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China se prepara para mayo con una ventaja que Washington prefiere no nombrar

Washington y Pekín escalan su guerra comercial mientras preparan una cumbre para mayo, aunque las sanciones a China nunca terminan de funcionar como a Washington le gustaría. ¿Por qué?

En las últimas semanas, Washington y Pekín han vuelto a escalar su pulso comercial con investigaciones mutuas, aranceles cruzados y restricciones a las exportaciones de materiales estratégicos, mientras sus presidentes preparan una cumbre para mayo que nadie sabe muy bien cómo va a terminar. Pero, ¿hasta qué punto le duelen realmente las sanciones a China? Porque la arquitectura financiera que China ha construido durante las últimas tres décadas no es simplemente resistente a la presión exterior, sino que en muchos aspectos fue diseñada precisamente para no necesitar al sistema que ahora intenta presionarla.

El punto de partida es que los grandes bancos chinos son de propiedad estatal. Cuando el Estado necesita financiar infraestructura, estimular la economía o absorber una deuda problemática, no acude al mercado de capitales internacional con el sombrero en la mano sino que ordena, y el banco presta, asume el riesgo y, si el balance sufre, el Estado recapitaliza. Es un circuito cerrado que hace que las amenazas de cortar el acceso al crédito externo tengan un efecto mucho más limitado del que tendrían sobre cualquier otra economía de su tamaño. 

Sobre esa base, China ha levantado una segunda capa de protección en el plano monetario, construyendo durante años su propio sistema de pagos internacionales en yuanes: el Cross-Border Interbank Payment System (CIPS), el equivalente chino de SWIFT, que hoy opera con más de cien países y que encontró su mejor argumento comercial cuando Rusia fue desconectada de SWIFT en 2022. Ese momento fue para Pekín una validación en tiempo real porque cada vez que Washington usa el dólar como arma, más gobiernos buscan una salida alternativa, y China es la única que tiene una con escala suficiente para ser creíble.

A eso se añade una red de dependencias geopolíticas que China ha tejido pacientemente a través del Belt and Road Initiative (BRI) en Asia, África y América Latina. Los países que deben infraestructura a sus bancos de desarrollo o que comercian mayoritariamente en yuanes tienen incentivos muy concretos para no sumarse a regímenes de sanciones que Pekín considere hostiles, no porque haya coacción explícita sino porque la interdependencia genera lealtades.

Lo que está ocurriendo ahora mismo es que frente a cada nueva investigación de Washington, Pekín responde con una contramedida simétrica sin dar señales de urgencia ni de necesidad de llegar a un acuerdo rápido, porque el coste de no cerrar un acuerdo no le resulta tan doloroso como Washington querría.

Lo que hace singular al sistema chino no es que sea invulnerable sino que sus vulnerabilidades no coinciden con las palancas que Occidente sabe manejar. Y mientras Trump y Xi preparan su cumbre de mayo, esa asimetría seguirá siendo el dato más relevante de la negociación, aunque no aparezca en ningún comunicado oficial.

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Irati Calvo Enjuto

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