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¿Es la Falange el único partido de la derecha que mantiene un discurso crítico con el sionismo político y prioriza los intereses nacionales de España?

¿Qué significa hoy defender los intereses nacionales? Para algunos será una cuestión de principios; para otros, de puro realismo político. Es posible que, en un mundo de alianzas, interdependencias y presiones internacionales, ningún gobierno pueda actuar con absoluta independencia. Pero una cosa es aceptar esas limitaciones y otra muy distinta renunciar incluso a defender públicamente que la prioridad debe ser el propio país.

En España llama la atención que una de las pocas excepciones sea la Falange, que mantiene un discurso crítico con el sionismo político y sitúa la soberanía nacional como eje de su proyecto. La Falange ha publicado artículos y campañas con un discurso muy crítico hacia Israel y el sionismo político, y en sus actos públicos son recurrentes lemas como «Unidad, Soberanía y Justicia», «Por nuestra soberanía nacional» o «Por la soberanía nacional. Por la soberanía militar», insistiendo en que la política exterior debe responder, antes que nada, a los intereses de España.

Más allá de que se comparta o no su ideario, la cuestión de fondo merece una reflexión. Si España afronta desafíos estratégicos como el fortalecimiento militar de Marruecos, las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla o la presión migratoria, ¿por qué estos asuntos ocupan un lugar tan secundario en el debate de buena parte de la derecha? Resulta llamativo que Estados Unidos, principal aliado de Marruecos e Israel, incorpore con frecuencia el norte de África, el Estrecho de Gibraltar y la estabilidad del Mediterráneo occidental en sus debates estratégicos y de seguridad, mientras que en España estos asuntos rara vez ocupan un lugar central.

En Italia, el Gobierno de Giorgia Meloni ha mantenido relaciones con Israel, pero también ha tratado de marcar sus propios límites en determinadas decisiones, insistiendo en que la política exterior italiana debe responder, ante todo, a los intereses de Italia y evitando implicar al país más allá de lo que considera compatible con esa prioridad.

¿Hasta qué punto puede España defender una política exterior plenamente orientada a sus intereses nacionales? ¿Y hasta qué punto las alianzas actuales responden realmente a esos intereses?

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Alejandra Fernández

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