno internacional imprevisible y cambiante. No obstante, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha supuesto un nuevo punto de inflexión en el equilibrio interno de la Alianza. Los países europeos, y España en particular, se han convertido de nuevo en el principal objeto de las críticas del presidente estadounidense, el cual cuestiona abiertamente el nivel de compromiso de los miembros con la seguridad colectiva. Tras casi cuatros años de guerra en Ucrania, sin un plan estratégico de rearme plenamente definido y con un aliado imprevisible como Estados Unidos, la OTAN se enfrenta a un momento decisivo para la preservación de su integridad y su continuidad como pilar central de la seguridad euroatlántica.
Durante su primer mandato, Trump presionó de forma constante a los aliados para que incrementaran su gasto en defensa hasta el umbral del 2% del PIB, objetivo acordado previamente en la cumbre de Gales de 2014. Aunque este objetivo ya existía con anterioridad, la narrativa del presidente estadounidense, unida a la amenaza implícita de reducir el compromiso de Washington con la defensa colectiva, generó una profunda incomodidad en las capitales europeas. No obstante, en aquel periodo Trump no contó con el poder político e institucional que le salvaguarda en la actualidad, actuando la oposición como contrapeso y garantizando el equilibrio de la OTAN. Posteriormente, con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, Estados Unidos reforzó su compromiso con los objetivos de la organización y lideró la respuesta occidental ante la invasión rusa de Ucrania en 2022.
El primer año del segundo mandato de Trump se ha caracterizado, en gran medida, por una intensa presión económica y política sobre los aliados de la OTAN. El presidente estadounidense ha acusado reiteradamente a los países europeos de beneficiarse de la inversión y protección proporcionadas por Washington sin asumir una parte proporcional de los costes y exigiendo, entre otras medidas, un incremento del gasto en defensa de hasta el 5% del PIB. Esta propuesta ha generado una fuerte división entre los gobiernos europeos, muchos de los cuales consideran dicho objetivo difícilmente sostenible en el tiempo desde el punto de vista económico y social. Por su parte, el secretario general de la OTAN y ex primer ministro de los Países Bajos, Mark Rutte, ha respaldado de forma constante las declaraciones del mandatario estadounidense, subrayando la fragilidad estructural de la Unión Europea en materia de seguridad y lo que supondría perder el respaldo estratégico de Estados Unidos.
El discurso de Trump ha adoptado en numerosas ocasiones un tono abiertamente confrontativo, no solo hacia sus socios en la OTAN, sino también hacia el propio presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky. En todos los casos, la narrativa recae en la profunda dependencia europea de las capacidades militares estadounidenses y el nivel de inversión del resto de aliados. La percepción de Estados Unidos como un aliado cada vez menos fiable, idea reforzada por eventos como las intenciones de la administración Trump de anexionarse Groenlandia o la imposición de aranceles a países miembros de la Alianza, está incentivando iniciativas europeas destinadas a reducir dicha dependencia. En este sentido, los datos de 2025 demuestran que Polonia y los países bálticos lideran el aumento de la inversión en material e infraestructuras militares dentro de la OTAN, una tendencia directamente relacionada con su proximidad geográfica a Rusia y Bielorrusia. El discurso ambiguo de Trump hacia Rusia, y sobre todo hacia Vladímir Putin, ha generado un sentimiento de inquietud entre los aliados, especialmente los del flanco oriental. Aunque Estados Unidos aún mantiene capacidades militares significativas desplegadas en Europa, la narrativa del presidente estadounidense acrecienta las dudas sobre la voluntad política de Washington de responder con firmeza ante una escalada rusa.
Paralelamente, ha resurgido con fuerza la idea de la creación de un ejército europeo capaz de hacer frente a las amenazas que pesan sobre el continente, especialmente ante los objetivos expansionistas de Rusia y la posibilidad de un apoyo operativo limitado por parte de Estados Unidos. Líderes europeos como Emmanuel Macron, Keir Starmer o Donald Tusk han subrayado en reiteradas ocasiones la necesidad de avanzar hacia una estrategia de defensa común, aunque, por el momento, este proyecto carece de una hoja de ruta clara y de objetivos operativos definidos. En países como Francia y Alemania, el servicio militar voluntario vuelve a considerarse una herramienta viable para reforzar las capacidades nacionales, con la posibilidad de evolucionar hacia fórmulas obligatorias si no se alcanzan los niveles de incorporación previstos. Estas medidas, por su puesto, han generado cierto debate social entre aquellos que las consideran excesivas y los que entienden la necesidad de los países europeos de poder garantizar su propia seguridad.
A estas dificultades se suma la fragilidad de la industria armamentística europea frente a la estadounidense. La falta de coordinación, planificación conjunta y economías de escala provoca que las empresas europeas, con recursos financieros y humanos significativamente inferiores a los de sus homólogos norteamericanos, compitan entre sí por contratos que podrían desarrollarse de forma colaborativa. Esta fragmentación industrial limita la capacidad de Europa para desarrollar una base de defensa autónoma y hace que, al menos en el corto y medio plazo, resulte extremadamente complicado sustituir a los proveedores estadounidenses en ámbitos críticos.
Por último, aunque la competencia en el Ártico no constituye un fenómeno nuevo, las intenciones de la administración Trump respecto a Groenlandia parecen haber adquirido un carácter más firme. Este factor podría convertirse en un punto de inflexión de gran relevancia tanto para los países europeos miembros de la OTAN como para Canadá. En este sentido, el primer ministro canadiense, Mark Carney, manifestó en el Foro de Davos su respaldo a Dinamarca y al resto de socios de la Alianza, destacando la necesidad de preservar la estabilidad y la cooperación en una región de creciente importancia geopolítica. No hay que olvidar que, en este mismo mandato, Trump ya impuso aranceles a sus vecinos del norte y llegó a plantear la idea de que a Canadá le iría mejor como “estado 51”.
Tras un primer año convulso, queda por ver si los países europeos deciden dar un paso adelante a nivel político y militar. Las diferencias internas dentro de la propia Unión Europea en términos de cultura estratégica, prioridades geopolíticas y capacidades militares limitan el alcance real de la autonomía europea. Por el momento, la UE mantiene una importante dependencia de Estados Unidos, no solo a nivel de infraestructura y número de tropas, sino también en aspectos clave como la inteligencia militar y la disuasión nuclear. Las demandas exageradas y la volatilidad de Trump vuelven a poner a la OTAN en una posición delicada, sin un discurso conjunto, con estrategias débiles y con una credibilidad en declive.




