La política exterior y de seguridad de España se encuentra en un momento de alta criticidad. Tradicionalmente, la política de defensa española ha considerado el denominado Flanco Sur, la zona geográfica formada por el estrecho de Gibraltar, las Islas Canarias, Ceuta, Melilla y sus áreas limítrofes, como el principal foco de vulnerabilidad geopolítica en las últimas décadas.
En los últimos tiempos, estas tensiones han experimentado una transformación significativa debido a un factor tan imprevisto como inusual: la consolidación de la alianza estratégica, militar y de inteligencia entre Marruecos e Israel. Esta situación resulta especialmente llamativa si se tiene en cuenta el posicionamiento mayoritario de los países árabes y musulmanes frente a Israel, particularmente en relación con la cuestión de Gaza. Mientras amplios sectores de la opinión pública en estos países muestran una clara oposición al gobierno israelí, el ejecutivo de Rabat parece guiarse por una lógica de realpolitik, sin aparentes condicionantes morales en este ámbito.
Dicha alianza formalizada con los Acuerdos de Abraham, con el beneplácito de Estados Unidos, coincide temporalmente con una de las etapas de mayor tensión diplomática para España. Por un lado, con Israel, debido a la postura adoptada por Madrid respecto a los conflictos en Gaza y Líbano, que incluye el reconocimiento del Estado palestino, las críticas al gobierno israelí y un cierto distanciamiento respecto a las posiciones predominantes en otros países europeos. Esto ha derivado en un deterioro profundo de las relaciones diplomáticas.
Por otro lado, la relación con Marruecos, históricamente caracterizada por una estabilidad condicionada, continúa marcada por episodios recurrentes de presión, especialmente en el ámbito migratorio sobre Ceuta y Melilla. Rabat ha utilizado de forma reiterada estos flujos como instrumento de presión política.
La convergencia de estas dos dinámicas sitúa a España en una posición de debilidad, más propensa a realizar concesiones debido a sus compromisos internacionales, su posicionamiento moral y las limitaciones de actuación derivadas por la Unión Europea. Esta última institución internacional, en varias ocasiones, ha mostrado una sensibilidad limitada hacia la problemática del Flanco Sur, priorizando otras cuestiones continentales y alterando en consecuencia, el equilibrio del poder en el Mediterráneo y el consiguiente aumento de riesgos para la seguridad nacional española.
La tensión con Israel tiene implicaciones directas en materia de seguridad. España ha dependido en parte de la industria de defensa israelí para el suministro de tecnología avanzada. El deterioro de las relaciones ha paralizado nuevos contratos en temas tecnológicos y ha afectado el uso de sistemas ya en uso. La cooperación entre el CNI y el Mossad ha sido un pilar clave en la monitorización del terrorismo en el norte de África y su debilitamiento reduce significativamente la capacidad de España para vigilar determinadas amenazas.
En cuanto a Marruecos, si bien la tensión no alcanza el mismo nivel que con Israel, la presión constante sobre territorios españoles dificulta un diálogo equilibrado y equiparado. Rabat ha recurrido a estrategias que incluyen la flexibilización (y abertura total) deliberada del control fronterizo cuando determinadas decisiones políticas tomadas en Madrid resultan desfavorables a sus intereses. Esto provoca aumentos en los flujos migratorios, genera tensiones sociales y políticas internas al país ibérico, afectando la percepción de control estatal sobre el territorio.
También se considera el cierre prolongado de la aduana comercial de Melilla desde 2018 y las restricciones periódicas en Ceuta, estas medidas tomadas por Rabat, tienen objetivo de limitar la viabilidad económica de estas ciudades y debilitar sus vínculos con la península.
En el plano militar, se ha producido un cambio en el equilibrio de capacidades entre España y Marruecos. Gracias a su cooperación con Israel, Rabat ha accedido a tecnología de vanguardia, incluyendo sistemas de defensa y desarrollo de drones, lo que podría condicionar la libertad operativa española en su propio espacio aéreo y marítimo.
La colaboración entre Marruecos e Israel en materia de ciberseguridad añade otros riesgos: la falta de cooperación israelí con España en este ámbito, podría aumentar la exposición de actividades de espionaje por parte de los servicios marroquíes con objetivos españoles.
Es también imprescindible considerar el factor argelino. Argelia percibe la alianza entre Marruecos e Israel como una amenaza, lo que complica aún más la posición de España. Cualquier intento de aproximación de Madrid hacia Rabat puede provocar represalias por parte de Argel en el ámbito energético, mediante subidas de precios o interrupciones del suministro, incrementando el riesgo de pérdida de peso estratégico frente a otros socios europeos. En este contexto, la diplomacia española se encuentra atrapada entre principios y pragmatismo: la necesidad de mantener una coherencia moral y, al mismo tiempo, defender sus intereses nacionales. La alianza entre Marruecos e Israel erosiona la posición de España en múltiples frentes, desde la inteligencia hasta la seguridad tecnológica.
La comunidad europea debería comprender que el Flanco Sur no es únicamente un espacio de gestión migratoria, sino un escenario geopolítico de alta complejidad donde se emplean las tecnologías militares más avanzadas del mundo. Ignorar esta realidad puede tener consecuencias significativas para la seguridad no solo de España, sino del conjunto de Europa.




