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LOS SISTEMAS ALIMENTARIOS AGROINDUSTRIALES: POR QUÉ LA SOSTENIBILIDAD FRACASA SIN RESPONSABILIDAD JURÍDICA

Los sistemas alimentarios agroindustriales se presentan cada vez más bajo el lenguaje de la sostenibilidad y la seguridad alimentaria. Sin embargo, este marco discursivo convive con un modelo de producción que continúa generando degradación ambiental, impactos en la salud y vulneraciones de derechos humanos a escala global. Este artículo sostiene que el principal límite de las actuales estrategias de sostenibilidad no reside en la falta de información o concienciación, sino en la ausencia de mecanismos jurídicos efectivos que vinculen el daño ambiental con responsabilidades exigibles-

Introducción

El discurso de la sostenibilidad, la seguridad y la eficiencia se utiliza cada vez más al hablar de nuestro sistema agroindustrial actual. Sin embargo, detrás de este discurso se encuentra un modelo de producción que continúa generando degradación ambiental, daños sociales e impactos en los derechos humanos a escala global. Si bien las normas regulatorias y los compromisos voluntarios buscan tranquilizar a los consumidores, a menudo no abordan las condiciones estructurales que permiten que el daño permanezca invisible y sin rendición de cuentas. Este artículo sostiene que la sostenibilidad en los sistemas alimentarios agroindustriales no puede lograrse sin responsabilidad jurídica exigible. Al examinar cómo el daño ambiental se desplaza, se oculta y se neutraliza jurídicamente, muestra que el problema central no es la falta de información, sino un sistema diseñado para beneficiarse del daño sin asumir responsabilidad.

La invisibilidad como estrategia política
El daño ambiental suele presentarse como un efecto secundario desafortunado de la actividad económica, algo lamentable pero inevitable en la búsqueda de la eficiencia y la seguridad alimentaria. Sin embargo, este enfoque oculta una realidad más incómoda, ya que la invisibilidad del daño ambiental no es accidental, sino producida estructuralmente. Los sistemas alimentarios agroindustriales modernos están diseñados de forma que ocultan sistemáticamente los costes socioambientales y humanos incorporados al consumo cotidiano.

En las economías contemporáneas, la distancia desempeña un papel central. La producción, el procesamiento, la distribución y el consumo están fragmentados geográficamente, lo que permite a los consumidores disfrutar de alimentos asequibles y abundantes mientras permanecen en gran medida desconectados de las condiciones bajo las cuales estos se producen. Esta separación no es meramente espacial, sino también política y epistémica. Lo que no se ve se ignora con mayor facilidad, y lo que se ignora rara vez genera presión para un cambio estructural.

Un caso paradigmático es la expansión del monocultivo de soja en el Cono Sur latinoamericano. Mientras Europa consume esta proteína para alimentar su ganado bajo estándares de ‘seguridad’, las poblaciones rurales de Argentina o Brasil enfrentan la exposición directa a fumigaciones de glifosato. El daño, que incluye enfermedades crónicas y pérdida de biodiversidad local, queda geográficamente confinado a la zona de producción, permitiendo que la cadena de suministro europea mantenga una apariencia de inocuidad.

La invisibilidad funciona, por tanto, como una estrategia política. Al desplazar el daño fuera del campo inmediato de percepción, lejos de supermercados, ciudades y centros de poder, el sistema agroindustrial neutraliza la indignación moral y debilita las demandas de rendición de cuentas. La degradación ambiental, la exposición a sustancias tóxicas y la explotación laboral se convierten en problemas abstractos en lugar de realidades vividas. Como resultado, la sostenibilidad se reduce a un concepto de gestión, despojado de sus implicaciones éticas y de derechos humanos.

Externalización y asimetría global
En Europa, el sistema alimentario agroindustrial suele presentarse como altamente regulado, basado en la ciencia y ambientalmente responsable. Las normas de seguridad alimentaria, los límites máximos de residuos, las estrategias de sostenibilidad y las certificaciones voluntarias contribuyen a una narrativa de control y responsabilidad. Sin embargo, esta narrativa oculta con frecuencia contradicciones más profundas.

El cumplimiento de los umbrales regulatorios no equivale a la ausencia de daño. Los pesticidas pueden situarse dentro de los límites legalmente permitidos y, aun así, contribuir a riesgos acumulativos a largo plazo para la salud y a la degradación de los ecosistemas, incluida la pérdida de biodiversidad. Además, la regulación tiende a evaluar las sustancias de manera individual, pasando por alto los efectos combinados y crónicos de la exposición a múltiples sustancias químicas. Lo legalmente aceptable no es necesariamente social ni éticamente aceptable.

La ilusión del consumo limpio se refuerza además mediante etiquetas de sostenibilidad y compromisos corporativos. Los productos se comercializan como ecológicos, neutros en carbono o de origen responsable, a menudo sin pruebas transparentes o verificables. Este tipo de greenwashing desplaza la atención de los problemas estructurales y traslada la carga del discernimiento a los consumidores. Al hacerlo, sostiene la apariencia de progreso mientras deja prácticamente intacto el modelo de producción subyacente.

