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Copa del Mundo 2026: ¿Derrota por goleada para la integración norteamericana?

El clima político tensionado entre Washington, Ottawa y DF impide un mayor acercamiento entre las capitales norteamericanas

En estos días tan importantes a nivel futbolístico, con los dos últimos y más trascendentes partidos del Mundial 2026 de Norteamérica (¡Buena suerte a España en la final!) es un buen momento para analizar el momento actual de las relaciones entre las 3 naciones del hemisferio occidental que han organizado esta competición.  

“United as One” es el lema oficial de este mundial 2026, un lema algo irónico, puesto que el clima político del año 2017, cuando la FIFA asignó la organización del mundial a México, Estados Unidos y Canadá, era diametralmente opuesto al actual.

En aquel lejano 2017 había un optimismo real y sincero en conseguir que la Copa del Mundo de fútbol, el mayor evento deportivo global del planeta junto a los JJ.OO, fuese el catalizador definitivo para una mayor integración política y económica en Norteamérica.  Pero la situación en 2026 convierte en un auténtico tabú ideas como una mayor integración comercial, movilidad laboral y un libre flujo de inversiones entre los 3 países. Más bien al contrario, hemos visto limitación de movimientos lamentables: negación de visado a colegiado somalí Omar Abdulkadir Artan, controles fronterizos férreos, rallando la hostilidad de los agentes de inmigración estadounidenses a algunas selecciones, como la de Uzbekistán, hecho denunciado por su seleccionador, ex-campeón del mundo italiano Fabio Cannavaro, la prohibición implacable de Irán de pernoctar en territorio estadounidense, en pleno contexto de guerra entre Washington y Teherán y por la cual el equipo persa se quejó formalmente ante el presidente de la Fifa, Gianni Infantino… la fiesta del fútbol mundial no ha supuesto para nada un enfoque de fronteras más laxo por parte de la Casa Blanca.

Volviendo al tema que nos interesa, la integración comercial de América del Norte venía a través del Tratado de Libre Comercio (NAFTA), que siempre se encontraba en una zona gris, puesto que Washington siempre había sido bastante reticente en cuanto a una mayor integración económica. La buena salud del tratado, también era muy dependiente del clima político en Washington a la hora de agilizar (o lastrar) las negociaciones comerciales.

El T-MEC/USMCA, el Tratado Mexico-Estados Unidos-Canada es el nuevo motor de crecimiento que vino a reemplazar el NAFTA en julio de 2020. Para EEUU, por mucho que le pase a Trump, Mexico y Canada siguen siendo socios comerciales de primer nivel, absolutamente vitales y superando ambos al comercio con china.

México es el primer cliente en cuanto a compras a Estados Unidos, así como el que más le vende (en torno a un 83% de las exportaciones mexicanas totales). Y los flujos de comercio e inversión que se manejan a través del T-MEC / USMCA, son de una importancia capital: más de 2 billones de dólares anuales es el volumen que se mueve entre los 3 países. Para hacernos una idea de tal magnitud, cada 60 segundos se genera un volumen de 3,8 millones de dólares en valor comercial entre México, EE.UU y Canadá.

La influencia del comercio trilateral no es baladí para Estados Unidos: entre 5.000.000 y 13.000.000 de puestos de empleo dependen directamente del intercambio comercial con sus vecinos del Sur y del Norte. Sin embargo, a diferencia de otros tratados comerciales (como los que puede tener el bloque de la Unión Europea con un tercer país, por ejemplo), el tratado T-MEC/USMCA no es inamovible: tiene una cláusula de revisión cada 16 años, que depende en gran medida de la buena sintonía comercial y alineación política entre Washington, México, D. F., y Ottawa.

En los últimos años, Estados Unidos ha intentado utilizar el tratado, no tanto para mejorarlo y actualizarlo con las prioridades estratégicas comunes (el T-MEC, en pleno 2026, no tiene ningún tipo de cláusula relativa al desarrollo de la inteligencia artificial o a los minerales estratégicos) sino para ejercer presión constante y forzar a Canadá y México a nuevas concesiones favorables a sus intereses unilaterales.

