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EE.UU.: ¿Hacia un estallido de violencia civil?

La política estadounidense enfrenta las elecciones de 2026 en un contexto de polarización extrema y desconfianza institucional, donde los comicios se perciben como batallas existenciales más que como arbitrajes neutrales. Este escenario, que según la teoría de Peter Turchin sugiere un ciclo histórico de degradación, se diferencia de Europa por la pérdida de consenso sobre la legitimidad del sistema y la aparición de un conflicto social permanente y horizontal.

La política estadounidense entra en la campaña de las elecciones de medio mandato (mid-term election) con tres elementos combinados que rara vez conviven sin fricción: polarización afectiva extrema, desconfianza estructural en las instituciones y un clima de movilización permanente en la calle. Minnesota no inaugura esa dinámica; la confirma. Y, sobre todo, la traslada del plano discursivo al plano físico. Mantener esta tensión sin llegar al conflicto hasta noviembre de 2026 es más complicado de lo que parece.

En un contexto electoral normal, un incidente con víctimas durante una operación federal sería un escándalo grave pero acotable. En un contexto electoral hiperpolarizado, se convierte en munición política inmediata. Cada bando lo integra en su relato de fondo: para unos, prueba del autoritarismo del Estado federal; para otros, evidencia de la pérdida de control y del colapso del orden. La campaña no gira ya sobre programas, sino sobre la legitimidad del sistema.

Aquí conecta de forma directa con la advertencia formulada por Peter Turchin en su último libro: cuando los procesos electorales dejan de ser percibidos como mecanismos neutrales de arbitraje y pasan a vivirse como batallas existenciales, la violencia política deja de ser un accidente y empieza a ser una estrategia latente.

No hace falta que los actores promuevan la violencia explícitamente; basta con que no la descarten.

Turchin describe un mundo crecientemente polarizado, con bloques geopolíticos compitiendo por poder y, sobre todo, con una dinámica interna común: conflictos entre élites y contraélites, exceso de aspirantes al poder, deterioro de la clase media y pérdida progresiva de legitimidad institucional. No habla de buenos y malos. Habla de sistemas. Y según este científico norteamericano que estudia el comportamiento humano con datos y sucesos históricos de hace más de 10.000 años, ha llegado la hora de que EE.UU entre en un conflicto civil. Porque las guerras también responden a ciclos, al igual que las pandemias o las crisis climáticas.

Esta lectura conecta directamente con lo que observamos en nuestras propias investigaciones y reflexiones. Sistemas políticos con más candidatos que posiciones, partidos saturados de ambición interna, clases medias sosteniendo una presión fiscal y vital cada vez mayor, jóvenes sin horizonte claro de proyecto vital y generaciones mayores convertidas en red de seguridad de un sistema de bienestar que ya no llega a todo.

Ese caldo de cultivo no produce estallidos de inmediato. Produce polarización. Y la polarización, cuando se cronifica, acaba derivando en desafección. Y la desafección, cuando se extiende, puede transformarse en conflicto.

Lo relevante no es solo lo que ocurra el día de las elecciones en EEUU, sino lo que ocurra antes y después. Estados Unidos ya ha interiorizado la idea de que los resultados pueden ser impugnados, que los tribunales son sospechosos y que el adversario político no gobierna “legítimamente” si gana. En ese marco, episodios como Minnesota actúan como ensayos generales: prueban la capacidad de movilización, la respuesta del Estado y el umbral social de tolerancia al conflicto.

La pregunta, por tanto, no es si las elecciones provocarán una guerra civil clásica. La pregunta es si el ciclo electoral consolidará un modelo de conflicto político permanente, con picos de violencia intermitente, territorios políticamente enfrentados y una erosión sostenida de la autoridad federal. Eso es exactamente el escenario que Turchin describía: no colapso inmediato, sino degradación prolongada y estallido de un conflicto social.

Eso es exactamente el escenario que Turchin describía: no colapso inmediato, sino degradación prolongada y estallido de un conflicto social.
El paralelismo europeo ayuda a poner esto en perspectiva. Europa también vive polarización, protestas y crisis de legitimidad, pero con diferencias clave. En Francia, Alemania o Italia, las movilizaciones masivas —chalecos amarillos, protestas agrarias, disturbios urbanos— se producen contra el poder, no entre niveles de poder enfrentados. El conflicto es vertical. En Estados Unidos, cada vez más, es horizontal y territorial.

Además, Europa conserva un consenso mínimo sobre el valor del Estado y la administración pública como árbitros. Incluso en contextos de alta tensión, los procesos electorales no se perciben mayoritariamente como fraudulentos de partida. En Estados Unidos, esa presunción ha saltado por los aires. El resultado es una política mucho más inflamable.

En resumen: Minnesota no anuncia una guerra civil inminente, pero sí algo quizá más inquietante para una democracia avanzada. Anuncia unas elecciones disputadas en la calle, en los tribunales y en el relato público. Y anuncia, también, que Estados Unidos se parece cada vez menos a una democracia europea tensionada y cada vez más a un sistema atrapado en un bucle de confrontación interna.

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Raúl Lucena Martínez

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