Hace apenas unas horas, en una entrevista con el diario británico The Telegraph publicada este miércoles 1 de abril, Donald Trump dejó caer la frase que ningún aliado europeo quería escuchar. Preguntado por si reconsideraría la membresía de Estados Unidos en la OTAN una vez terminada la guerra contra Irán, respondió sin titubear: «Oh sí, diría que va más allá de la reconsideración. Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y Putin también lo sabe.» Poco después, a Reuters, fue todavía más directo: «Oh, absolutamente, sin duda. ¿No harías lo mismo si fueras yo?»
No es la primera vez que Trump lanza esta amenaza, pero sí es la primera en hacerlo en medio de varias guerras activas como la de Ucrania e Irán, y con su secretario de Estado respaldándole públicamente. Y es que Marco Rubio, el mismo senador que en 2023 impulsó la ley que obliga a obtener una mayoría de dos tercios en el Senado o un acto del Congreso para abandonar formalmente la alianza, ahora apoya las declaraciones de Trump. Rubio no firmó aquella norma para proteger a Europa sino para proteger a Estados Unidos de un movimiento impulsivo, el de un presidente que en su primer mandato ya había amenazado con lo mismo en más de una ocasión.
Pero, ¿por qué este cambio? La respuesta más probable es que Rubio no está jugando a salir de la OTAN sino a redefinir las condiciones de la permanencia, forzando a los aliados europeos a asumir una concepción de la alianza mucho más favorable a los intereses inmediatos de Washington al sentir ese miedo que se pretende infundir. En ese escenario, Rubio sabe mejor que nadie que el Senado no le seguiría en una ruptura formal, pero puede utilizar la táctica con total comodidad porque nunca tendría que ejecutarla. Lo que sí ejecuta, cada vez que la pronuncia, es el mensaje de que el paraguas ya no es incondicional.
El detonante inmediato es la guerra en Irán, que ha generado la primera fractura transatlántica con consecuencias operativas reales. España cerró su espacio aéreo a los aviones estadounidenses implicados en el conflicto, Italia denegó aterrizaje en Sigonella sin autorización previa, y Francia solo concedió el uso de una base tras garantías explícitas de que no se usaría para ataques directos. Trump lo enmarcó como traición mientras que los europeos lo enmarcaron como derecho soberano y como respeto al derecho internacional.
La lógica de Trump se fundamenta en que Estados Unidos lleva décadas subsidiando la seguridad europea mientras el continente destinaba el ahorro a sus estados del bienestar, aunque la OTAN no fue diseñada para funcionar como un cheque en blanco que obliga a los aliados a sumarse a cualquier operación que Washington decida emprender unilateralmente.
Lo que esta semana ha quedado verdaderamente al descubierto ha sido la manera en la que Trump describió la alianza: “tigre de papel”, una expresión popularizada por Mao Zedong en los años 50 cuando la usó para describir a Estados Unidos. Hace referencia a algo que parece amenazante desde fuera pero que en realidad no tiene fuerza real para actuar. Este tigre de papel podría ser Europa misma, puesto que el continente carece hoy de la infraestructura militar, la cadena de mando autónoma y la capacidad de producción de defensa necesarias para garantizar su propia seguridad si Washington decidiera dejar de respaldarla.
Esto es lo que aterroriza realmente a Europa. Cada declaración suya es leída en Moscú y en Pekín con una atención sostenida que ningún comunicado oficial puede deshacer después. El daño a la credibilidad de la garantía de seguridad estadounidense ya se está produciendo en tiempo real, con independencia de si se activa o no una salida formal. Teniendo esto en cuenta, el escenario más probable no sería una salida formal de la OTAN sino una presencia que se mantendría en el papel mientras la garantía que la hace creíble se erosiona.




