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«Magnífica Humanitas» como, bellísimo y sapiencial, recordatorio indeleble de aquello que se nos anhela extirpar. O de como, la modestia y elegancia de la pluma, frustró el afán de lo inerte de alcanzar la transverberación

León XIV irrumpe en la era algorítmica con una encíclica que devuelve al centro la dignidad humana, confronta el poder tecnológico con su límite moral y propone, desde Roma, una gramática extraordinariamente ambiciosa para custodiar a la persona en el tiempo de la inteligencia artificial.

-«Magnífica Humanitas» o la transverberación frustrada de la inteligencia artificial

Introducción:

El 25 de mayo de 2026, en el Aula del Sínodo, el Vaticano presentó oficialmente Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, firmada diez días antes, el 15 de mayo, en coincidencia deliberada con el 135.º aniversario de Rerum novarum. No se trató de una intervención tangencial sobre tecnología, sino de un gesto mayor de magisterio social: una actualización explícita de la Doctrina Social de la Iglesia ante la revolución digital, la inteligencia artificial, la concentración del poder técnico y la posible deshumanización del mundo contemporáneo. El expediente de verificación disponible confirma, además, que el acto fue concebido con una carga simbólica excepcional, con la presencia del propio Papa y un panel que reunió autoridades eclesiales y voces expertas vinculadas al ecosistema tecnológico.

La fuerza del texto reside en que no discute la IA como un accesorio técnico, sino como una “res nova” capaz de alterar el trabajo, la verdad pública, la libertad, la educación, la guerra, la economía y la imagen misma de lo humano. En sus primeras páginas, León XIV ordena el debate con una oposición que ya es, por sí sola, una de las metáforas políticas y espirituales más poderosas de este tiempo: Babel o Jerusalén; autosuficiencia uniformadora o reconstrucción compartida; dominio o comunión; torre o muralla; hegemonía técnica o ciudad humana. La encíclica insiste, además, en una afirmación decisiva: la tecnología, “concretamente, no es neutral”, porque toma el rostro de quien la diseña, la financia, la regula y la usa.

Leída de manera rigurosa, Magnifica Humanitas no anula ni sustituye marcos previos de gobernanza de la IA —como el AI Act europeo, la Recomendación de la UNESCO, los Principios de la OCDE o el Convenio Marco del Consejo de Europa—, pero sí irrumpe como una de las formulaciones morales más ambiciosas y antropológicamente densas del debate contemporáneo. Su aportación singular no está en redactar un código técnico más, sino en descender a un plano previo y casi olvidado: el de la decisión humana anterior al uso, la zona en la que todavía es posible preguntarse no solo qué puede hacerse con una máquina, sino qué debe o no debe pedírsele. Ésa es, en este artículo, la tesis de la “antesala del prompt”: no una cita del Papa, sino la mejor síntesis interpretativa de un documento que sitúa de nuevo el juicio moral en el lugar exacto donde empieza toda civilización.

Primeras reflexiones:

Roma no presentó ayer un documento sobre innovación. Presentó una respuesta civilizatoria. En una época que se ha acostumbrado a confundir potencia con sabiduría, escala con legitimidad y automatización con destino, León XIV compareció con la serenidad de quien sabe que la gran cuestión de la inteligencia artificial no es, en último término, técnica, sino humana; no es computacional, sino moral; no es sólo regulatoria, sino espiritual. El título de su primera encíclica, Magnifica Humanitas, contiene ya una toma de posición frontal: antes que el deslumbramiento por la máquina, la Iglesia quiere custodiar el rostro del hombre. Antes que la fascinación por la velocidad, quiere proteger el espesor de la persona. Antes que la promesa de una nueva torre, quiere recordar la posibilidad de una ciudad.

Que el texto haya sido firmado el 15 de mayo, exactamente en el 135.º aniversario de Rerum novarum, vuelve aún más diáfano el sentido del gesto. León XIV no escribe una nota sectorial sobre tecnología. Entra en la historia larga de la Doctrina Social de la Iglesia para decir que la nueva cuestión social de nuestra época se juega ahora en el dato, en el algoritmo, en la infraestructura digital, en las formas privadas del poder tecnocientífico y en la disputa por la definición misma de lo real. Por eso esta encíclica no se limita a pedir prudencia: exige criterio, límite, comunión y responsabilidad compartida. Y, sobre todo, devuelve al centro una pregunta que demasiados poderes daban ya por neutralizada: qué significa seguir siendo humanos.

