España está en guerra. No muchos quieren reconocerlo, pero es una triste realidad. Y no, la amenaza no viene de las ansias imperialistas de Putin, ni de los desplantes de Trump a la OTAN y a Europa. Ni siquiera de las aspiraciones irredentistas de Marruecos con las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. La guerra que lucha el Estado español es contra los grupos de narcotraficantes que operan en las azules aguas del estrecho de Gibraltar y el litoral andaluz.
Aguas que este fin de semana se han vuelto a tornar de color rojo sangre. Aguas que han visto perder la vida de nuevo a agentes de la Guardia Civil. Jerónimo y Germán, dos experimentados miembros del Servicio Marítimo del Instituto Armado, a quienes una letal embestida durante una arriesgada persecución a una narcolancha ha segado la vida. Exactamente el mismo patrón y las mismas circunstancias que en 2024 tiñeron de luto la localidad gaditana de Barbate, con el asesinato de Miguel Ángel González y David Pérez.
El momento de degradación de la situación de seguridad internacional que vivimos va tristemente mucho más allá de la rivalidad geopolítica y los conflictos armados entre estados. El comercio internacional de la droga está en alza y las capacidades del crimen organizado son cada vez mayores. El triste ejemplo de la “Guerra contra el Narco” en México es el ejemplo extremo de las terribles capacidades de estas organizaciones, capaces de poner de rodillas a todo un Estado, pero ejemplos mucho más cercanos nos deberían poner los pelos de punta, como la infiltración de los clanes del narcotráfico (la famosa Moccromafia) en los países del Benelux, o los ataques coordinados contra el sistema penitenciario francés en Abril de 2025. Una amenaza de primera orden contra los puntales del Estado, al mismo nivel (o quizá más) que el terrorismo yihadista.
En el caso de España, nuestras Fuerzas de Seguridad deben enfrentarse a grupos criminales que las superan en medios técnicos y armamentísticos, y operan de forma cada vez más osada y violenta. Cada vez es más común ver desembarcos de droga en las costas andaluzas en plena impunidad, incluso en el Delta del Guadalquivir de Sevilla, a plena luz del día. Los criminales se saben poderosos, y ello se traduce en los agentes de la Guardia civil teniendo que ejecutar operaciones de lucha contra el narco cada vez más complicadas, arriesgadas y potencialmente letales.
Y lo triste es que mientras nuestros agentes se juegan la vida, las instituciones minimizan el problema: la Proposición No de Ley para la instalación de medios no letales en las embarcaciones del Servicio Marítimo de la Guardia Civil se aprobó el pasado 21 de abril, pero la aplicación, desarrollo y ejecución eficaces de la misma ni están ni se esperan a corto plazo.
La Asociación Española de Guardias Civiles fue tajante: Lamentamos profundamente este fatal desenlace, que es la crónica de una muerte tristemente anunciada. No se han adoptado las medidas necesarias para acabar con la presencia del Narco en el litoral andaluz, donde campan a sus anchas.
La Guardia Civil y el Estado español se encuentran en guerra en nuestro Mediterráneo. Y de momento, si no se toman medidas, la estamos perdiendo.




