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El CJNG y la militarización del narcotráfico en México

La eliminación de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), ha marcado un punto de inflexión en la evolución del crimen organizado en México. Según la información ofrecida por la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), el operativo fue ejecutado por fuerzas especiales del Ejército mexicano con apoyo de la inteligencia estadounidense. La operación desarrollada en Tapalpa, en el estado de Jalisco, desencadenó una reacción inmediata por parte de células del CJNG, que respondieron con bloqueos terrestres, quema de vehículos y enfrentamientos armados en distintos puntos de Jalisco. Dado que el CJNG mantiene presencia operativa en buena parte del territorio nacional, el riesgo de expansión de la violencia hacia otras zonas del país constituye una de las principales preocupaciones para el gobierno federal.

La militarización de los cárteles viene profundamente marcada por la llamada Guerra contra Narcotráfico del gobierno de Felipe Calderón (2006-2012). El despliegue masivo del Ejército mexicano en tareas de seguridad nacional modificó radicalmente el entorno operativo de las organizaciones criminales. La estrategia gubernamental, centrada en capturar o abatir a los líderes de los grandes cárteles, fragmentó estructuras criminales históricamente asentadas, pero también incentivó la competencia violenta entre facciones emergentes, lo que impulsó a los cárteles a armarse y adaptarse a un entorno mucho más agresivo. Más adelante, la creación de la Guardia Nacional durante el mandato de López Obrador consolidó la participación permanente de cuerpos militares en labores de seguridad pública. Aunque la narrativa gubernamental buscó diferenciar la estrategia de sus predecesores, en la práctica el uso intensivo de fuerzas federales continuó siendo el eje de la política de seguridad.

Uno de los antecedentes más significativos de esta transformación de los cárteles fue la aparición de los Zetas, grupo fundado por desertores de las fuerzas especiales mexicanas que trasladaron su experiencia y conocimientos tácticos al mundo criminal. De esta forma, se demostró que el entrenamiento militar podía convertirse en una ventaja competitiva para las organizaciones criminales. Posteriormente, otros cárteles replicaron esta lógica contratando exmilitares o agentes de policía para entrenar a sus miembros. Entre las capacidades operativas destacan el uso de fusiles de asalto, rifles de precisión, ametralladoras pesadas y lanzagranadas, así como la presencia de vehículos blindados artesanales y drones adaptados para transportar explosivos. Gran parte del armamento procede del tráfico ilícito desde Estados Unidos, lo que añade una dimensión bilateral al problema.

El CJNG emergió en este entorno de fragmentación y competencia armada, particularmente tras tensiones internas en el Cártel de Sinaloa. Inicialmente concebido como una célula regional, supo aprovechar vacíos de poder para expandirse con rapidez y, a diferencia de otras organizaciones más antiguas, el CJNG apostó desde el primer momento por una demostración pública de fuerza, aumentando la presencia armada en las calles, distribuyendo propaganda a través de las redes sociales y ataques directos contra las fuerzas de seguridad. Su acelerado crecimiento le llevó a tener presencia en casi todos los estados de México, así como en Estados Unidos y países de América Latina y Europa.

En este sentido, la figura de El Mencho fue clave en este proceso. Su liderazgo en el CJNG combinó la disciplina interna con la violencia estructural en las calles y una visión empresarial del narcotráfico. Bajo su mando, el CJNG diversificó actividades hacia el tráfico de drogas, como el fentanilo y las metanfetaminas, la extorsión sistemática, el robo de combustible y el control de negocios locales. Las autoridades estadounidenses lo incluyeron entre los narcotraficantes más buscado del mundo, ofreciendo recompensas millonarias por información que facilitara su captura.

La militarización del CJNG no fue solo motivada por la presión del Estado mexicano, sino también debido a la  violenta rivalidad con otros grupos criminales. Las disputas territoriales se libraron con tácticas propias de conflictos armados de baja intensidad, como emboscadas, bloqueos de carreteras simultáneos, ataques coordinados en varios municipios y el uso sistemático del miedo para controlar poblaciones. En algunas regiones, la presencia del cartel sustituyó de facto a las autoridades estatales, imponiendo normas, impuestos y castigando a quienes se les resistían.

La militarización de los cárteles también ha transformado la vida cotidiana de millones de personas. En zonas bajo disputa, la población civil queda atrapada entre operativos federales y represalias de los criminales. Los bloqueos terrestres, la quema de vehículos y negocios, y los enfrentamientos armados afectan directamente a la actividad económica y la seguridad básica de la sociedad. Por otra parte, la normalización de la presencia de convoyes armados en zonas urbanas erosiona la percepción de autoridad del Gobierno. En términos económicos, la profesionalización criminal convierte al narcotráfico en una empresa transnacional altamente rentable. La gestión de rutas, la diversificación de productos y la optimización logística responden a criterios empresariales estratégicamente definidos.

Desde el punto de vista institucional, existe el debate sobre el uso continuado de los cuerpos de seguridad y las fuerzas armadas. Buena parte de la población civil y de los dirigentes políticos argumentan que los cuerpos de seguridad locales carecen las capacidades suficientes como para hacer frente a los cárteles y que, por tanto, sus herramientas e infraestructuras deben ser reforzados. Sin embargo, personas como la propia presidenta del país, Claudia Sheinbaum, consideran que la actividad militar contra el narcotráfico no es una opción real por los niveles de violencia e incertidumbre que puede generar.

La profesionalización y la militarización de los cárteles mexicanos refleja el esfuerzo de adaptación estratégica a la presión estatal y a la competencia interna que se ha desarrollado durante décadas. El CJNG representa uno de los ejemplos más representativos de esta problemática, con una organización jerárquica definida, capacidades tácticas avanzadas y proyección internacional. Queda por ver hasta qué punto esta organización criminal es capaz de mantener de forma prolongada los enfrentamientos contra las fuerzas gubernamentales y cómo evoluciona el liderazgo del cártel ante posibles rivalidades internas y externas. El desafío para el Estado mexicano no se limita a neutralizar líderes, sino a desmotar las bases económicas, logísticas y sociales que permiten la persistencia de organizaciones criminales con capacidades paramilitares.

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Francisco Javier Peña Hernández

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