Roma ante la nueva Babel: 

La crónica del 25 de mayo de 2026 no puede escribirse como el relato de una simple presentación editorial. El expediente de trabajo disponible, apoyado en fuentes oficiales vaticanas, sitúa el acto en el Aula del Sínodo, a las 11:30, con una disposición institucional y simbólica extraordinariamente elocuente: participación del Papa, intervención de Víctor Manuel Fernández, Michael Czerny, Anna Rowlands, Christopher Olah y Leocadie Lushombo, cierre de Pietro Parolin e irradiación pública mediante vídeo y fotografías oficiales del evento. Ya la sola composición del panel decía algo decisivo: la Iglesia no quiso hablar de inteligencia artificial de espaldas al mundo técnico, ni tampoco como un actor fascinado por su retórica. Quiso situar, en el mismo espacio, el lenguaje del magisterio, la doctrina social, la política internacional y la discusión tecnológica.

Ese diseño institucional importa. Importa porque la encíclica nace en un momento histórico en el que la IA se ha convertido en infraestructura, sistema de poder, catalizador geopolítico y promesa de reorganización general de la vida social. En ese contexto, el Vaticano podía haber optado por la prudencia mínima, por una exhortación cautelar, por una pieza de referencia moral genérica. Hizo exactamente lo contrario. Organizó una presentación a la altura de la tesis que quería sostener: que la IA es una de las grandes “res novae” de nuestro tiempo y que, como tal, exige volver a pensar el orden social entero. El propio texto lo dice sin rodeos cuando afirma que la IA debe entenderse “no como un apéndice temático” ni como una mera emergencia a gestionar, sino como una transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina Social de la Iglesia.

El 15 de mayo elegido para la firma del documento no fue una casualidad litúrgica ni un guiño erudito. Fue una filiación programática. En el párrafo 3, León XIV recuerda que en 1891 León XIII publicó Rerum novarum, cuyo 135.º aniversario se celebraba ese mismo año, y subraya que aquella encíclica abrió la reflexión sistemática sobre la sociedad, la economía y la política que hoy llamamos Doctrina Social de la Iglesia. El nuevo Papa se inscribe, por tanto, no solo en una sucesión de nombres, sino en una continuidad de responsabilidad histórica: si la industrialización obligó a la Iglesia a pensar la cuestión obrera, el capital y el trabajo, la revolución algorítmica obliga ahora a pensar el dato, la automatización, la vigilancia, la concentración del poder técnico y la custodia de la persona humana.

Esa continuidad no es mimética. León XIV no repite Rerum novarum; la relee desde la hora presente. Hay en ello una conciencia muy precisa del cambio de escala. En el párrafo 4, la encíclica advierte que la digitalización, la IA y la robótica están transformando rápida y profundamente el mundo y que nos hallamos ante una situación nueva en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes “se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana”, moldean procesos de decisión e inciden en el imaginario colectivo; a continuación, cita una frase que funciona casi como campana de alarma de todo el texto: “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma”. No es la retórica del sobresalto; es la descripción de un umbral.

La crónica del acto gana todavía mayor densidad cuando se la lee a la luz del discurso papal de presentación, tal como lo resume el dossier de verificación aportado. Allí León XIV explica que la encíclica había madurado escuchando a científicos, ingenieros, responsables políticos, padres y educadores, pero también prestando atención a voces que alertaban sobre armas autónomas y sobre algoritmos capaces de bloquear acceso a sanidad, empleo o seguridad. Esa escena de escucha previa —no un despacho cerrado, sino una convergencia entre teología, ciencias humanas y experiencia histórica— encaja con el texto mismo, que en sus primeros capítulos insiste en que la Iglesia no teme el diálogo con la filosofía, con las ciencias sociales y con los saberes humanos cuando está en juego la dignidad de la persona y el bien común.

