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Desdolarización: el mito del fin del dólar

La desdolarización no anuncia la caída del dólar, sino un sistema internacional cada vez más politizado, fragmentado e ineficiente.

     En los últimos años, la desdolarización se ha convertido en una palabra recurrente en discursos políticos y análisis de economía internacional. Desde los BRICS hasta los gobiernos del Sur Global, la narrativa dominante sugiere que la hegemonía del dólar está llegando a su fin y que el sistema financiero internacional avanza hacia un orden multipolar. Sin embargo, más allá del ruido mediático, este fenómeno responde menos a un colapso inminente y más a una reacción estratégica y lógica frente al uso del dólar como herramienta de poder.

     Las sanciones financieras y la congelación de reservas, especialmente tras la invasión rusa de Ucrania, fueron un punto de inflexión al evidenciar que el acceso al sistema dominado por el dólar no es neutral. Para muchos Estados, reducir su dependencia de la moneda estadounidense no es un gesto ideológico, sino una medida defensiva ante la vulnerabilidad financiera. Considerando este contexto, la desdolarización aparece como un intento de mitigar riesgos, no de redefinir el orden monetario a nivel global.

     En la práctica, la capacidad real de abandonar el dólar es limitada. China ha promovido el uso del yuan en intercambios comerciales y energéticos pero su moneda sigue sin ser plenamente convertible y está sujeta a un fuerte control gubernamental. Por otro lado, Rusia se ha visto forzada a operar fuera del sistema del dólar, pagando un alto coste en términos de acceso a capital. En muchos países del Sur Global, el uso de monedas locales convive con una realidad ineludible: las materias primas, la deuda y las finanzas internacionales siguen denominadas en dólares.

     El dólar mantiene su centralidad a pesar de los anuncios de cambio. Representa la mayor parte de las reservas globales, domina los mercados financieros y continúa actuando como refugio en momentos de crisis. Esta fortaleza no se explica únicamente por el poder de Estados Unidos, sino por la ausencia de alternativas capaces de ofrecer el mismo nivel de liquidez, estabilidad y confianza institucional. El euro sigue lastrado por la fragmentación política europea y el yuan carece de la apertura necesaria para asumir un rol global.

     El verdadero efecto de la desdolarización no es la sustitución del dólar, sino la fragmentación del sistema económico internacional. La proliferación de acuerdos bilaterales, monedas locales y bloques financieros incrementa costes y somete cada vez más la economía a la lógica geopolítica. Paradójicamente, el proceso de desdolarización no debilita tanto al dólar como al propio sistema global, que se vuelve más incierto y menos coordinado.

     Ante este escenario, Europa ocupa una posición incómoda. Aspira a una mayor autonomía estratégica pero sigue dependiendo del dólar para su comercio, energía y seguridad. Al no liderar el cambio ni ofrecer una alternativa, Europa se queda atrapada entre bloques. Mientras se anuncia la caída del dólar, este sigue siendo un refugio al que se recurre cuando la incertidumbre acecha. Más que el fin del dólar, la desdolarización anuncia el fin de la ilusión de una economía global neutral. Y en un mundo sin reglas compartidas, la moneda dominante no desaparece: se impone.

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Verónica Serpa Pestano

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