La expiración del New START marca algo más que el ocaso de un tratado concreto. Concretamente, certifica el agotamiento de una forma de entender la estabilidad estratégica basada en reglas, límites bilaterales y previsibilidad entre grandes potencias. Durante más de una década, el acuerdo funcionó como último anclaje de una arquitectura heredada del final de la Guerra Fría, capaz de contener la competencia nuclear incluso en contextos de rivalidad política creciente y con diferentes puntos de tensión críticos. Por ende, su extinción obliga a replantear, aunque sea superficialmente, qué sostiene hoy la disuasión y qué dice ello del sistema internacional.
En un contexto de guerras abiertas, reconfiguración del poder global y erosión del multilateralismo, el control de armas deja de ser un terreno “técnico” para convertirse en un indicador político de primer orden. Por lo cual, el fin de este tratado revela hasta qué punto la lógica del equilibrio de poder vuelve a imponerse sobre la de la gobernanza estratégica.
¿Qué significa realmente que expire el New START?
La expiración del New START supone esencialmente la desaparición del último marco jurídicamente vinculante que limitaba y verificaba los arsenales estratégicos de Estados Unidos y Rusia. Más allá de las cifras (en lo relativo a ojivas, bombarderos y plataformas), el valor central del tratado residía en su función estabilizadora gracias al intercambio de datos, notificaciones, diálogo de alto nivel y mecanismos de inspección que reducían la incertidumbre mutua.
Sin ese marco, la relación nuclear entre ambas potencias vuelve a depender del cálculo unilateral y de la inteligencia estratégica. En esta línea, la previsibilidad institucional se sustituye por estimaciones, sospechas y señales indirectas. En términos clásicos de teoría de la disuasión, el sistema se vuelve más opaco y, por tanto, potencialmente más inestable. Este cambio no implica necesariamente una carrera inmediata de acumulación cuantitativa, pero sí un reforzamiento de la modernización cualitativa. En ausencia de límites compartidos, cada actor tiene incentivos para maximizar credibilidad disuasoria, lo que incrementa la complejidad técnica y estratégica del entorno nuclear global.
Más allá del impacto en el derecho internacional, ¿por qué dejarlo expirar es una señal geopolítica?
Permitir que el tratado expire, incluso cuando era posible una prórroga técnica limitada, constituye una señal política clara que indica que el control de armas ha dejado de ser una prioridad estratégica compartida (aunque ya se habla de que ambas partes buscan un acuerdo «modernizador» para dar respuesta al marco tan complejo). Durante décadas, incluso en los momentos más tensos, Washington y Moscú mantuvieron una lógica de mínimos cooperativos en materia nuclear. Esa lógica se ha erosionado. Y, lo más importante, obedece a elementos que confirman el trasvase de los pilares del orden internacional.
Así, esta expiración consolida una transición estructural del control basado en normas al control basado en capacidades. La estabilidad ya no se apoya en compromisos verificables, sino en la percepción de fuerza, resiliencia y capacidad de respuesta. Como resultado, este desplazamiento aumenta el peso de los errores de cálculo y reduce los márgenes de gestión de crisis. Además, el fin del tratado normaliza la idea de que los acuerdos de control de armas son contingentes y reversibles, teniendo efectos sistémicos, al debilitar la credibilidad de otros regímenes normativos y erosionar la noción de que la seguridad estratégica puede institucionalizarse de forma duradera.
Una dinámica que, incluso, puede observarse en la misma arquitectura nuclear global que se desarrollará en la Guerra Fría, ya que los principales tratados internacionales en este ámbito (No Proliferación y Prohibición de Ensayos Nucleares esencialmente) no han sabido responder eficazmente a los retos y dinámicas que plantean las relaciones de poder en el esquema internacional actual. Por ejemplo, el Tratado de No Proliferación reconoce únicamente a los cinco países del Consejo de Seguridad de NN.UU. la posibilidad de tener armamento nuclear, algo que la propia realidad internacional contradice.
Así las cosas, ¿por qué China se convierte en el eje del nuevo debate nuclear?
El vacío que puede dejar el tratado se cruza con el ascenso nuclear de China. Desde la perspectiva estadounidense, cualquier arquitectura futura que no incluya a Pekín resulta incompleta y estratégicamente obsoleta. El crecimiento del arsenal chino y su modernización doctrinal han transformado el equilibrio nuclear global, donde en un escenario de medio-largo plazo puede ser capaz de competir con el sistema estadounidense, cuyas implicaciones estratégicas generarían desequilibrios geopolíticos más profundos.
Sin embargo, la posición china introduce una asimetría fundamental. Pekín sostiene que su arsenal sigue siendo muy inferior al de las potencias tradicionales (actualmente ronda las 600 ojivas frente a las más de 1.500 rusas y estadounidenses) y rechaza asumir compromisos diseñados para un mundo bipolar. Esta discrepancia bloquea la transición hacia un control multilateral efectivo. El resultado es un entorno tripolar sin reglas comunes, donde cada potencia desarrolla sus capacidades según lógicas distintas. En esencia, la inclusión de China en un régimen de control no es solo una cuestión cuantitativa, sino doctrinal, cultural y política, para la que aún no existe un modelo viable.
De esta forma, esta expiración no supone únicamente el final del último tratado de control nuclear entre las principales potencias nucleares, sino que simboliza el agotamiento de una arquitectura estratégica que, con todas sus limitaciones, había logrado contener la competencia nuclear hasta hoy. Durante décadas, el control de armas funcionó como un mecanismo de previsibilidad en un entorno de rivalidad. No eliminaba la desconfianza, pero la hacía gestionable mediante reglas, límites verificables y canales de comunicación institucionalizados, por lo que su desaparición deja al descubierto un orden nuclear cada vez menos normativo y más dependiente del cálculo de poder.
Este vacío coincide, además, con la consolidación de China como tercera potencia nuclear relevante, sin que exista un marco capaz de integrar una dinámica tripolar. Así, la disuasión vuelve a apoyarse en capacidades materiales, percepciones estratégicas y gestión ad hoc de crisis, más que en compromisos jurídicos compartidos.
Concluyendo, la desaparición del New START es un síntoma de una crisis más amplia del orden internacional. El debilitamiento del control de armas refleja la erosión del multilateralismo, la pérdida de legitimidad de las normas y el retorno del equilibrio de poder como principio organizador central. En este contexto, la estabilidad nuclear deja de descansar en instituciones y pasa a depender de la racionalidad de los actores y de su capacidad para gestionar crisis sin marcos formales de contención. Es un sistema más flexible, pero también más frágil.
Lejos de ser un episodio aislado, la extinción de este acuerdo histórico confirma una transición crítica, donde el orden global se traslada del mundo de las reglas al mundo de las capacidades. Y en materia nuclear, esa transición no solo redefine la disuasión, sino que expone con crudeza la crisis del sistema internacional en su conjunto.




