Una de las consecuencias más importantes del escenario post-Ceuta ha sido la crisis diplomática abierta entre España e Italia. El gobierno de Giorgia Meloni ha sido uno de los más duros con el gobierno español, implicando directamente la regularización masiva propuesta por el ejecutivo de Pedro Sánchez como catalizador de la horda de migrantes hacia territorio europeo. Roma además adoptó como medida extraordinaria el cese temporal del espacio Schengen con España, reforzando los controles fronterizos a vuelos y buques provenientes de territorio español.
Esta medida, cuyo efecto práctico es el control riguroso por parte de las autoridades italianas de la documentación de los pasajeros a la llegada a territorio transalpino, es un fastidio los usuarios de una de las conexiones aéreas más potentes del continente europeo, con un tráfico aéreo estimado de 19 millones de viajeros entre ambas naciones a lo largo del año.
Pero el movimiento que más enfado ha causado en España es la ofensiva italiana en Europa, con una misiva, respaldada por otros 21 países, destinada a la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, el presidente del Consejo Europeo António Costa y la presidencia irlandesa del Consejo de la Unión. La carta, que exigía la celebración de una videoconferencia extraordinaria de los ministros de exteriores de los miembros de la Unión, no incluyó ningún tipo de mención solidaria con el drama humano vivido en Ceuta y Melilla y la violación territorial de España: el documento hablaba de la necesidad de evitar que los cruces masivos descontrolados y la instrumentalización de la migración u otras amenazas híbridas creasen la percepción de que es posible entrar ilegalmente en la Unión Europea.
Pero la gran infamia que suscitó la cólera de La Moncloa fue la segunda parte del documento, en la que se llamaba a que la Unión pudiese “disuadir eficazmente y combatir sin descanso la migración ilegal, organizando sus siguientes acciones, fortaleciendo las fronteras exteriores y afrontando todas las políticas que puedan servir como factores de atracción«: un dardo lanzado de forma muy poco sutil contra las políticas regulatorias de migrantes de Sánchez, que en ningún caso afectaban a los migrantes implicados en el asalto fronterizo a Ceuta.
Un ataque que escuece, precisamente por venir de parte de Italia: precisamente por el país que, junto con Grecia, mejor debería comprender la complejidad del drama de la migración, precisamente por parte de la nación que debería ver en las trágicas muertes avenidas en Ceuta y en la angustia de su población el reflejo de la isla siciliana de Lampedusa, zona cero de la migración ilegal en el Mediterráneo.
Un desplante y un desprecio intolerable por parte de una nación hermana, en un momento en el cual las relaciones italo-españolas gozan de un extraordinario momento, con una próspera relación comercial, una diáspora italiana asentada en España de casi 500.000 personas, una comunidad de españoles estables de casi 25.000 personas en Italia y en general, un gran momento relacional entre los dos pueblos (como curiosidad, ssoloen el año 2024 se celebraron 1.255 matrimonios de parejas hispano-italianas). En definitiva, un momento en el que sería deseable abordar una mayor integración y cooperación ítalo-española en lugar de apuñalamientos por la espalda por parte de un ejecutivo, con la agravante de una problemática tan sensible y tan compartida por ambas naciones.
“La solidaridad y la empatía son facultativas. El respeto a los tratados no”. Fue la tajante reacción de Sánchez al pulso de Meloni, así como el dato sonrojante de los 478.600 migrantes ilegales llegados a Italia entre 2021 y 2026 según la agencia europea Frontex, en comparación a los 234.760 registrados por España.
Un pulso entre Sánchez y Meloni, entre La Moncloa y el Palazzo Chigi que conviene leer en clave interna.
Giorgia Meloni se encuentra en un momento particularmente delicado: la mandataria nacida del popular barrio romano de La Garbatella había conseguido lo que parecía imposible, un gobierno estable y sin sobresaltos políticos, sustentado en una sólida alianza con Forza Italia (el partido del difunto Silvio Berlusconi) la Lega de Matteo Salvini y una oposición política prácticamente desactivada por luchas internas. Sin embargo, en abril de 2027 deberá enfrentarse a unos comicios electorales en la cual la irrupción del partido Futuro Nazionale del ex militar Roberto Vannacci amenaza con frenar a Fratelli d’Italia, el partido de Meloni. La irrupción de Futuro Nazionale y su apuesta dura por la re-migración puede seducir parte del electorado fratelliano. Además, Meloni sufrió en marzo de este mismo año la derrota en la votación de su gran proyecto a nivel interno, la votación de la reforma Nordio, que dio alas a su oposición de izquierdas principalmente el Partito Democratico de Elly Schlein, que esta vez ha prometido enterrar el hacha de guerra para hacer frente común contra la alianza tripartita de Meloni. Una auténtica batalla política por Roma, cuyo uno de sus frentes se ha combatido atacando a Madrid.