Estas presiones y desencuentros, que ralentizan la ampliación del Tratado, con fecha máxima hasta 2036, están suponiendo graves daños económicos, como el resentimiento de la industria automotriz mexicana (extremadamente dependiente de las casas matrices estadounidenses como General Motors o Ford) y la entrada de Canadá en una recesión técnica.

El “Factor Trump” desde luego tiene un peso crucial en este periodo: la cláusula de revisión  del T-MEC ha sido duramente criticada por Trump, buscando no tanto establecer unas condiciones estables, sino favorecer mayor flexibilidad para poder ejercer presión a sus otros dos socios a su antojo. No está interesado tanto en un win-win para los 3 países, sino en la manida lógica de “America First” o, siendo generosos, en un acuerdo que favorezca siempre en mayor medida a los intereses de Estados Unidos. En esos 10 años de revisiones, la Administración Trump busca siempre inclinar las reglas del juego a su favor, presionando para obtener concesiones a las partes más débiles, principalmente en cuanto a las “reglas de origen” (las condiciones a cumplir para cada exportador), aranceles en el mercado energético o legislación laboral.

El futuro de este bloque comercial depende de la sintonía (o falta de ella) personal de Trump con sus homólogos presidenciales. A pesar de una supuesta falta de sincronía política entre Trump y Sheinbaum, la presidenta mexicana ha conseguido separar exitosamente el ámbito político-ideológico del ámbito de la practicidad económica y comercial. Con Canadá, en cambio, las tensiones han sido mucho más evidentes, con la continua mención de Trump a Canadá como “El Estado n.º 51 de la Unión”, el menosprecio que tuvo al expresidente Trudeau, tildándole de “gobernador estatal” y las repetidas declaraciones del deseo personal -por no denominarlas directamente amenazas- de incorporar a Canadá a los Estados Unidos. En este contexto ciertamente incómodo para Ottawa, el gobernador Mark Carney ha decidido ceñir la relación bilateral con Washington a la más estricta cooperación económica. (Sin embargo, aunque pudiéramos pensar que México sale relativamente “bien parado”en comparación con Canadá, ambos países están gravados por los mismos aranceles, un 25%)

Uno de los mayores focos de fricción en la relación mexicano-estadounidense es el ámbito de seguridad: Estados Unidos quiere que Sheinbaum extradite al actual gobernador del Estado de Sinaloa, y no han sido pocas las veces que Trump ha amenazado con intervenciones militares quirúrgicas en territorio mexicano ante la supuesta “tibieza” del Estado mexicano con respecto al narcotráfico y las conexiones entre el crimen organizado y los entes gubernamentales del país azteca.

Si México no ataja el problema de raíz y con la agilidad que desea Washington, Estados Unidos se reserva el derecho de actuar de forma unilateral en territorio de soberanía mexicana. Un escenario que daría al traste con cualquier tentativa de progreso en el ámbito comercial, que no es del todo descartable tras la operación de captura y sustracción en enero del presidente Maduro en Venezuela y la presión creciente sobre el archipiélago cubano.

Tanto México como Canadá, aun intentando diversificar sus lazos comerciales y de inversión (por ejemplo, con tratados comerciales Canadá-UE y México-UE), siguen siendo plenamente conscientes del peso del factor geográfico y de cómo, en un símil futbolístico, el “gran partido” y las grandes oportunidades se juegan en el lucrativo mercado estadounidense. Pero al mismo tiempo, tienen que intentar limitar la capacidad coercitiva que puede imponer Estados Unidos sobre ellos.

En lo que respecta a México, DF intenta mantener una relación lo más benéfica posible con su vecino del norte, pero también mantiene una postura aperturista y liberal en cuanto a la economía: México tiene tratados de libre comercio con hasta 54 países, entre los cuales se cuentan los países de la Unión Europea y China, siendo uno de los países más abiertos al comercio internacional en la actualidad.

Al mismo tiempo, enclavado en la lógica del gran tablero estratégico de rivalidad sistémica global entre Estados Unidos y China, el concepto de “North American Fortress” busca vetar la influencia geopolítica y económica de Pekín en el hemisferio occidental, la gran área de influencia y de operaciones designada por Estados Unidos en su estrategia de seguridad nacional.

