Cuando el sábado por la noche empezaron a llegar las primeras imágenes de Teherán bajo las bombas, en Bamboo Grows Deep escribíamos que esta ofensiva no iba a quedarse en una operación “quirúrgica”. El asesinato de Ali Jamenei, la respuesta inmediata de Irán con misiles y drones en más de diez países y el estrecho de Ormuz prácticamente cerrado han confirmado en más 72 horas que estamos ante algo mucho más profundo: una guerra que combina viejas doctrinas de ataque preventivo, un objetivo de cambio de régimen cada vez menos disimulado y una crisis energética con implicaciones globales.
En estos momentos, la Guardia Revolucionaria no habla el lenguaje de la rendición, sino el de la guerra larga. Tras la muerte del líder supremo, el IRGC ha prometido “la operación ofensiva más feroz de la historia” contra Estados Unidos e Israel y asegura que “la mano de la venganza no descansará”, presentándose como garante de continuidad y resistencia frente a lo que define como un intento de destruir la República Islámica. Al mismo tiempo, un alto mando ha declarado que el estrecho de Ormuz está cerrado y que Irán atacará cualquier barco que intente cruzarlo, comercial o no. La amenaza no es ya una hipótesis: petroleros y gaseros fondeados, rutas desviadas y mercados energéticos en tensión muestran hasta qué punto la escalada se traduce en consecuencias inmediatas para todos.
Ends–Ways–Means: una estrategia coja
Si miramos esta guerra con las gafas de Clausewitz, la asimetría entre fines, formas y medios resulta llamativa. En cuanto a los fines declarados, la Casa Blanca y el gobierno israelí han ido moviendo la diana. Antes del primer misil, el objetivo oficial era relativamente acotado: frenar el programa nuclear y de misiles de Irán, castigar sus ataques con drones y cohetes y limitar el margen de maniobra de sus milicias en la región. Tras la ofensiva inicial y la muerte de Jamenei, el discurso se ha desplazado: Donald Trump habla de “operaciones de combate mayores” que garantizarán que Irán “nunca obtenga un arma nuclear” y, sobre todo, interpela directamente a los iraníes para que “tomen el control de su gobierno” cuando termine la operación. Sin utilizar explícitamente la expresión “cambio de régimen”, la línea entre neutralizar capacidades y alterar la arquitectura de poder en Teherán se ha vuelto muy fina.
En las formas, en cambio, sí se percibe una planificación coherente: golpe relámpago, poder aéreo y misiles de largo alcance, coordinación estrecha entre fuerzas estadounidenses e israelíes, ataques casi simultáneos a centros de mando, defensas aéreas, bases de la Guardia Revolucionaria y nodos de la red naval iraní. Es un diseño de shock, que recuerda en parte al patrón ensayado en otros escenarios: debilitar rápidamente el núcleo del régimen, esperar que la presión interna y externa acelere fracturas y abrir espacio para una transición más afín a los intereses occidentales.
En cuanto a los medios, la asimetría de poder militar es evidente, pero no absoluta. Estados Unidos e Israel movilizan aviación de largo alcance, misiles de precisión, grupos navales, bases y aliados desde el Mediterráneo oriental hasta el Golfo, apoyados por la infraestructura de inteligencia y comunicaciones de la OTAN y por capacidades europeas en el mar Rojo. Irán, por su parte, pone en juego misiles balísticos, drones, una red de milicias en Irak, Siria, Líbano y Yemen y, ahora, la capacidad de convertir el estrecho de Ormuz en un cuello de botella para la energía mundial.
De momento, la ecuación se parece demasiado a una estrategia donde los means y los ways están muy claros —medios abundantes, formas agresivas y rápidas—, pero los ends se van ajustando sobre la marcha. Es una mala noticia para cualquiera que busque una salida política previsible: cuanto más se desplaza el objetivo, más fácil es quedar atrapado en una guerra que nadie sabe exactamente cómo definir, y mucho menos cómo terminar.
Oriente Próximo no es Venezuela
En algunos análisis de Washington se percibe la tentación de leer Irán con el filtro de otras “operaciones de cambio de régimen”: Venezuela como ensayo de presión combinada y, más atrás, Afganistán e Irak como guerras envueltas en la retórica de la liberación de pueblos oprimidos. La comparación tiene un límite evidente: Oriente Próximo no es un escenario periférico en términos energéticos, ni Irán un país cuya implosión pueda contenerse dentro de sus fronteras.
El cierre de Ormuz lo demuestra. Irán ha pasado de sugerir que podría bloquear el estrecho a anunciar que atacará cualquier barco que intente cruzarlo, mientras medios especializados informan de petroleros y gaseros detenidos, de rutas que se desvían al cabo de Buena Esperanza y de aseguradoras que elevan primas hasta hacer antieconómicos algunos trayectos. Según la EIA estadounidense, en torno a una quinta parte del consumo global de petróleo y derivados se mueve por ese cuello de botella, además de flujos crecientes de gas natural licuado con destino a Asia oriental.
