La reacción europea frente a la República Islámica ha sido rápida e inquebrantable. Dentro de la Unión Europea, Ursula von der Leyen califica los misiles iraníes como “ataques injustificables” y manifiesta su “plena solidaridad” con los países del Golfo. Roberta Metsola insta al régimen a “abstenerse de cualquier escalada adicional”. Desde el inicio de la operación conjunta de Estados Unidos e Israel, António Costa advirtió sobre el “peligro de una escalada militar”.
Sin embargo, existe un matiz claro: las condenas apuntan al contraataque iraní, no al bombardeo previo de Donald Trump y Benjamin Netanyahu. El canciller alemán Friedrich Merz lo resume así: “no es el momento de sermonear a nuestros aliados”. El bloque E3 —Francia, Alemania y Reino Unido— afirma en su declaración conjunta que “no participa en estos ataques”, pero condena “enérgicamente los ataques iraníes” y pide volver a negociar el programa nuclear.
En paralelo, los líderes europeos se comunican con los dirigentes de Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes y Jordania. Justifican esta ronda de contactos con la intención de proteger civiles, evitar una escalada y blindar rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, clave para el suministro energético.
Esta cautela se debe a una dependencia estructural: la seguridad europea sigue estrechamente ligada a Estados Unidos —más aún en el cuarto aniversario de la invasión rusa de Ucrania — e Israel, el protegido de Alemania, es un socio estratégico en tecnología y defensa. Además, Irán suministra petróleo a China y drones a Rusia. De esta forma, ante la «Furia Épica», Moscú cierra filas: Vladimir Putin denuncia una “violación cínica del Derecho Internacional” por parte de Trump y Bibi y manifiesta su “más sincera solidaridad» con el régimen ayatolá y el pueblo iraní.
El resultado es una posición europea que combina la condena a Teherán, la apelación al Derecho Internacional y el silencio calculado sobre el origen de esta ofensiva. Una postura que no respalda explícitamente el ataque inicial, pero tampoco lo denuncia con la misma contundencia.
La reunión extraordinaria del Colegio de Seguridad de la UE, que se celebra este lunes, busca coordinar esta línea común: contener la escalada, proteger intereses estratégicos y preservar la cohesión interna. Los 27 intentan defender la estabilidad regional sin romper con el estado norteamericano ni desalinearse de Israel. La pregunta es si esta ambigüedad estratégica refuerza su papel diplomático o, una vez más, expone los límites de su autonomía geopolítica.