Aquí conviene detenerse en una de las claves menos subrayadas y más importantes del documento: su estilo de autoridad. Magnifica Humanitas no comparece como un texto que aspire a sustituir al legislador, ni a ocupar el lugar del Estado, ni siquiera a ofrecer un modelo único y cerrado de política tecnológica. En los párrafos 21 y 24, León XIV es explícito: la Iglesia reconoce la autonomía de las realidades terrenas, distingue entre comunidad eclesial y comunidad política, no pretende asumir las funciones que corresponden al Estado y no se traduce en un repertorio de soluciones técnicas ni en un sistema económico o político alternativo. Su categoría propia es otra: la de los principios que orientan la lectura de los acontecimientos y sostienen una interpretación evangélica de los procesos históricos. Precisamente por eso su intervención no es menor, sino mayor. No compite con el Boletín Oficial. Se instala allí donde suele decidirse lo que después las leyes intentarán, con mayor o menor fortuna, administrar.

También por eso la escena de Roma tenía algo más que protocolario. Tenía forma de umbral. Un Papa nacido en Estados Unidos, con formación verificable en Matemáticas, estudios de Filosofía, licenciatura en Teología y especialización superior en Derecho Canónico, irrumpía en la esfera pública global con un lenguaje capaz de conversar con el derecho, con la economía política, con la técnica y con la teología sin diluirse en ninguno de esos registros. Esa biografía intelectual importa porque ayuda a entender el equilibrio del texto: ni tecnofobia ingenua ni tecnolatría; ni nostalgia agraria ni sumisión al presentismo digital; ni negación del progreso ni rendición a su propaganda. León XIV escribe como quien conoce la seducción del sistema y, al mismo tiempo, sus zonas ciegas.

En ese sentido, el título mismo de la encíclica ya orienta toda la lectura. Magnifica Humanitas no es un elogio sentimental del ser humano. Es un recordatorio de su rango. El párrafo 1 presenta la elección decisiva de nuestro tiempo con una formulación extraordinaria: “levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”. La inteligencia retórica del comienzo es enorme. Frente a la costumbre contemporánea de presentar la IA como simple herramienta o como ineluctable paso evolutivo, León XIV desplaza el debate a una escala bíblica, urbana y política. No opone tecnología y naturaleza. Opone dos formas de civilización: una fundada en la autosuficiencia, la homogeneización y la voluntad de poder; otra fundada en la convivencia, el límite, la trascendencia y la responsabilidad compartida.

La presentación vaticana fue, por tanto, algo más que la puesta de largo de un documento. Fue la teatralización sobria de esa alternativa. La fecha de Rerum novarum, el Aula del Sínodo, la intervención personal del Papa, la articulación entre cardenales, académicos y expertos, la disponibilidad de material audiovisual oficial: todo estaba orientado a transmitir la misma idea. La Iglesia no comparecía como comentarista externa de una innovación empresarial, sino como una institución bimilenaria que decide entrar en el corazón del mayor debate antropológico de la época. Y entra no para pedir permiso a la historia, sino para recordarle que aún existe una diferencia entre potencia y legitimidad, entre eficiencia y justicia, entre cálculo y verdad, entre sistema y persona.

En este punto emerge una pregunta crucial: ¿por qué este texto, precisamente ahora? La encíclica responde parcialmente en el párrafo 6, cuando formula las preguntas que recorren todo el documento: “¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?”. Son preguntas de orientación, no de mero ajuste regulatorio. Y eso explica la sensación de densidad histórica que dejó su presentación: Roma entiende que el problema no es ya si la IA será útil, sino quién decide su telos, con qué antropología y bajo qué estructuras de poder. Ésas son preguntas que una revista como Leaders Radar, definida en tu propio expediente de trabajo como una infraestructura editorial para la nueva diplomacia y el orden normativo, no puede leer como un asunto sectorial. Son preguntas de gobierno del mundo.

