Desde el Octágono se integran estructuras relacionadas con la seguridad, las comunicaciones y las infraestructuras. El propio Gobierno egipcio presenta el Centro de Comando Estratégico como un lugar desde el que pueden coordinarse servicios esenciales del país. El Octágono es, por tanto, algo más que la respuesta egipcia al Pentágono estadounidense: sus dimensiones y funciones reflejan el peso que han adquirido las Fuerzas Armadas.
Mientras los muros del Octágono se levantaban en el desierto, las Fuerzas Armadas extendían su presencia más allá de los cuarteles. En el Egipto actual, los militares no se ocupan únicamente de fronteras y armas. Construyen carreteras, gestionan terrenos, producen cemento y alimentos, controlan empresas y administran infraestructuras. La influencia del Ejército alcanza hoy la economía, la política y gran parte del aparato estatal.
El Ejército siempre ha ocupado un lugar privilegiado, pero bajo el mandato de al-Sisi, la frontera entre las Fuerzas Armadas y el Estado se ha vuelto cada vez más difusa. Para comprender cómo se ha llegado hasta aquí hay que retroceder más de siete décadas.
De general a presidente
El protagonismo político del Ejército no nació con al-Sisi. Desde la revolución de los Oficiales Libres de 1952, que puso fin a la monarquía, Egipto estuvo gobernado durante décadas por hombres procedentes de las Fuerzas Armadas: Gamal Abdel Nasser, Anwar el-Sadat y Hosni Mubarak.
La gran ruptura llegó en 2011. Después de casi treinta años en el poder, Mubarak dimitió en medio de las protestas de la Primavera Árabe. Las elecciones llevaron a la presidencia a Mohamed Morsi, primer dirigente civil elegido democráticamente.
Su mandato apenas duró un año. Tras meses de protestas contra su Gobierno, el Ejército intervino en julio de 2013. Al frente estaba el entonces ministro de Defensa, Abdel Fattah al-Sisi, que anunció la destitución de Morsi y la suspensión de la Constitución. Un año después, al-Sisi ganó las elecciones presidenciales de 2014.
Desde entonces, éste ha consolidado un sistema en el que las Fuerzas Armadas ocupan una posición central. Las reformas constitucionales de 2019 reforzaron incluso su papel institucional, atribuyéndoles la misión de proteger la Constitución y la democracia. Pero durante los años de al-Sisi el poder militar no solo se ha hecho sentir en la política: también se ha extendido por la economía egipcia.
Un Ejército empresario
Lo destacable de las Fuerzas Armadas egipcias es que su actividad no se limita a comprar tanques, fabricar armamento o proteger las fronteras. También producen pasta, leche, huevos y agua embotellada. Fabrican cemento y acero, distribuyen combustible, construyen carreteras y participan en negocios que van desde la agricultura hasta la hostelería. El Ejército egipcio se ha convertido así en uno de los grandes actores de la economía.
Buena parte de este entramado se articula alrededor de la National Service Projects Organization (NSPO), creada en 1979 para contribuir al autoabastecimiento de las Fuerzas Armadas. Sus explotaciones producían bienes destinados a los militares y vendían los excedentes en el mercado civil. Con los años, aquella estructura fue creciendo hasta convertirse en un auténtico conglomerado empresarial. Según el FMI, la NSPO posee alrededor de 62 compañías. La organización es solo una pieza del entramado: el FMI estima que existen alrededor de 80 empresas de propiedad militar dependientes de diferentes organismos.
La pasta ofrece uno de los ejemplos más curiosos de esta transformación. El Ejército egipcio comenzó a producir macarrones a finales de los años ochenta y luego agrupó sus fábricas bajo una misma compañía. La pasta Queen es un buen ejemplo de hasta dónde han llegado los negocios del Ejército, muy alejados de las actividades habituales de las Fuerzas Armadas.
Pero la presencia del Ejército en la economía va mucho más allá de estos productos. En diciembre de 2025, Euronews publicó un reportaje titulado Pasta à la Army en el que un conductor recorría El Cairo señalando negocios, gasolineras e incluso el cemento utilizado en las carreteras mientras repetía una misma explicación: “eso es del Ejército”.
Un competidor que también es el Estado
El problema no reside sólo en qué vende el Ejército, sino también en las condiciones en las que lo hace. Sus empresas compiten con compañías privadas mientras disfrutan de ventajas difíciles de igualar, como exenciones fiscales, acceso privilegiado a terrenos, facilidades administrativas y regulatorias y acceso a mano de obra barata. A esto se suma la falta de transparencia sobre sus cuentas. Todas estas diferencias pueden perjudicar la competencia y desincentivar la inversión privada.
Por eso, el poder económico de las Fuerzas Armadas no puede medirse simplemente contando cuántas botellas de agua o toneladas de cemento venden. Su importancia reside también en que el Ejército no es un empresario cualquiera: forma parte del mismo Estado que establece las reglas bajo las que compiten los empresarios.
La otra cara del poder: represión en Egipto
Esa posición privilegiada no termina en la economía. Durante los años de al-Sisi, las Fuerzas Armadas han reforzado su peso en la vida civil, mientras el régimen ha reducido el espacio para la oposición y la protesta. Human Rights Watch denuncia que las autoridades continúan persiguiendo a críticos pacíficos, periodistas, opositores y defensores de los derechos humanos.
Una de las muestras más claras de hasta dónde llega el poder militar se encuentra en los tribunales. En 2024, una nueva legislación amplió las competencias de las Fuerzas Armadas para intervenir en ámbitos tradicionalmente reservados a las autoridades civiles. Los militares pueden colaborar con la policía en la protección de infraestructuras estratégicas (centrales eléctricas, carreteras, vías ferroviarias…) y, durante estas operaciones, disponen de facultades de detención y registro similares a las policiales.
El poder económico y el político no funcionan de forma aislada. Mientras el Ejército ocupa una posición privilegiada en ambos ámbitos, las fuerzas de seguridad desempeñan un papel central en el control de la disidencia y la sociedad civil.
Más allá de los muros del Octágono
Al volver la mirada hacia el Octágono, el complejo adquiere un significado diferente. No es solo la sede desde la que los altos mandos dirigen unas Fuerzas Armadas. Sus muros representan hasta qué punto el poder militar se ha extendido más allá de los cuarteles.
Decir que los militares controlan absolutamente todo en Egipto sería simplificar una realidad más compleja. Siguen existiendo empresas privadas e instituciones civiles, pero todos ellos operan dentro de un sistema en el que las Fuerzas Armadas ocupan una posición difícilmente comparable con la de cualquier otra institución.
Quizá por eso el Octágono resulta tan representativo del Egipto de Sisi. Su tamaño puede impresionar, pero lo significativo no está en sus ocho lados ni en sus dimensiones, sino en la manera en que representa el poder militar egipcio a través de la arquitectura.




