Este Domingo de Ramos, como cada año, el patriarca latino de Jerusalén se disponía a oficiar misa en el Santo Sepulcro. Sin embargo, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, quien actualmente es la autoridad católica de la ciudad, vio impedidas sus intenciones cuando la policía israelí le cortó el paso. Al no poder oficiar la celebración en el lugar previsto, el acto religioso se trasladó a Getsemaní, junto con un reducido grupo conformado por treinta personas.
Para entender el revuelo que ha causado la noticia, conviene conocer la importancia del Santo Sepulcro para el cristianismo. Considerado el lugar donde fue crucificado y enterrado Jesucristo, está gestionado desde hace siglos por un complejo sistema de equilibrio entre distintas confesiones cristianas (ortodoxos, coptos, católicos…), conocido como “statu quo”. Este delicado acuerdo ha convertido cualquier alteración en el acceso o en las celebraciones religiosas en un asunto de alta sensibilidad. Además, en Jerusalén y en los territorios palestinos, los cristianos han pasado de ser una minoría significativa a representar un porcentaje muy reducido de la población. En este contexto, el papel del Patriarcado Latino de Jerusalén resulta clave, ya que bajo Pizzaballa, esta institución actúa no solo como autoridad religiosa, sino también como defensor de los cristianos locales ante las autoridades políticas. Su función mezcla la dimensión espiritual con una labor diplomática, orientada a garantizar los derechos de los fieles.
Netanyahu defendió la actuación policial, alegando que las medidas fueron tomadas por razones de seguridad, las cuales también llevaron al cierre de otros lugares santos, como el Muro de las Lamentaciones o la mezquita de Al Aqsa, y a prohibir las reuniones de más de 50 ciudadanos. Asimismo, declaró que se estaba desarrollando un plan para permitir que líderes religiosos puedan continuar con sus oficios los próximos días. Finalmente, hoy Netanyahu ha permitido «acceso pleno e inmediato» al patriarca, gracias a la presión internacional, que ha tachado la medida de innecesaria.
La reacción internacional por parte de varios líderes europeos ante el hecho fue criticar la medida por considerarla una manera de coartar el derecho a la libertad religiosa y abusar de poder. Los presidentes de España y Francia condenaron lo ocurrido; el ministro de Asuntos Exteriores de Italia anunció su intención de citar al embajador de Israel para pedirle explicaciones; y hasta el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, se pronunció en contra. Esto último es clave, puesto que una figura alineada políticamente con Israel critique el episodio es el indicador más fuerte de que Israel ha cometido un error político, no solo comunicativo. Eso limita la capacidad de Israel para justificar lo sucedido como una simple medida de protección. Cuando las críticas proceden de Macron, Meloni y Sánchez, y además de un representante estadounidense cercano a Israel, el coste reputacional se vuelve más delicado. Desde el Vaticano, León XIV denunció durante el ángelus que, a causa de la guerra, muchos cristianos no pueden profesar su fe esta Semana Santa, e instó a «abrir caminos concretos de reconciliación y paz».
Las relaciones entre la Santa Sede e Israel no han sido siempre fluidas. De hecho, el reconocimiento oficial del estado de Israel por parte del Vaticano no se produjo hasta 1993, con la firma del Acuerdo Fundamental, un hito que normalizó las relaciones diplomáticas entre ambos tras las tensiones derivadas del estatus de Jerusalén. Desde entonces, la relación se ha caracterizado por un equilibrio frágil: por un lado, existen cooperación institucional y canales diplomáticos. Por otro, persisten diferencias, especialmente en lo relativo al estatus de Jerusalén y la protección de los lugares santos. Por tanto, lo sucedido en el Santo Sepulcro se considera un episodio que reactiva tensiones latentes.
La solución elegida para intentar reparar lo sucedido ha sido una desescalada. Netanyahu dejó abierta la puerta a permitir celebraciones en los días siguientes, así que lo más esperable era que Israel intentase corregir el daño permitiendo acceso controlado para los oficios de Semana Santa. Esta parece la opción más racional para evitar un choque con la Santa Sede, Italia y otros gobiernos europeos.
Sin embargo, preocupa que este incidente pueda sentar un precedente político. No porque se vayan a romper relaciones con el Vaticano, sino porque reafirmaría la idea de que Israel puede alterar el statu quo de los lugares santos bajo una cobertura de seguridad. Macron ya ha hablado de una “multiplicación” de las violaciones del estatus de estos espacios, lo que sugiere que algunos gobiernos europeos ya están conectando este episodio con una tendencia más amplia.
Además, algunos sectores pueden promover una narrativa común entre palestinos y cristianos. El hecho de que el Patriarcado lo presente como un desprecio hacia los creyentes, facilita que este caso se use como prueba de que la presión israelí sobre Jerusalén ya no afecta solo a musulmanes palestinos, sino también a cristianos y a autoridades eclesiales.
Por su parte, el Vaticano rara vez alza la voz de forma frontal: cuando actúa con firmeza, suele hacerlo sin ruido mediático. Una respuesta más contundente por su parte sería esperable si en los próximos días se repitieran incidentes similares, impidiendo que se desarrollaran celebraciones clave como las del Jueves Santo o Pascua (lo cual, tras la nueva decisión de Netanyahu, es muy poco probable). En ese caso, lo más esperable sería que el Papa optara por contactos directos con Israel o decidiera intercambiar notas diplomáticas formales. En caso de que optara por el canal público y mediático, a través de mensajes más específicos y con referencias directas a Jerusalén y la libertad de culto, cabría esperar que el lenguaje empleado fuera respetuoso y enmarcado dentro de llamamientos a la paz internacional.
Mi análisis personal es que Israel ha cometido un error geopolítico de orden simbólico y de orden estratégico. Simbólico, porque ha tocado pilares claves del cristianismo: el Santo Sepulcro, el Domingo de Ramos y el patriarca latino de Jerusalén. De orden estratégico, porque aunque no afecta alianzas militares ni al equilibrio regional, sí deteriora su posición diplomática ante actores importantes y le resta credibilidad cuando habla de libertad religiosa. Todo eso en un momento en que Israel necesita precisamente lo contrario: apoyo, comprensión y disciplina narrativa. Considero que esto no abrirá una crisis con el Vaticano ni con Europa, pero sí dejará una marca. A partir de ahora, cada restricción israelí en Jerusalén será observada con más sospecha, y no solo desde el mundo árabe, sino también desde gobiernos occidentales y comunidades cristianas.