La presencia del Papa en la presentación, además, no debe leerse solo como deferencia hacia su primera encíclica. Fue un gesto de asunción personal de la tesis. El dosier de verificación señala que en su discurso de ese día León XIV habló de la necesidad de “desarmar” la inteligencia artificial. La expresión, discutida como imagen y no como técnica jurídica, condensa una intuición inequívoca: la IA ya no puede pensarse solo como herramienta de productividad, sino como dispositivo que puede anudarse a lógicas de exclusión, dominación y muerte. La palabra “desarmar” traslada a la cuestión digital algo del viejo vocabulario moral del desarme nuclear y del control de la fuerza: si una tecnología potencia asimetrías radicales, automatiza la violencia o se emancipa de criterios de justicia, debe ser sometida a juicio ético antes de convertirse en rutina.

Esa es la verdadera razón por la que la presentación de Magnifica Humanitas ha de leerse como un acontecimiento. No porque inaugure de la nada la discusión mundial sobre la IA, algo que sería inexacto, ni porque agote el debate, lo cual sería absurdo, sino porque recoloca el centro del debate. Tras años de fascinación con los modelos, con la escala, con la inversión y con la competencia entre potencias, León XIV devuelve el foco a lo único que puede justificar cualquier progreso: la dignidad humana, el bien común, la verdad, la paz y la responsabilidad hacia los más frágiles. Roma no habló del futuro como lo hace la industria. Habló del futuro como quien todavía cree que una civilización puede perderse si olvida qué es el hombre. Y solo desde ahí puede comprenderse el silencio grave que acompaña a los documentos que llegan para quedarse.

La gramática moral de Magnifica Humanitas:

El corazón literario, doctrinal y político de la encíclica está ya en su arquitectura inicial. Las cuatro subpuertas de la introducción —“Las res novae de nuestro tiempo”, “Dos imágenes bíblicas”, “Edificar en el bien” y “Permanecer siendo humanos”— producen un efecto notable: antes de entrar en el bosque técnico, el texto establece una gramática. No empieza con taxonomías, ni con promesas, ni con definiciones operativas. Empieza con un marco de discernimiento. Y eso es exactamente lo que vuelve a Magnifica Humanitas tan singular en el paisaje contemporáneo: se niega a que la inteligencia artificial sea discutida como si ya viniera dotada de sentido propio. La IA necesita una antropología anterior; necesita una pregunta por el bien; necesita una visión de la historia; necesita, en suma, un criterio.

El primer golpe de esa gramática es la oposición entre Babel y Jerusalén. En los párrafos 7 a 10, León XIV relee la Torre de Babel no como un simple episodio de soberbia religiosa, sino como la parábola permanente de una construcción humana fundada en la homogeneización, en la pretensión de autosuficiencia y en la voluntad de alcanzar el cielo sin bendición. El texto subraya que en Babel hay “una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección”, pero que esa aparente unidad es un engaño porque elimina la diversidad y rompe la comunión. Frente a ella, el Papa convoca la imagen de Nehemías, donde la ciudad renace no desde el mando de un solo actor, sino desde la responsabilidad compartida de familias, oficios, autoridades y pueblo. Esta es una de las operaciones intelectuales más finas de la encíclica: convertir la disputa actual sobre sistemas digitales en una disputa entre dos imaginarios urbanos y políticos.

La fuerza de la imagen aumenta cuando el Papa la actualiza explícitamente. En el párrafo 9, afirma que los descubrimientos científicos son un talento entregado a la humanidad y que la tecnología puede curar, conectar, educar y cuidar la casa común, pero también dividir, descartar y generar nuevas injusticias. A continuación llega la frase axial del documento: “En abstracto, esta, en sí misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. Pocas fórmulas, en el debate mundial sobre IA, poseen tanta potencia concentrada. El Papa no niega el valor de la técnica. Niega su neutralidad fáctica. Y al negarla, obliga a examinar los sujetos, los intereses, las estructuras de propiedad, las formas de regulación y los fines que se encarnan en cada tecnología.