Cuando la intervención se ensaya en un país como Venezuela, el impacto sistémico es limitado: importa más en términos de precedente político y de sufrimiento interno que de shock energético global. En Irán, en cambio, cada bomba sobre una refinería, cada misil sobre un puerto del Golfo o cada amenaza sobre Ormuz repercute de inmediato en el precio del crudo, en la factura energética europea y asiática y en la percepción de riesgo de inversores y gobiernos. Es un recordatorio incómodo para quienes, desde ciertos despachos, parecen haber creído que se podía aplicar la lógica del “experimento” venezolano al corazón energético de la economía mundial.
China: energía, prudencia y el espejo de Taiwán
La posición de China es central en este tablero y no puede tratarse como un elemento secundario. Pekín depende en gran medida del petróleo y el gas del Golfo que salen precisamente por Ormuz, y medios económicos ya describen el conflicto como una “nueva amenaza energética” para China, Japón y otras economías asiáticas fuertemente importadoras. El cierre de facto del estrecho —con estimaciones que hablan de una reducción del tráfico de hasta el 90% y con la paralización temporal de instalaciones clave como Ras Laffan en Catar— no solo encarece sus importaciones: introduce un nivel de volatilidad que choca frontalmente con la obsesión china por la estabilidad de suministros.
Hasta ahora, la reacción china ha sido prudente en la forma pero cada vez más explícita en el fondo. Pekín ha condenado el uso de la fuerza, ha pedido un alto el fuego inmediato y ha insistido en el respeto a la soberanía y a las rutas comerciales, pero además —según fuentes de la propia industria del gas— está presionando directamente a Teherán para que no ataque petroleros ni plantas energéticas del Golfo y mantenga abierto, al menos parcialmente, el estrecho de Ormuz. En paralelo, análisis recientes subrayan que, pese a sus lazos con Irán, China no tiene incentivos reales para ayudarle militarmente: su prioridad es preservar las arterias de energía y comercio y presentarse como actor responsable frente a un Estados Unidos percibido como desestabilizador, no entrar en una guerra del lado de quien hoy está poniendo en riesgo esas rutas. El ministro Wang Yi ha dicho a su homólogo iraní que entiende las preocupaciones de seguridad, pero pide “tener en cuenta las preocupaciones razonables de los vecinos” y asegurar el paso seguro de los barcos.
La pregunta inevitable es si esta guerra da “carta blanca” a China para acelerar sus propios planes sobre Taiwán. En términos jurídicos, no: nada de lo que está ocurriendo legitima una acción china sobre la isla. Pero en términos de precedentes, el conflicto deja lecciones inquietantes. De un lado, muestra hasta qué punto las grandes potencias se sienten autorizadas a estirar el concepto de autodefensa y a redefinir sobre la marcha los objetivos de una guerra. De otro, expone las limitaciones de un sistema internacional que reacciona tarde y con pocas herramientas cuando los hechos consumados militares se acumulan.
Para Pekín, hay un balance delicado: la guerra en Irán distrae a Estados Unidos, tensiona a sus aliados y erosiona la confianza en el orden que Washington dice liderar; pero también golpea arterias energéticas de las que China depende y demuestra el coste económico de tocar piezas clave del tablero global. Una ofensiva sobre Taiwán en paralelo a un estrangulamiento prolongado de Ormuz podría convertirse en un suicidio económico y diplomático. Más que “carta blanca”, esta guerra es para China un espejo incómodo en el que medir cuánto desorden está dispuesta a tolerar el sistema antes de entrar en un terreno que ya no puede controlar.
Lo que se juega más allá de Irán
El conflicto que comenzó con ataques masivos sobre Irán y la muerte de Jamenei se ha extendido en cuestión de días a al menos una decena de países: Israel, Irak, Líbano, Jordania, Kuwait, Bahréin, Catar, Emiratos, Arabia Saudí, Omán y la Chipre británica han sentido ya el impacto directo de misiles, drones o ataques a infraestructuras. La Guardia Revolucionaria promete una guerra larga; Estados Unidos e Israel hablan de operaciones “según lo previsto”; Europa refuerza fragatas y defensas antiaéreas mientras insiste en que no quiere otra guerra en su vecindad.
Más allá de las narrativas nacionales, lo que se está configurando es un laboratorio inquietante de la guerra en el siglo XXI: una operación lanzada con medios abrumadores, formas agresivas y fines que se desplazan, en un espacio que concentra una parte decisiva de la energía que el mundo consume y la densidad geopolítica de tres continentes. Si algo podemos afirmar ya, más allá de titulares de última hora, es que esta no será una guerra “local” ni “breve”. Lo que ocurra en los próximos meses en Irán y en su entorno inmediato no solo decidirá el futuro de la República Islámica; servirá también de referencia —y de advertencia— para cualquiera que crea que se puede rediseñar un régimen desde el aire sin desencadenar, de paso, una sacudida global de la que nadie podrá declararse neutral
¿Y ahora qué? Escenarios de poder dentro y fuera del sistema
La Constitución iraní sí prevé el vacío que hoy se ha abierto. Tras la muerte del líder supremo, el artículo 111 activa un Consejo de Liderazgo interino —formado actualmente por Alireza Arafi, el presidente del Poder Judicial Gholam-Hossein Mohseni-Eje’i, el presidente del Parlamento Mohammad Bagher Ghalibaf y el presidente Masoud Pezeshkian— que asume las funciones del guía mientras la Asamblea de Expertos busca un sucesor. Sobre el papel, el proceso es institucional; en la práctica, se trata de un delicado juego de equilibrios entre la Guardia Revolucionaria, el clero y las distintas facciones políticas del régimen.
