Parecería razonable imaginar que la multipolaridad del Siglo XXI ha sido mantenida sin desajustes políticos ni rivales tras el fin de la Guerra Fría bajo la coexistencia de dos esferas de influencia en el mundo: la soviética y la estadounidense.
El poder en el mundo de las Relaciones Internacionales ha sido y es testigo de constantes cambios. Por ello, analizar la situación de este en nuestro día a día nos permite hablar de una cada vez más alejada realidad utópica: el mundo multipolar.
Hablar de la igual capacidad de influencia de los diferentes actores en la escena internacional, hoy en día, no es correcto. Y para abordar la cuestión, sería necesario abordar los orígenes de la supremacía estadounidense a través de su Doctrina Monroe porque, si bien ha formado los cimientos de la política norteamericana, esta vuelve a resurgir con más fuerza para lograr la extensión y adquisición territorial de todo el continente americano.
Si miramos dos siglos atrás, el multipolarismo no hacía más que empezar a modelar el mundo global. El Congreso de Viena permitió sentar unas nuevas reglas y mapa del equilibrio europeo, pero, sobre todo, la conferencia diplomática abrió paso a la presencia de todas las potencias en el mundo global. Además, la paz era el epicentro y el poder no era un fin en sí mismo sino un instrumento para hacer del sistema internacional un espacio de coexistencia pacífica. Desgraciadamente, el fracaso del sistema de alianzas tras la Primera Guerra Mundial y Segunda Guerra Mundial contribuyeron a la decadencia de esa nueva esfera internacional propiciando una fragmentación y en especial, un sistema bipolar.
Sin embargo, el fin de las tensiones en el Siglo XX alentó la esperanza de un orden internacional más pacífico y multilateral. Se habló entonces de un mundo sin bloques rígidos y de una creciente interdependencia. No obstante, esa expectativa pronto mostró sus límites. Lejos de consolidarse una verdadera multipolaridad, el sistema internacional evolucionó hacia una dinámica en la que la supremacía estadounidense continuó marcando el ritmo de la política global. En este contexto la política exterior de Donald Trump evidenció una tendencia que ya venía gestándose: el retorno explícito al unilateralismo. Su acción exterior se articuló en torno a tres principios fundamentales: unilateralismo, transaccionalismo y restricción migratoria.
Ejemplos de esta nueva realidad estadounidense ya pueden observarse a través del interés estratégico por Venezuela o bien la pronuncia sobre la adquisición de Groenlandia. Estas declaraciones, además de ser ejemplo de la diplomacia del caos, no son más que expresiones de poder procedentes de la lógica histórica de la Doctrina previamente mencionada. Algunos analistas se refieren a la misma, en tono irónico, como Doctrina Donroe, pues no es más que una reinterpretación contemporánea de la hegemonía estadounidense.
El unilateralismo no forma parte de una realidad aislada o lejana. Si bien es cierto que China y más potencias emergentes han aumentado su peso relativo, si se analizan las capacidades en términos de influencia, las desigualdades son notorias. Por ende, el orden internacional actual no refleja un mundo multipolar estable. Nos encontramos viviendo la incertidumbre de una transición hegemónica bajo nuevas dinámicas y narrativas que nos permiten hablar de las asimetrías y la complejidad que conlleva un equilibrio entre actores. Así pues, nos enfrentamos a una era donde nos vemos capacitados a hablar de un mito del multipolarismo contemporáneo y de un multilateralismo hueco.