Éste es, en sentido estricto, el núcleo más explosivo de la encíclica. Porque una vez que se acepta que la tecnología no es neutral, ya no basta hablar de innovación responsable en términos cosméticos. Hay que preguntar quién domina la infraestructura, quién acumula datos, quién fija los estándares, quién soporta los costes sociales, quién queda fuera, quién puede ser monitorizado, quién es transformado en variable de rendimiento. Y aquí el texto no se refugia en abstracciones genéricas. En el párrafo 5, León XIV observa que los principales motores del desarrollo son hoy “actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos”, y remata con una formulación de enorme peso político: el poder tecnológico adquiere así un rostro “predominantemente ‘privado’”, más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común. Esta frase introduce en el magisterio una crítica frontal a la estructura contemporánea del poder técnico sin necesidad de nombrar empresas concretas para que todo el mundo entienda de qué está hablando.

La belleza del texto, sin embargo, no reside solo en la contundencia de sus diagnósticos, sino en la mesura con la que administra cada palabra. León XIV no escribe un manifiesto de rechazo. En el párrafo 4, reconoce que la técnica es “un hecho profundamente humano”, que ha mejorado significativamente las condiciones de vida y que no debe considerarse en sí misma una fuerza antagónica respecto a la persona. En el párrafo 14, además, pide explícitamente: “No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles”. Es una frase importantísima, porque fija el método del documento. La encíclica no quiere sustituir la idolatría tecnológica por una fobia teatral. Quiere discernir. Y discernir, en su sentido más riguroso, significa no capitular ni ante el deslumbramiento ni ante el pánico. Significa someter la promesa al juicio del bien.

Ese equilibrio —ni ingenuidad ni histeria— es, paradójicamente, lo que vuelve tan atronadora la encíclica. El texto resiste la retórica fácil y, por eso mismo, cada una de sus frases graves cae con más fuerza. Cuando León XIV advierte en el párrafo 10 contra el “síndrome de Babel”, no está desplegando una ornamentación catequética. Está nombrando una patología política de la modernidad tardía: “la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos”. Aquí el texto alcanza una de sus cotas mayores. Porque la frase condensa, con una claridad casi quirúrgica, el problema radical de cierto imaginario contemporáneo: la aspiración de convertir todo lo real en información disponible, toda relación en cómputo, todo valor en optimización y toda singularidad en superficie legible por el sistema.

No es difícil comprender por qué semejante pasaje tiene una resonancia que desborda el ámbito eclesial. En un mundo en el que gran parte del discurso dominante sobre IA se apoya en el prestigio del rendimiento, de la personalización, de la predicción y de la escala, León XIV introduce un antídoto conceptual de enorme alcance: el misterio de la persona no puede agotarse en datos y rendimientos. Ésta no es una protesta romántica contra lo cuantificable. Es una defensa de la realidad de lo humano frente a la pretensión de que todo valor digno de reconocimiento sea reducible a señal procesable. De ahí deriva, de forma natural, la crítica a las narrativas transhumanistas y posthumanistas que el propio índice del libro anuncia en el capítulo tercero. La encíclica parece decir: una cultura que confunde plenitud con superación técnica de la fragilidad acaba por declarar defectuosa la condición humana.

Precisamente, la fragilidad ocupa un lugar decisivo en el texto. En el párrafo 12, León XIV pide “aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir”. En una época saturada de promesas de aumento, extensión, superación y mejora ilimitada, esta frase es profundamente contracultural. No porque glorifique la impotencia, sino porque desenmascara una tentación contemporánea: imaginar que la perfección humana consistiría en abolir toda dependencia, toda vulnerabilidad, todo espesor corporal, toda lentitud, toda necesidad del otro. La encíclica responde con una antropología mucho más rica: la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso en el que libertad, responsabilidad, cuidado recíproco, solidaridad y dignidad de cada uno permanecen entrelazados.

De ese punto arranca también la dimensión más social del documento. El capítulo cuarto, según el índice oficial, despliega la custodia de lo humano en la transformación abordando verdad, democracia, comunicación, ecología de la comunicación, educación, escuela, dignidad del trabajo, desempleo, economía, familia, jóvenes, dependencia y mercantilización. Aunque aquí conviene no atribuir frases que no estén delante, la propia secuencia temática revela que León XIV no concibe la IA como un debate técnico sectorial, sino como un factor que atraviesa el espacio público, el mercado laboral, la cultura, la subjetividad y las condiciones de esperanza de las nuevas generaciones. La inteligencia del índice es ya, en sí misma, una tesis: si la IA afecta a la verdad, al trabajo y a la libertad, entonces afecta a la estructura misma de la convivencia política.

