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EL LIDERAZGO FEMENINO ES CUESTIÓN DE CARÁCTER

El liderazgo femenino no es una cuestión de género, sino de carácter. La historia del poder político demuestra que liderar exige temple, convicción y la capacidad de sostener decisiones bajo presión. En ese terreno, las mujeres han dejado claro que el liderazgo no se define por etiquetas, sino por la fortaleza interior de quien lo ejerce.

La relación entre las mujeres y el poder político ha sido una historia de superación y transformación profunda. No solo han ampliado su presencia en espacios de decisión, sino que han evidenciado que el verdadero desafío no es ocupar el poder, sino ejercerlo con carácter y cambiar las culturas políticas para que la igualdad sea real y duradera.

Figuras históricas como Margaret Thatcher y Golda Meir lo dejaron claro: el liderazgo no depende del género, sino de la fuerza de carácter y de la capacidad de guiar con propósito.

Thatcher, primera ministra del Reino Unido, gobernó sin suavizar su estilo ni buscar aprobación. Tomó decisiones impopulares, resistió presiones internas y externas y dejó una lección incómoda: cuando una mujer lidera con firmeza, suele ser evaluada más por su tono que por sus resultados. No fue el género lo que marcó su liderazgo, sino su determinación.

Golda Meir, por su parte, ejerció el poder en uno de los contextos más hostiles del mundo. Gobernó en guerra, sin margen para el error ni espacio para discursos inspiradores. Su liderazgo fue el de la resistencia y el pragmatismo, demostrando que el carácter, no la retórica, sostiene al poder en los momentos críticos.

Ambas evidencian que el liderazgo ejercido por mujeres no es una versión suavizada del poder, sino una forma directa y exigente de asumirlo.

En la actualidad, líderes como Ursula Von Der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y Roberta Metsola, presidenta del Parlamento Europeo, confirman esta misma verdad. Enfrentan desafíos políticos y económicos a escala continental con visión estratégica, firmeza y una alta capacidad de resistencia frente al ataque constante. El rasgo común no es su género, sino su carácter.

Las mujeres que lideran en el mundo actual demuestran que la fortaleza de carácter transforma sociedades. Su avance no es una concesión simbólica ni una tendencia electoral: es una reconfiguración real del poder político.

Cada vez más mujeres entran al poder, gobiernan y dejan huella no por lo que representan, sino por cómo lideran.

No ocupan el poder: lo ejercen.

ARES

Ares Capdevila Brualla

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