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Fronteras bajo presión: el impacto económico de la escalada entre Pakistán y Afganistán

La escalada militar entre Pakistán y Afganistán se produce en un momento de fragilidad económica, con un comercio transfronterizo ya debilitado y bajo la amenaza de crisis regional vinculada a Irán

La nueva escalada militar entre Pakistán y Afganistán, con bombardeos que ya han provocado que Islamabad hable de “guerra abierta”, llega en el peor momento macroeconómico posible para ambos: su comercio transfronterizo ya venía debilitado por cierres intermitentes de pasos y la región intenta anticipar un shock derivado de un posible episodio de ataques militares de EE.UU. contra Irán.

La relación económica entre Pakistán y Afganistán es, ante todo, una economía de cruces fronterizos: Torkham y Chaman–Spin Boldak concentran buena parte del tránsito de mercancías, camiones y viajeros, además de otros pasos relevantes (Ghulam Khan, Kharlachy…). Cuando estos puntos se cierran por seguridad, el efecto es inminente: surgen colas de camiones, pérdidas por alimentos perecederos, incumplimientos contractuales y encarecimiento por desvíos de rutas. En esta escalada, además, los reportes apuntan a enfrentamientos en zonas cercanas a Torkham y a cierres fronterizos que amplifican el impacto económico más allá del frente militar.

A corto plazo, los efectos más probables son un aumento de la inflación, localizada en ciudades fronterizas y mercados afganos dependientes de importaciones paquistaníes; aumento de costes logísticos; y caída de ingresos fiscales por aduanas y tasas de tránsito en ambos países, lo cual es paradójico, porque aunque aumenta la presión por controlar los cruces, esa tensión provoca un descenso de la actividad y por tanto menor recaudación.

Sin embargo, el conflicto armado no está fracturando un sistema robusto, sino que está afectando negativamente a un sistema anteriormente intermitente: antes de la escalada, el comercio entre ambos países ya mostraba gran volatilidad.

En el primer trimestre del año fiscal 2025–26 de Pakistán, el comercio bilateral cayó a 475 M de USD (desde 502 M en el mismo periodo del año previo). Aun cuando hubo repuntes, el patrón siguió mostrando crecimiento cuando la frontera funcionaba y se desplomaba cuando se usaba como palanca coercitiva. Además, el Afghanistan–Pakistan Transit Trade Agreement (APTTA) (firmado en 2010) ha estado sujeto a fricciones políticas y renegociaciones. Su credibilidad depende de la seguridad y la cooperación aduanera.

En la práctica, esto significa que el comercio entre ambos países depende más del clima político del momento que de un marco institucional sólido. Por estos motivos, el margen de resiliencia ante nuevos conflictos es bajo y el traslado a precios es más rápido.

El ángulo diferencial de esta nueva escalada entre ambos es el momento geopolítico en el que están sucediendo los hechos. Los ataques coinciden con un aumento del riesgo de un enfrentamiento militar entre EE.UU. e Irán (o ataques selectivos) y, aunque Afganistán no es un gran importador directo de Irán y Pakistán diversifica parte de su energía, un shock en Irán puede transmitirse y repercutir en diversas áreas.

Una mayor prima de riesgo regional sobre la energía y el combustible supondría una subida del precio en diésel y queroseno, lo cual encarece el transporte, el proceso de generación eléctrica y el precio de los alimentos (a causa de los mayores costes logísticos). De igual manera, si el riesgo regional aumenta, se endurecerían las condiciones de las aseguradoras y del financiamiento comercial.

En un entorno de riesgo regional elevado, la prioridad de los gobiernos tiende a desplazarse desde la facilitación económica hacia la contención de amenazas. Este cambio de enfoque tiene consecuencias administrativas: se intensifican los controles, aumentan las inspecciones físicas y documentales y se endurecen los protocolos de seguridad en frontera. El resultado es un incremento del dwell time de los camiones, interrupciones en la rotación del transporte y una ruptura del ritmo de las cadenas logísticas just in time. Si, además, el riesgo se extiende a la frontera iraní, la seguridad paquistaní debe atender simultáneamente dos frentes occidentales, lo que refuerza una necesidad de vigilancia permanente en provincias sensibles como Baluchistán. En ese contexto, la administración deja de priorizar la fluidez logística y pasa a concentrarse en reducir riesgos de seguridad. La consecuencia económica no es necesariamente el cierre total de la frontera, sino una pérdida de velocidad y previsibilidad en el comercio formal.

Otro de los efectos macroeconómicos más sensibles es la dolarización defensiva y la presión sobre el tipo de cambio. Cuando aumenta la incertidumbre, individuos y empresas buscan proteger su poder adquisitivo y su capacidad de pago en el exterior. En economías con monedas frágiles, eso suele conllevar una mayor demanda de dólares como activo refugio y como moneda de transacción para el comercio internacional. En Pakistán, donde gran parte de las importaciones se pagan en dólares, los importadores tienden a anticipar compras de divisa para cubrir inventarios ante el riesgo de nuevos problemas fronterizos con Afganistán o de un shock energético a raíz del conflicto en Irán. Esa demanda adicional presiona el mercado cambiario y deprecia la moneda local.

Este mecanismo conecta directamente con el conflicto Pakistán–Afganistán, dado que la inestabilidad en la frontera reduce el volumen comercial, justo cuando aumenta la necesidad de divisas para asegurar importaciones. Menos comercio implica menos ingreso de dólares, lo que estrecha la oferta de divisas en el sistema. Si a la vez crece el miedo a una escalada regional por Irán, la percepción de riesgo aumenta y la dolarización preventiva se intensifica.

En resumen, la escalada entre Pakistán y Afganistán no es solo un episodio militar bilateral, sino un multiplicador de debilidades en una región ya tensionada por problemas geopolíticos. La fragilidad del comercio fronterizo, la dependencia energética externa y la escasa capacidad cambiaria hacen que cada cierre de paso o cada inspección adicional tenga efectos que van más allá de lo inmediato. Si a ello se suma la posibilidad de una escalada entre Estados Unidos e Irán, el resultado no se trata solo de dos conflictos, sino de un entorno donde los riesgos empiezan a retroalimentarse.

En este escenario, la frontera deja de ser una línea divisoria y se consolida como el principal mecanismo de transmisión de inestabilidad económica en Asia.

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Balbanuz Ferreras Parés

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