En esa misma línea, uno de los pasajes más importantes de la introducción es el párrafo 13, cuando el Papa afirma: “A cada uno corresponde su tramo de muralla”. La frase, tomada del imaginario de Nehemías, funciona como una teoría de la responsabilidad distribuida. Frente a la ficción de que la gobernanza tecnológica será resuelta por un puñado de ingenieros, por una comisión de expertos o por la autorregulación del mercado, León XIV convoca a científicos, investigadores, empresarios, trabajadores, educadores, legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe. Es una de las mejores respuestas posibles al espejismo contemporáneo de la tecnocracia: la ciudad humana no se reconstruye desde una sola competencia ni desde un solo poder. Se reconstruye desde un pluralismo coordinado por el bien común.

Esa política de la corresponsabilidad está estrechamente unida a una política del lenguaje. En el párrafo 14, además de rechazar entusiasmos ingenuos y miedos estériles, León XIV pide evitar palabras que humillan o enfrentan y optar por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No es una observación secundaria. En la era de la inteligencia artificial, donde la palabra puede ser amplificada, automatizada, manipulada y convertida en arma industrial de influencia, la lucha por el lenguaje es una lucha por la realidad. De ahí que el índice posterior insista en la verdad como bien común, en la comunicación y el imaginario colectivo, y que el quinto capítulo concluya con un llamado a “desarmar las palabras” antes incluso de hablar de paz. La encíclica comprende que toda guerra algorítmica es también una guerra semántica.

Merece subrayarse igualmente la sobriedad con la que León XIV articula la relación entre Iglesia y verdad. En el párrafo 25, afirma que la Iglesia “no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad”, porque la verdad no es un territorio que haya que defender, sino un bien que hay que compartir. Esta frase desactiva de raíz la sospecha de que la encíclica quiera intervenir desde una forma de poder clerical o de posesión exclusiva del criterio. Al contrario: la Doctrina Social aparece como discernimiento comunitario, como un saber que dialoga con ciencias humanas, contextos históricos y experiencias concretas. Esto es importante para el tema de la IA, porque evita que el texto caiga en dos errores simétricos: el dogmatismo cerrado y el relativismo tecnocrático. León XIV no abdica del juicio moral, pero tampoco pretende que la complejidad histórica se resuelva con una consigna.

Donde esa actitud se vuelve especialmente fértil es en la relación con las ciencias. En los párrafos 23 y 24, la encíclica celebra la ayuda de la filosofía, de las ciencias humanas y sociales, y recuerda que la Doctrina Social no pretende ofrecer soluciones técnicas, sino principios para leer los acontecimientos y sostener una interpretación evangélica de los procesos históricos. Es una precisión capital. En el debate sobre IA, gran parte de la conversación pública oscila entre el solucionismo ingenieril y la denuncia moral genérica. León XIV intenta otra cosa: ofrecer un marco de inteligibilidad en el que las ciencias sigan siendo necesarias, pero en el que ninguna técnica pueda ya comparecer sin responder a preguntas sobre dignidad, justicia, libertad, trabajo, verdad y paz.

Si se observa la progresión del índice, esta ambición se vuelve aún más visible. El capítulo tercero se titula “Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA”; dentro de él aparecen epígrafes como “El paradigma tecnocrático y el poder digital”, “Responsabilidad, transparencia y gobernanza de la IA”, “Lo que no podemos perder”, “Narrativas de fondo: transhumanismo y posthumanismo”, “El límite, el corazón, la grandeza del ser humano” y “Dos ciudades y dos amores”. Nada en esa secuencia suena a documento coyuntural redactado para seguir una moda informativa. La encíclica va al nervio: técnica y dominio, promesa y límite, poder digital y grandeza de la persona, dos ciudades y dos amores. En otras palabras: no sólo regula objetos; interpreta civilizaciones.