Entre los nombres que más se mencionan como posibles sucesores están Mojtaba Jamenei, hijo del líder fallecido, clérigo de perfil duro con fuertes conexiones con los aparatos de seguridad; Alireza Arafi, figura religiosa con cargos de alto nivel (miembro del Consejo de Guardianes y responsable de la red de seminarios, hoy en el propio consejo interino) y Hassan Jomeiní, nieto de Ruholá Jomeiní, con una imagen algo más pragmática pero sin control sobre los resortes duros del poder, el propio Jomeiní estaba en contra de un poder hereditario. Ninguno de ellos representa una ruptura con la República Islámica tal como la conocemos; la disputa real es qué combinación de clero y aparato seguridad se impone en un contexto de guerra y contestación social.
Fuera del marco del sistema, el mapa es mucho más fragmentado. Los Muyahidines del Pueblo (MEK), activos desde los años sesenta, se reivindican como la principal fuerza organizada de oposición, con su propio “Consejo Nacional de Resistencia” y un discurso abiertamente a favor del derrocamiento de la República Islámica. Su historia —desde la lucha contra el Shah hasta la colaboración con Irak en la guerra de los ochenta— y las acusaciones de sectarismo y de dependencia de apoyos extranjeros los convierten, sin embargo, en una opción profundamente polarizadora dentro de Irán. Conviene recordar que buena parte de su militancia se encuentra en el exilio y que su legitimidad social dentro del país es, como mínimo, discutida.
Existen también corrientes laicas y republicanas, redes de activistas, intelectuales y plataformas nacidas al calor de protestas como las de 2009 o el movimiento “Mujer, vida, libertad”, que aspiran a un sistema radicalmente distinto: separación entre religión y Estado, reconocimiento pleno de derechos y libertades, elecciones sin filtros ideológicos previos. Son actores con escasa estructura formal pero con una fuerte capacidad de movilización simbólica, especialmente entre generaciones jóvenes urbanas. La dificultad es obvia: en un escenario de guerra y represión reforzada, su margen de maniobra puede quedar atrapado entre un aparato securitario dispuesto a todo y una oposición en el exilio que no siempre goza de su confianza.
En paralelo, ha resurgido, sobre todo en la diáspora, la figura de Reza Pahlaví, hijo del último Shah. Desde Estados Unidos, se presenta no tanto como “rey en espera” sino como símbolo de unidad nacional y posible facilitador de una transición hacia elecciones libres y Estado de derecho, dejando la decisión sobre monarquía o república a un eventual referéndum. Encuestas independientes han llegado a situarlo como uno de los nombres más mencionados para un hipotético consejo de transición, pero incluso esos datos muestran límites claros: su apoyo dentro de Irán es difícil de medir y muchos reformistas y activistas desconfían de cualquier liderazgo que llegue desde el exilio con una fuerte marca monárquica. Apostar por él como “salvador” impuesto desde fuera no solo sería políticamente arriesgado; alimentaría el relato del régimen sobre complots extranjeros y podría fracturar aún más a una sociedad ya agotada.
El verdadero conflicto interno no se reduce, por tanto, a una batalla entre candidatos o entre facciones del régimen, sino a la cuestión de quién tiene legitimidad para definir el después. En medio de una guerra en la que Estados Unidos e Israel han demostrado que pueden golpear el corazón del sistema y en la que la Guardia Revolucionaria promete resistir “el tiempo que sea necesario”, el mayor error sería repetir la tentación de Afganistán o Irak: decidir desde fuera qué tipo de Irán debe emerger. Sobre el papel, la Constitución ha activado un Consejo de liderazgo interino —formado por Masud Pezeshkian, Gholam-Hossein Mohseni-Eje’i y Alireza Arafi— que asume las funciones del guía hasta que la Asamblea de Expertos nombre a un sucesor, pero incluso ese mecanismo “institucional” está atravesado por la pugna entre Guardia Revolucionaria, clero y distintas facciones conservadoras que intentan asegurarse que el próximo líder mantenga la lógica de la República Islámica. Las distintas oposiciones —islamistas, laicas, monárquicas, republicanas— existen y llevan décadas pagando un precio altísimo; sin embargo, mientras el proceso siga controlado desde arriba y bajo las bombas, cualquier líder “prefabricado”, ya sea desde dentro del sistema o desde el exilio, corre el riesgo de convertirse en otra pieza de una partida que se sigue jugando lejos de las calles iraníes, que son las únicas que pueden otorgar la legitimidad que hoy falta.