China, sin duda, ha logrado avances en las Américas, convirtiéndose en la última década en el socio comercial y de inversión preferente de América Latina. Esta estrategia audaz por parte de Pekín, unida a la existencia de un bloque comercial importante como Mercosur, hace que los instrumentos de presión diplomática por parte de Estados Unidos no funcionen tan bien con los países latinoamericanos como sí lo pueden ser frente a México y Canadá. El ejemplo perfecto de esto es cómo el gobierno brasileño de Lula da Silva no se plegó a los intereses de Trump de exonerar al expresidente Jair Bolsonaro tras su tentativa de golpe de Estado tras las elecciones brasileñas de 2022. Trump amenazó con imponer aranceles de hasta el 50% sobre las exportaciones cariocas en Estados Unidos. Sin embargo, Brasilia permaneció impasible.

Volviendo al concepto de “North American Fortress” , este busca blindar ese vecindario inmediato de Estados Unidos frente a China y asegurar las cadenas de suministro esenciales a escala continental, pero para que esta estrategia funcione y el perímetro económico y de inversiones fuese factible, se debería permitir una libre circulación de mercancías, capitales y trabajadores en todo el bloque -cosa que, I.C.E mediante, se antoja una quimera, al menos bajo la actual administración estadounidense)

Y es paradójico, puesto que Estados Unidos sabe que para competir de tú a tú con China precisa de un bloque norteamericano fuerte: acceso a la mano de obra barata mexicana y su capacidad manufacturera, acceso a los minerales críticos de Canadá y su petróleo… en el nuevo contexto del siglo XXI, la competición con China no podrá ser ganada solamente a través de los recursos, capital humano y tecnológico puramente estadounidenses.

Por desgracia, ese bloque norteamericano fuerte no podrá forjarse solamente a base de amenazas: si bien a Trump no se le tiembla la mano a la hora de imponer nuevos aranceles a sus vecinos norteamericanos, no ha habido apenas incentivos o beneficios para revitalizar el comercio y la cooperación dentro del bloque México-Estados Unidos-Canadá. Una estrategia de “palo y zanahoria” en la cual Washington utiliza mucho el palo… y apenas hace ver la zanahoria.

En definitiva, la lógica hostil y casi predatoria de Trump hacia sus vecinos del Sur y del Norte es un flaco favor a toda tentativa de refuerzo del bloque norteamericano, en un momento de reconfiguración del mundo en grandes bloques comerciales y de intereses afines (Unión Europea, Mercosur, AESEAN…) y en el que, repitamos, Estados Unidos precisa del apoyo de sus vecinos para poder estar en capacidad de competir en igual de condiciones frente la potencia China. Solamente a través del apoyo mexicano y canadiense se puede combatir la inflación y el aumento desorbitado del costo de la vida en Estados Unidos.

Tanto México como Canadá deben mover sus lobbies en Washington y forjar sinergias con el sector privado y líderes políticos afines a la idea de lo que es bueno comercialmente para Canadá y México, también es positivo para Estados Unidos.

En este sentido, con el momento geopolítico en efervescencia en toda la región que estamos viviendo, en el cual las conexiones con terceros países juegan un rol importante -por ejemplo, en cuestión de la seguridad y la lucha contra la criminalidad organizada en el continente, el papel de las autoridades de México y Colombia es trascendental- y hay diversas variables en juego, las potencias medias como Canadá y México haya terreno fértil para jugar sus cartas de mejor manera a la hora de negociar. Y el hecho es que, aunque no lo creamos, México y Canadá también tienen mucha influencia en Estados Unidos no sólo a través del ya mencionado comercio, sino en ámbitos estratégicos como la seguridad, la gestión hidrográfica conjunta y las conexiones energéticas.

PD- Este artículo se inspira en el capítulo del pódcast Warrior Diplomacy -México, Canadá y EE. EE. UU.: La ilusión de unidad norteamericana, conducido por Fabio Almada y con el aporte de Diego Marroquín 

 

 

 

 

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David Cardero Ozarín

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