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España y Marruecos: interdependencia estratégica en el Mediterráneo occidental

España y Marruecos no atraviesan una luna de miel diplomática: atraviesan un ciclo de máxima utilidad mutua. En el Mediterráneo occidental, la estabilidad se decide en un equilibrio de poder donde cooperar compensa y romper cuesta demasiado.

España y Marruecos no están en su “mejor momento”. Están en su momento más útil. Y esa diferencia importa, porque explica con más precisión lo que sucede cada vez que ambos gobiernos proclaman sintonía histórica: no es una historia de confianza, sino de cálculo. No es una luna de miel; es interdependencia estratégica con costes de salida demasiado altos.

Durante años se ha repetido el mantra del “vecindario inevitable”, como si la geografía fuera un argumento moral. Pero el Sur no funciona con moral: funciona con influencia. Y la influencia —en el Mediterráneo y en el flanco sur europeo— no se hereda por mapa, se ejerce. Se negocia. Se intercambia. A veces se impone. Casi siempre se condiciona. España y Marruecos lo saben, y por eso su relación vive ciclos de tensión y recomposición que no deberían sorprender a nadie: en un tablero donde ambos se necesitan, romper del todo no sale gratis.

La política exterior, cuando es real, no se mide por declaraciones amables, sino por la estructura que sostiene la relación cuando aparece el desacuerdo. Ahí es donde conviene desconfiar del adjetivo “histórico”. Si la relación bilateral fuera una amistad sólida, no necesitaría recordatorios públicos constantes. Si fuera una rivalidad abierta, no existirían mecanismos recurrentes de reconexión. Lo que hay, en cambio, es un tipo de vínculo más frío y por eso más resistente: un sistema de dependencia mutua donde cada parte sabe que el otro tiene palancas, y actúa en consecuencia.

España y Marruecos se necesitan por una razón que casi nunca se formula con crudeza: el flanco sur de Europa no se gestiona solo desde Bruselas ni solo desde Madrid. Se gestiona, en gran medida, desde Rabat. Marruecos, por su parte, necesita a España porque el acceso a la esfera europea —comercial, política, institucional— no es un hecho natural; es una arquitectura que se atraviesa con alianzas, con interlocutores útiles y con una diplomacia que entiende que el reconocimiento internacional también se construye en la práctica. Por eso ambos países, pese a sus diferencias, se ven obligados a tratarse como socios. No porque se quieran, sino porque se limitan mutuamente los daños.

El problema de vender esta realidad como “mejor momento” es que oculta la lógica real del poder. En el Sur, el poder no se demuestra proclamando estabilidad, sino administrando tensión. Se trata de tensar sin romper, de marcar perfil sin dinamitar puentes, de elevar el precio de la fricción sin convertirla en ruptura. Esa es la esencia de la relación hispano-marroquí: un equilibrio delicado donde los gestos importan, pero importan más las consecuencias.

Cuando el debate se queda en “¿son amigos o enemigos?”, se pierde lo esencial: en geopolítica, lo determinante no es la simpatía, es la asimetría. Y España y Marruecos conviven con asimetrías distintas. Una es miembro de la UE y se beneficia de un marco comunitario; el otro es un actor regional que ha aprendido a jugar con márgenes de maniobra, a construir centralidad y a convertir su posición geográfica en capital político. Uno no domina al otro. Se condicionan. Y en ese condicionamiento se decide, en gran medida, la estabilidad del Mediterráneo occidental.

Por eso, cada vez que se anuncie el “mejor momento”, conviene leerlo como lo que realmente es: una confirmación de que ambos gobiernos han decidido, por ahora, que cooperar rinde más que confrontar. Que la normalidad no es ausencia de tensión, sino gestión de intereses. Y que, cuando cambien los incentivos —porque cambien las prioridades internas, porque se reconfigure el entorno regional o porque el tablero global empuje a redefinir alianzas— volveremos a ver ajustes, fricciones y mensajes cruzados.

No hay que dramatizarlo ni romantizarlo. Hay que nombrarlo con precisión: España y Marruecos no están destinados a entenderse; están obligados a negociar su influencia en el Sur. Y esa obligación, cuando se administra con inteligencia, puede producir estabilidad. Pero no es un final feliz. Es una arquitectura de poder donde la cooperación es, ante todo, una decisión estratégica.

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Hanan El Ayadi Benabdellah

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