La imagen verde de Europa depende así de una contabilidad selectiva del daño ambiental, que destaca las mejoras visibles mientras excluye las consecuencias globales y a largo plazo de las prácticas agroindustriales. En estas condiciones, la sostenibilidad se convierte en una cuestión de apariencia más que de transformación.

Responsabilidad sin rendición de cuentas
En el centro de la paradoja de la sostenibilidad agroindustrial se encuentra la brecha entre el reconocimiento del daño y la aplicación de consecuencias. Aunque el daño ambiental es ampliamente reconocido y la responsabilidad se discute con frecuencia en términos éticos o voluntarios, este reconocimiento rara vez conduce a consecuencias legales vinculantes para quienes obtienen beneficios económicos de dicho daño.

Las corporaciones agroindustriales operan a través de múltiples jurisdicciones, aprovechando la fragmentación regulatoria y los límites jurisdiccionales. Mientras que los daños ambientales y los impactos en los derechos humanos pueden producirse en un país, la toma de decisiones corporativas y la responsabilidad legal suelen situarse en otro. Este desajuste estructural permite que la responsabilidad se diluya y que la responsabilidad jurídica se eluda.

Los marcos jurídicos actuales tratan en gran medida el daño ambiental como una externalidad y no como una vulneración. La degradación de los ecosistemas, la contaminación de las fuentes de agua o la exposición de comunidades a sustancias peligrosas rara vez generan responsabilidades legales proporcionales al daño causado. Las sanciones, cuando existen, suelen ser insuficientes para disuadir prácticas perjudiciales y con frecuencia se asumen como costes operativos.

Sin responsabilidad jurídica exigible, la sostenibilidad sigue siendo voluntaria y condicional. Los compromisos corporativos pueden revisarse, retrasarse o abandonarse con consecuencias limitadas. En este contexto, el lenguaje de la sostenibilidad corre el riesgo de convertirse en un sustituto de la justicia, ofreciendo tranquilidad sin reparación.

Con la entrada en vigor de la Directiva (UE) 2024/1760, cuyo plazo de transposición finaliza en julio de 2026, la UE intenta cerrar esta brecha obligando a las empresas a rendir cuentas por los daños en sus cadenas de suministro globales. Esta Directiva representa un avance crucial, ya que busca exigir a las grandes corporaciones que identifiquen y mitiguen los impactos negativos en los derechos humanos y el medio ambiente en toda su cadena de valor. Sin embargo, su éxito real dependerá de que las sanciones no sean meramente administrativas, sino de que se garantice que las víctimas de terceros países tengan acceso a los tribunales europeos para exigir una reparación civil.

Por qué la información no es suficiente
En respuesta a estos desafíos, los debates políticos suelen enfatizar la transparencia y la concienciación del consumidor. Las etiquetas más claras y la elección informada se presentan como soluciones clave. Si bien la transparencia es sin duda importante, resulta insuficiente por sí sola.

Trasladar la carga del cambio a los consumidores presupone un nivel de libertad y capacidad de acción que no refleja la realidad. Las decisiones alimentarias están condicionadas por los ingresos, la disponibilidad, las limitaciones de tiempo y las normas culturales. Además, esperar que las personas naveguen por cadenas de suministro complejas y evalúen las implicaciones éticas de cada compra no es ni realista ni justo.

Más importante aún, la información no altera las estructuras de poder. Saber que un producto está asociado a daño ambiental no crea automáticamente alternativas ni impone obligaciones a los productores. Sin reformas estructurales y responsabilidad jurídica efectiva, la concienciación del consumidor corre el riesgo de convertirse en un mecanismo de desplazamiento moral, en el que la responsabilidad se individualiza mientras los factores sistémicos permanecen intactos.

La sostenibilidad no puede basarse únicamente en el consumo ético dentro de un sistema diseñado para externalizar el daño. Sin normas exigibles y responsabilidad jurídica clara, la información actúa más como paliativo que como solución.

Conclusión
El fracaso de la sostenibilidad en los sistemas alimentarios agroindustriales no es principalmente un fracaso de conocimiento o concienciación, sino un fracaso de arquitectura. El daño ambiental persiste no porque sea desconocido, sino porque se vuelve estructuralmente invisible, se desplaza geográficamente y carece de responsabilidad jurídica.

Mientras las prácticas agroindustriales puedan generar beneficios sin asumir el coste total de sus impactos sociales y ambientales, la sostenibilidad seguirá siendo frágil y desigual. Abordar esta situación requiere ir más allá de los compromisos voluntarios y de las soluciones centradas en el consumidor, hacia marcos vinculantes de responsabilidad y responsabilidad jurídica.

Reformular los sistemas alimentarios agroindustriales como una cuestión de derechos humanos aclara las limitaciones estructurales de los enfoques actuales de sostenibilidad. El acceso a alimentos seguros, a un medio ambiente saludable y a recursos efectivos frente al daño no son objetivos discrecionales, sino componentes reconocidos de los marcos de derechos fundamentales. En ausencia de mecanismos exigibles de rendición de cuentas, la sostenibilidad permanece en gran medida en el plano declarativo. La responsabilidad jurídica es, por tanto, una condición necesaria para alinear los objetivos de sostenibilidad con los marcos jurídicos y de derechos humanos existentes.

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Alejandra Martínez Otero-Saavedra

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