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Europa debe defender su modelo de convivencia

¿Qué está ocurriendo con las corrientes islamistas que intentan imponer normas religiosas o culturales incompatibles con la convivencia europea?

En Europa llevamos generaciones construyendo sociedades donde el Estado no debe imponer ninguna religión, las leyes civiles están por encima de cualquier norma religiosa y todos los ciudadanos deben regirse por las mismas reglas. Y, con matices según cada país, ese modelo ha funcionado.

Francia tiene uno de los modelos más estrictos de laicidad (“laïcité”), donde el espacio público e institucional intenta mantenerse muy neutral respecto a la religión.

España es un Estado aconfesional: no tiene religión oficial, aunque históricamente el catolicismo haya tenido peso cultural e institucional.

Reino Unido mantiene una iglesia oficial, la anglicana, aunque en la práctica funciona como una democracia liberal con libertad religiosa.

Y en muchos países nórdicos han existido iglesias estatales históricas, aunque hoy sus sociedades son profundamente secularizadas.

Precisamente ahí está la diferencia: aunque el cristianismo haya influido culturalmente en Europa, los europeos no vivimos imponiendo nuestra religión en las calles, ni ocupando el espacio público con rezos colectivos constantes, ni utilizando la presión religiosa para influir sobre los demás. La religión, para la mayoría de europeos, pertenece principalmente al ámbito privado, cultural o familiar.

Entonces, si Europa se ha construido sobre la separación entre religión y Estado y sobre la neutralidad del espacio común, ¿por qué estamos permitiendo dinámicas que van en dirección contraria?

Resulta curioso que sea precisamente en Francia, España, Reino Unido o los países nórdicos donde más se habla hoy de integración fallida, presión comunitaria o aumento visible de manifestaciones religiosas islámicas en el espacio público —incluidos rezos colectivos o reivindicaciones identitarias— cuando históricamente eran sociedades pensadas para funcionar desde la neutralidad institucional y unas normas comunes para todos.

Y aquí también existe una dimensión geopolítica que Europa parece no querer abordar. Porque estas dinámicas no nacen únicamente “desde abajo” a través de la inmigración o de cambios demográficos espontáneos. También existen influencias “desde arriba”: financiación extranjera de mezquitas y asociaciones, redes ideológicas transnacionales, intereses estratégicos de determinados Estados y utilización de identidades religiosas como herramienta de influencia política y social dentro de Europa.

Reducir todo este fenómeno únicamente a “diversidad cultural” es ignorar que, detrás de ciertas corrientes islamistas, también hay una dimensión geopolítica, de poder e influencia, que puede terminar chocando directamente con el modelo europeo de secularización, convivencia civil y neutralidad institucional.

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Alejandra Fernández

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