Más adelante, el capítulo quinto nombra con una crudeza nada habitual lo que está en juego: “La cultura del poder y la civilización del amor”, “La normalización de la guerra”, “La fuerza sin límites”, “Armas e IA”, “La crisis del multilateralismo”, “Un supuesto realismo político”, “Construir la paz en la justicia”, “La necesidad de la diplomacia y el multilateralismo”. El índice ya basta para desmontar cualquier lectura estrecha del documento. León XIV no contempla la IA únicamente como disrupción económica o educativa. La contempla también como posible acelerador de guerra, como factor de erosión del multilateralismo y como prueba decisiva de la salud moral del orden internacional. Es difícil exagerar la importancia de que la primera encíclica de un pontificado coloque estos asuntos, desde el inicio, en el centro de su horizonte.

Aquí conviene regresar a la expresión que cierra la introducción y que, quizá, resume como ninguna otra la altura moral del texto: en el párrafo 15, León XIV habla del “deber urgente de permanecer profundamente humanos” en una era en la que la dignidad corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización; y añade una sentencia que debería quedar inscrita en toda conversación seria sobre IA: “ninguna máquina podrá jamás sustituir” en su esplendor esa magnífica humanidad que se nos ha dado. La frase tiene la belleza de lo evidente redescubierto. No rechaza la cooperación con la máquina. Rechaza la sustitución del hombre como criterio de lo valioso. Es una diferencia decisiva.

El párrafo 16 redobla la llamada con una imagen casi testamentaria: el Papa pide a todos “que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien”. La síntesis no podría ser más clara. La cuestión no es abolir la técnica. La cuestión es interrumpir una forma de civilización que absolutiza el poder, sacrifica a los débiles y convierte la convivencia en un derivado de la arquitectura sistémica, para pasar a otra donde el ser humano permanezca en el centro de la decisión. Ahí reside la belleza atronadora del documento: en que no entrega a los lectores un catálogo de temores, sino una tarea. No produce parálisis; convoca responsabilidad. No adula al presente; lo juzga. No ofrece una nostalgia reaccionaria; propone una reconstrucción.

Si lo anterior posee fuerza doctrinal, también posee fuerza estilística. Magnifica Humanitas escribirá, con toda probabilidad, una de las frases maestras del debate global sobre tecnología: “concretamente, no es neutral”. La importancia filosófica y política de esa expresión es difícil de sobrestimar. Durante años, buena parte del discurso tecnoliberal se refugió en la idea de que las herramientas son neutras y sólo sus usos serían buenos o malos. León XIV responde desde una ontología histórica mucho más incisiva: la tecnología concreta encarna fines, diseños, visiones del mundo, relaciones de poder, distribuciones del beneficio y del daño. Por eso, discutir sobre IA exige discutir sobre economía política, cultura, derecho, antropología y hasta teología pública. Esta es la verdadera razón por la que la encíclica puede leerse como un texto grande: porque sabe que una máquina nunca es solo una máquina cuando empieza a modelar la forma de lo humano.

La Iglesia como faro y el orden normativo de la inteligencia artificial

Leer Magnifica Humanitas como una intervención mayor exige no incurrir en dos errores. El primero sería presentarla como si viniera a sustituir el derecho positivo internacional y regional existente; el segundo, relegarla a simple acompañamiento espiritual sin relevancia normativa. Ambos errores deben evitarse. El propio expediente de verificación aportado recuerda que, antes de esta encíclica, ya existían al menos tres grandes marcos internacionales relevantes: la Recomendación de la UNESCO sobre la ética de la inteligencia artificial, aplicable a los 194 Estados miembros; los Principios de IA de la OCDE, adoptados en 2019 y actualizados en 2024; y el Convenio Marco del Consejo de Europa sobre IA, derechos humanos, democracia y Estado de Derecho, presentado como el primer tratado jurídicamente vinculante en la materia. Por tanto, sería incorrecto afirmar que la encíclica funda desde cero la ética internacional de la IA. Lo que sí puede sostenerse, con plena legitimidad, es que irrumpe como una de sus formulaciones más ambiciosas, integrales y antropológicamente densas.

