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El Majzén: la columna vertebral del poder en Marruecos

Marruecos mantiene un peso geopolítico relevante gracias a alianzas estratégicas y a un sistema interno de poder llamado majzen. Una red de vigilancia, inteligencia y lealtades personales para asegurar estabilidad y anticipar conflictos, tanto dentro como fuera del país.

El Reino de Marruecos, uno de los Estados más influyentes del continente africano, ha demostrado tener un gran peso geopolítico en los últimos años, a pesar de las dificultades internas económicas y sociales presentes en su territorio. Esta posición prevalente se ha logrado gracias a las alianzas estratégicas que Marruecos ha establecido en los últimos años con Estados Unidos e Israel, así como mediante prácticas controvertidas en sus relaciones con los países limítrofes.

Para mantener un cierto estatus internacional sin caer en presiones o en manifestaciones internas que puedan desestabilizar el país debido a las carencias y necesidades de su población, resulta fundamental neutralizar cualquier acción que vaya en contra del interés nacional. ¿Y cómo lo logra Marruecos? Gracias a su columna vertebral: el majzen.

El majzen es la espina dorsal profunda del poder en Marruecos, el origen de toda decisión vital para el país. Debe ser analizado no como una simple institución, sino como un sistema de dominación, adaptación y control que articula el Estado desde la base social hasta la figura del rey. Aunque Marruecos presenta una arquitectura institucional moderna, con gobierno, parlamento y elecciones, la realidad del poder se organiza en torno a esta estructura paralela, compuesta por las élites políticas, económicas y militares: el verdadero y único centro de decisión.

Para comprender su funcionamiento real, es fundamental descender a su lógica territorial y social, que no comienza en las altas esferas, sino en cada barrio de las ciudades e incluso en las aldeas más remotas. En este nivel aparece la figura del moqaddem, el escalón más bajo pero uno de los más estratégicos del sistema, ya que es el primero en captar información a nivel local. Este agente actúa como los ojos y oídos del Estado: conoce a las familias, detecta tensiones, transmite información y garantiza un control cotidiano casi invisible. Además, desempeña funciones útiles para la población, como ayudar en trámites burocráticos o gestiones con extranjeros. El moqaddem es una figura conocida, que no lleva uniforme oficial y que forma parte del propio tejido social. Históricamente, estos agentes eran responsables de recaudar impuestos y mantener el orden en nombre del poder central, una función que sigue siendo esencial en la actualidad. A partir de este nivel micro se construye una cadena jerárquica que asciende a través de gobernadores y walis, formando una administración territorial paralela que asegura la presencia efectiva del poder central en todo el país incluso por encima de las instituciones electas.

El majzen funciona como un sistema de vigilancia capilar en el que la información fluye de abajo hacia arriba, alimentando a los niveles superiores del aparato de seguridad. En este punto entran en juego los servicios de inteligencia, que constituyen una de las columnas vertebrales del sistema. Organismos como la DGST (inteligencia interior) tienen como misión recopilar, analizar y explotar información sobre cualquier amenaza potencial al Estado, desde el terrorismo hasta la disidencia política. A su lado opera la inteligencia exterior (DGED), encargada del espionaje fuera de las fronteras y del contraespionaje. Esta doble dimensión, interna y externa, convierte al majzen en un sistema altamente sofisticado de control, donde la seguridad no es solo reactiva, sino también preventiva. El espionaje, en este contexto, no es un elemento accesorio, sino un mecanismo estructural que permite anticipar conflictos, neutralizar oposiciones y mantener la estabilidad del régimen.

A medida que se asciende en esta estructura, el poder se concentra progresivamente en círculos cada vez más reducidos. En el nivel superior se encuentra el entorno inmediato del rey, compuesto por consejeros directamente nombrados por él, altos responsables de seguridad y figuras clave de la élite económica. Este núcleo duro no responde a lógicas electorales, sino a relaciones de confianza personal y lealtad directa, lo que demuestra que en Marruecos las decisiones no dependen de partidos políticos, sino de una lógica estratégica centrada en los intereses del Estado. Es en este nivel donde se toman las decisiones fundamentales: política exterior, seguridad nacional, grandes orientaciones económicas o cuestiones sensibles como el Sáhara Occidental.

La cúspide de este sistema es, evidentemente el rey, que no solo concentra el poder político, sino también una legitimidad religiosa e histórica que refuerza su posición. Como Amir al-Muminin (comendador de los creyentes), su autoridad trasciende el ámbito político y se sitúa en un plano simbólico que dificulta su contestación. La dinastia alauí, es la unica familia real del mundo árabe, que afirma de ser descendiente directa del profeta Mahoma. Esta combinación de centralización política y legitimidad espiritual constituye uno de los pilares más sólidos del majzen y explica no solo su resiliencia a lo largo del tiempo, sino también su eficacia.

La política internacional marroquí no puede entenderse sin esta estructura, que actúa como el verdadero centro de decisión estratégica. En primer lugar, la cuestión del Sáhara Occidental ilustra perfectamente esta dinámica: lejos de ser un tema gestionado únicamente por el gobierno formal, se trata de un dossier controlado directamente por el núcleo del majzen, que condiciona alianzas, acuerdos diplomáticos y posicionamientos internacionales. En segundo lugar, Marruecos ha desarrollado una diplomacia pragmática basada en distintas alianzas, estableciendo relaciones simultáneas con potencias occidentales, países del Golfo e incluso actores como China o Rusia. Esta flexibilidad responde a una lógica estratégica centralizada que busca maximizar beneficios sin comprometer la autonomía del régimen.

Además, el majzen ha demostrado una notable capacidad para instrumentalizar herramientas de presión en el ámbito internacional. La gestión de los flujos migratorios, por ejemplo, se ha convertido en un instrumento de negociación con la Unión Europea, mientras que la cooperación en materia de seguridad y lucha antiterrorista refuerza su posición como socio indispensable. Incluso episodios concretos, como crisis migratorias en las fronteras con España, responden a decisiones de esta estructura de poder, lo que pone de manifiesto su capacidad de coordinación y su influencia directa en la política exterior.

En conjunto, el majzen aparece como un sistema profundamente coherente en su lógica interna: una red que va desde el control local hasta la estrategia geopolítica global, pasando por el espionaje, la coordinación con las élites y la centralización del poder en torno al monarca. Su principal fortaleza reside precisamente en esta capacidad de articulación multinivel, que le permite garantizar estabilidad, continuidad y eficacia en la toma de decisiones. Sin embargo, esa misma estructura implica también límites claros, especialmente en términos de apertura política, transparencia y desarrollo democrático.

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Roberto Pipia

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