/ /
Artículo
/

Feminidad y poder en Corea del Norte

La presencia de mujeres en la línea sucesoria de Corea del Norte desafía la intuición. La autoridad cambia de rostro, pero el sistema permanece intacto: el linaje dicta las reglas.

Que una mujer pueda situarse en la línea sucesoria de uno de los sistemas políticos más cerrados y personalistas del mundo podría interpretarse, en otro contexto, como un signo de transformación. Es el caso de Corea del Norte; sin embargo, la creciente visibilidad de figuras como Kim Yo-jong o la aparición pública de la hija de Kim Jong-un invita a una lectura distinta. Más que una feminización del poder, lo que podría estar revelándose es la capacidad de un régimen dinástico para adaptarse de manera simbólica sin alterar su estructura fundamental. En sistemas donde la continuidad depende más de la lealtad y la herencia que de instituciones consolidadas, el género, lejos de constituir un factor de cambio, se convierte en un recurso estratégico.

La imagen resultaba cuidadosamente calculada: una niña, tomada de la mano de su padre, observando pruebas de misiles balísticos intercontinentales, rodeada de uniformes militares y escenografía estratégica. Desde su primera aparición pública en 2022, la hija de Kim Jong-un ha acompañado al líder supremo en actos vinculados al núcleo más sensible del régimen: su capacidad disuasoria y proyección militar. En paralelo, Kim Yo-jong ha consolidado su papel como figura clave en la estructura política y comunicativa del Estado. Estas escenas no son anecdóticas. En un sistema construido sobre la continuidad de la línea iniciada por Kim Il-sung y heredada por Kim Jong-il, la puesta en escena importa tanto como la organización formal. Lo que está en juego no es solo la identidad del heredero, sino la manera en que el poder se representa a sí mismo para garantizar su supervivencia.

Corea del Norte constituye una anomalía dentro de los sistemas autoritarios contemporáneos. Formalmente republicana y de inspiración socialista, su arquitectura real responde a una lógica dinástica. La sucesión de Kim Il-sung a Kim Jong-il y posteriormente a Kim Jong-un no obedeció a un proceso institucional competitivo, sino a la transferencia de legitimidad heredada. En los regímenes personalistas, donde las instituciones existen pero no determinan la distribución última del poder, la sucesión representa el principal momento de vulnerabilidad. La estabilidad depende, por tanto, de la capacidad de proyectar continuidad.

En este contexto, la aparición de figuras femeninas en la cúspide del poder no altera necesariamente la lógica del sistema; más bien, puede integrarse en ella. El género, en este marco, funciona como un recurso simbólico capaz de reforzar la autoridad y la narrativa del régimen sin cuestionar su legitimidad ni redistribuir la autoridad. No obstante, la consolidación de una sucesora femenina enfrentaría el reto de obtener el respaldo de una élite militar históricamente conservadora y estructurada bajo la doctrina Songun (el ejército primero), lo que obligaría al régimen a demostrar que el linaje de sangre posee una autoridad mística capaz de subordinar incluso a la jerarquía más tradicionalista.

La presencia de mujeres en roles de poder tampoco implica una redistribución amplia de la autoridad. En sistemas altamente personalistas, la incorporación de una mujer al círculo de poder puede coexistir con un orden social que sigue siendo jerárquico y desigual. La consolidación de una figura femenina dentro de la familia gobernante no modificaría necesariamente las dinámicas cotidianas de participación o autonomía para el resto de la población femenina norcoreana. La concentración del poder en el linaje opera en un plano distinto al de los derechos sociales; uno responde a la lógica de la sucesión, el otro a la estructura profunda del sistema.

Quizá lo más revelador sea la flexibilidad de un sistema capaz de integrar mujeres en posiciones de autoridad sin alterar su esencia. En Corea del Norte, la visibilidad femenina convive con un orden jerárquico y una estructura política centrada en el linaje, demostrando que la adaptación simbólica puede resultar tan influyente como la transformación institucional. La pregunta que queda abierta no se limita a quién puede heredar, sino a la manera en que un modelo diseñado para perdurar incorpora variaciones superficiales sin afectar los principios que sostienen su perdurabilidad. En última instancia, el análisis invita a reflexionar sobre la naturaleza del poder: más resiliente y adaptable de lo que la mirada superficial suele percibir.

foto-perfil-2

Verónica Serpa Pestano

Comparte este artículo:

Publicaciones recientes