En 1949, Francisco Franco relacionaba abiertamente la política internacional en torno al recién creado Estado de Israel con la masonería. Escribió: «El reconocimiento de Israel, su entrada en la ONU […] obedecen exclusivamente a los dictados de la masonería». La afirmación refleja la visión conspirativa que Franco mantuvo durante buena parte de su vida sobre la capacidad de la masonería internacional para condicionar la política y las instituciones.
Años antes, en una carta dirigida a Pío XII en 1943, había escrito: «Se mueven, entre bastidores, la masonería internacional y el judaísmo imponiendo a sus afiliados la ejecución de un programa de odio contra nuestra civilización católica, en el que Europa constituye el blanco principal por considerársele el baluarte de nuestra fe». De nuevo, Franco situaba judaísmo y masonería dentro de una interpretación conspirativa de las fuerzas que, a su juicio, actuaban contra la Europa católica.
Leídas desde 2026, estas palabras resultan especialmente llamativas por el cambio experimentado por una parte de la derecha occidental. Mientras Franco desconfiaba profundamente del sionismo político y de la influencia internacional que atribuía a determinados círculos judíos y masónicos, hoy existen sectores de la derecha (especialmente nacional-conservadores y evangélicos) que mantienen una estrecha sintonía con el Gobierno de Benjamin Netanyahu y exhiben la bandera israelí como símbolo político. Al mismo tiempo, la ocupación de territorios palestinos y el creciente peso del nacionalismo religioso israelí mantienen abierto un intenso debate internacional. La paradoja histórica es evidente: quienes hoy pretenden reivindicar simultáneamente a Franco y el alineamiento político con Netanyahu están conciliando posiciones que difícilmente habrían resultado compatibles con la particular visión ideológica y geopolítica que Franco expresaba en aquellos textos.




