Mientras en España persisten las disputas internas sobre qué gobierno ha llevado a esta situación, convendría asumir una realidad menos cómoda: esta relación entre Marruecos y Estados Unidos no depende de un ciclo político concreto en España. Es una alianza sostenida, transversal y consolidada durante años, ajena a los cambios de gobierno en Madrid.
La reciente referencia a Ceuta y Melilla en un informe de un subcomité del Congreso de Estados Unidos encargado de política exterior y asignaciones
ha sido interpretada como un hecho excepcional. Sin embargo, lo verdaderamente relevante no es la novedad del lenguaje, sino lo que revela: una relación estratégica entre Marruecos y Estados Unidos que lleva décadas construyéndose.
Conviene recordar un dato poco presente en el debate público español: Marruecos fue el primer país en reconocer a Estados Unidos en 1777. Desde entonces, el vínculo entre ambos países no solo ha sido continuo, sino que ha evolucionado como uno de los más estables dentro del mundo árabe en relación con Washington.
En el plano militar, la cooperación tampoco es reciente. Marruecos es desde hace años uno de los principales aliados de Estados Unidos fuera de la OTAN, participa regularmente en maniobras conjuntas como “African Lion” y mantiene acuerdos estratégicos sostenidos en materia de defensa y seguridad regional.
A ello se suma su posicionamiento como socio clave de Estados Unidos en el norte de África, especialmente en ámbitos como el control migratorio, la lucha contra el terrorismo y la estabilidad regional. No se trata de una relación coyuntural, sino de una apuesta prolongada en el tiempo.
En este contexto, el factor israelí refuerza aún más esa alineación. La normalización de relaciones entre Marruecos e Israel en 2020 no fue un punto de partida, sino la formalización de vínculos que ya existían. Marruecos ha albergado durante siglos una de las comunidades judías más relevantes del mundo árabe, y mantiene hasta hoy una diáspora con conexiones internacionales influyentes, también en Estados Unidos.
Nada de esto es nuevo. Lo que cambia ahora es que empieza a reflejarse, de forma explícita, en el lenguaje institucional estadounidense. Y ese lenguaje, en política internacional, rara vez es casual.
El error sería interpretar este movimiento como una anomalía. Es, más bien, la consecuencia lógica de una relación de largo recorrido que España no siempre ha sabido calibrar en su justa medida.
El debate no está en una amenaza inmediata sobre la soberanía de Ceuta y Melilla, sino en algo más incómodo: la constatación de que, en la jerarquía estratégica de Estados Unidos, las prioridades llevan tiempo definidas.




