Durante el asedio de Sarajevo (1992-1996), la población civil se vio obligada a adaptar su vida cotidiana a la amenaza constante del francotirador invisible. Apostados en edificios y colinas circundantes, los tiradores sembraban el pánico en las calles, obligando a los habitantes a desplazarse corriendo y a cruzar avenidas con la certeza de que podían morir en cualquier instante. Esta violencia permanente generó una profunda sensación de encierro y claustrofobia en una ciudad convertida en espacio de caza. Lo que no podía imaginarse entonces era, que algunas de esas balas no respondían únicamente a una estrategia militar, sino al deseo de entretenimiento de extranjeros que pagaban por participar.
Lo que hoy se conoce como Safari humano no surgió como una revelación tardía ni como una leyenda urbana amplificada por las redes. Por el contrario, se trata de un fenómeno denunciado de forma intermitente durante décadas, sistemáticamente ignorado en el relato oficial de la guerra de Bosnia.
Las primeras informaciones sobre estos hechos aparecieron ya en 1995, en pleno conflicto. Un periódico italiano publicó entonces un artículo que recogía la denuncia de Gianni Tognamame, secretario general del Tribunal Permanente de los Pueblos. Basándose en testimonios de bosnios auxiliados, Tognamame mencionaba la existencia de ciudadanos italianos que viajaban en vuelos privados desde aeropuertos europeos, vestidos con ropa de camuflaje, para unirse a mercenarios o francotiradores en territorio yugoslavo. No se trataba de combatientes ideologizados ni de voluntarios integrados en una causa, sino de individuos que entraban y salían del conflicto como quien consume una experiencia extrema. Aquella denuncia no prosperó judicialmente ni tuvo mayor recorrido mediático.
En 2007, un segundo testimonio reforzó ese patrón. John Jordan, bombero estadounidense y fundador de la organización humanitaria Global Operation Fire Rescue Service, vivió durante un tiempo en Sarajevo bajo asedio. Ante el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, declaró haber escuchado rumores persistentes entre la propia población bosnia sobre extranjeros que acudían a la ciudad sin motivaciones humanitarias ni periodísticas.
La reiteración de relatos similares, separados por años y procedentes de contextos distintos, apuntaba ya entonces a algo más que una anécdota.
Fue casi dos décadas después, en 2022, cuando el asunto volvió a la esfera pública con el estreno del documental Sarajevo Safari. La película recoge entrevistas con testigos directos, entre ellos un exmilitar bosnio que afirma haber tenido conocimiento de los llamados safaris humanos tras el interrogatorio de un soldado serbio capturado durante la guerra. Según su testimonio, el prisionero relató que había viajado desde Belgrado junto a un grupo de extranjeros provistos de armas y equipos de caza, quienes pagaban a las fuerzas serbias para disparar contra civiles en la ciudad sitiada. No se trataba de combatientes ocasionales, sino de clientes.
Estas informaciones fueron recopiladas durante años por el periodista italiano Ezio Gavazzeni, quien finalmente las presentó ante la Fiscalía italiana en enero de 2025. El expediente, de 17 páginas, detalla cómo algunos de estos «turistas» podían llegar a pagar hasta 300.000 euros. Tal y como explicita el informe:
Los niños eran las víctimas más “caras”, seguidos por hombres y mujeres; mientras las personas mayores podían ser asesinadas sin coste alguno.
Para comprender cómo pueden existir individuos dispuestos a pagar por matar y encontrar placer en ello, resulta necesario trascender el análisis individual y examinar el marco moral y social que hace posible este tipo de violencia.
La posibilidad de que la violencia contra civiles se ejerza, o se consuma, sin remordimiento está estrechamente ligada a un proceso previo: la deshumanización del otro. Esta no consiste únicamente en la simple estigmatización, sino en la total reducción de una población a una categoría abstracta e intercambiable. La violencia rara vez comienza con las armas. Antes se debilita la empatía, se erosionan las barreras éticas y se redefine quién merece protección y quién queda fuera de ella. Cuando un grupo humano es expulsado de ese marco moral compartido, su muerte deja de percibirse como una transgresión y puede integrarse en la normalidad cotidiana, o incluso en el ámbito de lo aceptable.
Este proceso fue claramente visible en la Bosnia de principios de los años noventa. Los musulmanes bosnios fueron progresivamente despojados de su condición de sujetos políticos y morales mediante un lenguaje que los presentaba como “turcos”, “fanáticos” o “extremistas islámicos”, es decir, como una presencia extraña e incompatible que debía ser eliminada. En ese clima, la violencia extrema no solo se volvió justificable, sino que para algunos se transformó en una experiencia imaginable, accesible e incluso lucrativa.
El caso de Sarajevo no es una anomalía histórica. En conflictos contemporáneos pueden observarse formas actualizadas del mismo patrón, donde la violencia contra civiles no solo se ejerce, sino que se consume.
En el contexto del asedio israelí sobre la Franja de Gaza, diversos reportajes y denuncias de organizaciones de derechos humanos han documentado prácticas que revelan una transformación inquietante de la lógica del safari. Décadas de lenguaje deshumanizante han convertido a la población civil en una abstracción legitimadora de la violencia extrema.
En este escenario, la lógica del safari no desaparece: se desplaza. Si en Sarajevo el cuerpo humano era una presa, en Gaza el objeto de consumo es el sufrimiento mismo. Desde hace dos años, decenas de personas se han congregado en el mirador más cercano a la Franja, situado en la zona elevada de la ciudad israelí de Sderot. Prismáticos en mano, han observado los bombardeos sobre el norte de Gaza como si se tratara de un espectáculo. A ello se suman excursiones organizadas y cruceros privados frente a la costa gazatí, desde los que se ha contemplado en tiempo real la destrucción de barrios e infraestructuras civiles, mientras se explicaban los futuros asentamientos proyectados sobre las zonas bombardeadas.
La continuidad entre Sarajevo y Gaza no reside únicamente en el acto de matar, sino en la mirada. Cuando el sufrimiento ajeno se convierte en algo observable, compartible y disfrutable desde una posición de distancia y privilegio, la frontera entre la guerra y el entretenimiento colapsa.




