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Los orígenes de la presencia de Estados Unidos en Oriente Medio

La presencia de Estados Unidos en Oriente Medio no ha sido constante a lo largo del tiempo, sino que se consolidó especialmente tras la Segunda Guerra Mundial. Impulsada por intereses estratégicos, energéticos y geopolíticos en el contexto de la Guerra Fría, esta implicación sentó las bases de la política exterior estadounidense en la región hasta la actualidad.

A pesar de lo que muchas veces se pueda llegar a pensar, la presencia de los Estados Unidos de América en la región de Oriente Medio no data de décadas y décadas atrás, perennes en el tiempo. Su primer interés en la zona surgió alrededor de las décadas de 1930-1940 debido al interés de diferentes empresas privadas en el crudo de la zona –y que, inevitablemente, también les sería muy útil en la reconstrucción de Europa tras la 1a Guerra Mundial–; un sector que estaba evolucionando a pasos agigantados por su creciente necesidad en la sociedad. Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar en la región con el fin de la 2a Guerra Mundial y la llegada del periodo de la Guerra Fría (1947-1991). Tal y como explica Bosemberg (2003, p.2):

Durante el periodo de entreguerras, los norteamericanos no tuvieron grandes intereses vitales y estratégicos en el Medio Oriente, no tenían clientes regionales, ni bases militares. Así, hasta la década de los cuarenta, la presencia estadounidense tan solo se había manifestado en el ámbito cultural, ideológico y comercial. Pero las cosas comenzaron a cambiar después de la Segunda Guerra Mundial. De ahora en adelante, los norteamericanos tendrían varios objetivos. El primero, consistió en “contener al comunismo”; […]. El segundo, muy ligado al primero, radicó en presionar o intervenir los nacionalismos regionales. El tercero, adquirir el crudo y, por consiguiente, garantizar su aprovisionamiento; para ello, había que conservar la estabilidad en los países productores en el Golfo Pérsico. El cuarto, último en orden aunque no en importancia, la defensa de Israel.

El foco americano (que no las bases militares) llegaría a Oriente Medio durante el periodo de la Guerra Fría debido a las aspiraciones soviética de ampliar su área de influencia por la región: “Truman había expuesto claramente que EEUU intentaría frenar a la URSS en sus anhelos expansionistas hacia el Oriente Próximo y Asia. Pero esto era una política de reacción ante posibles movimientos soviéticos. Lo que Truman no había enunciado todavía era una política propia de iniciativas americanas” (Jarque Íñiguez, 1999). Debido a esta política establecida por Truman, durante la mayor parte del tiempo que el conflicto de la Guerra Fría estuvo activo no hubo ningún movimiento significativo de tropas en la región, pues solo habían planteado su presencia como forma de reacción al avance soviético. Tendríamos que esperar hasta la recta final de la Guerra Fría –finales de los años 70 e inicio de los años 80– para ver cómo los estadounidenses comenzaron a establecer sus propias fuerzas en la región (de nuevo, no sus propias bases). Sin embargo, la inexistencia de estas edificaciones no excluye la presencia de fuerzas armadas estadounidenses en la zona y es que, debido a las tensiones que había entre los Estados Unidos y la URSS en la época de la Guerra Fría, estos primeros decidirían utilizar las bases militares de otros Estados cercanos a la frontera de la Unión Soviética (como pudo ser la base aérea de Incirlik en Turquía, construida en los años 50 tras la 2a Guerra Mundial y donde hay estacionados más de 1500 militares americanos) para no presentarse como una amenaza directa.

Y la realidad es que así ha continuado hasta la actualidad: si bien Estados Unidos tiene bases propias repartidas por Oriente Medio, la mayoría de su presencia se da gracias a la instauración de las fuerzas armadas en bases conjuntas. El gran giro hacia Oriente se daría con la llegada del presidente demócrata Jimmy Carter a la Casa Blanca (1977-1981) y con la doctrina que lleva su mismo nombre: “la Doctrina Carter” en referencia a los países del Golfo Pérsico. Tal y como pronunció el presidente en el Discurso a la Nación de 19803: “cualquier intento de una fuerza externa para ganar control de la región del Golfo Pérsico será considerado como un ataque a los intereses vitales de los Estados Unidos; y un ataque como tal será repelido con cualquiera de los medios necesarios, incluyendo fuerza militar” y, si bien en ese momento estaba haciendo referencia al crudo de petróleo de los países de la zona (ante el posible avance de las tropas soviéticas tras la invasión de Afganistán), las palabras del presidente quedaron tan marcadas que supusieron la hoja de ruta para la política exterior que, de ese momento en adelante, los Estados Unidos de América seguirían.

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Elena Morgado Aybar

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