Esa precisión, lejos de debilitar el argumento, lo fortalece. Porque la singularidad de Magnifica Humanitas no está en competir con leyes y tratados en su mismo plano, sino en actuar en otro. El AI Act de la Unión Europea, según resume el dosier de trabajo a partir de EUR-Lex, se presenta como un reglamento orientado a promover una IA centrada en el ser humano y fiable, y a proteger salud, seguridad, derechos fundamentales, democracia, Estado de Derecho y medio ambiente. En otras palabras: la propia ley europea sabe que la cuestión no es puramente industrial. Sin embargo, como también recuerda el dosier, su artículo 2.10 deja fuera de sus obligaciones a responsables del despliegue que sean personas físicas en una actividad puramente personal de carácter no profesional. Ahí aparece una grieta moral de enorme interés. No porque el Reglamento carezca de sentido —lo tiene, y mucho—, sino porque la vida moral desborda siempre las fronteras de la técnica regulable.

La mejor manera de formular el contraste es esta: el AI Act se mueve en el terreno de los sistemas, los actores, los riesgos y las obligaciones; Magnifica Humanitas desciende a la esfera de las finalidades, las conciencias, el juicio moral y el diseño civilizatorio. No reemplaza al Reglamento; lo desborda por elevación. El artículo 2.10 puede ser jurídicamente comprensible, incluso práctico, pero deja éticamente intocado un continente inmenso de actos cotidianos: usos personales de la IA que pueden degradar vínculos, erosionar reputaciones, banalizar la mentira, automatizar humillaciones, intensificar dependencias o entrenar una imaginación moral centrada en la instrumentalización del otro. Allí donde el derecho no entra —o entra solo a posteriori—, la encíclica insiste en que la decisión sigue siendo decisión moral. Y eso es, precisamente, lo que aquí propongo llamar la antesala del prompt.

La expresión merece una explicación cuidadosa. Antesala del prompt no es una fórmula de León XIV. Es una síntesis interpretativa. Nace, sin embargo, de tres apoyos textuales muy sólidos que el propio dosier de verificación subraya: la tecnología “concretamente, no es neutral”; el “código ético” con el que opera la IA debe poder discutirse y someterse a criterios de justicia compartida; y cada decisión técnica o económica es un lugar de discernimiento espiritual. Traducido al lenguaje de nuestro tiempo, el punto es transparente: el gran problema moral de la IA no empieza cuando la máquina responde. Empieza cuando el hombre decide qué quiere pedir, con qué intención, con qué representación del otro, con qué umbral de admisibilidad, con qué disposición a mentir, explotar, vigilar, suplantar o degradar. No basta con preguntarse si un sistema puede hacer algo. Hay que preguntarse si debe pedírsele que lo haga.

En este terreno, la encíclica alcanza un nivel de radicalidad que pocas políticas públicas pueden alcanzar por sí mismas. No porque las desprecie, sino porque su ámbito es otro. El derecho positivo administra conductas, crea obligaciones, tipifica riesgos, asigna responsabilidades. La encíclica, en cambio, interroga el telos, el deseo, la conciencia y la estructura moral de la decisión. Por eso su comparación más fértil con el AI Act no es la de dos sistemas normativos que compiten, sino la de dos niveles de gobierno del mundo. Uno regula lo externamente exigible; otro recuerda lo interiormente debido. Uno pregunta si la arquitectura es conforme; otro pregunta si el propósito custodia lo humano. Uno puede prohibir ciertos usos; el otro exige que incluso en la esfera permitida se examine si lo técnicamente posible es humanamente admisible.

Desde esta perspectiva se entiende mejor por qué la encíclica puede ser leída como marco supranormativo moral sin que eso implique falsa inflación jurídica. Su autoridad no es coercitiva en el sentido estatal o regulatorio. Es otra cosa: una autoridad de conciencia, de tradición, de densidad antropológica y de visión histórica. Dicha desde la autocomprensión católica, procede del ministerio petrino y del magisterio social; dicha en lenguaje secular, comparece como una de las grandes intervenciones filosófico-políticas de nuestro tiempo sobre la relación entre técnica y condición humana. Y ahí es donde la Iglesia reaparece, una vez más, como faro. No porque posea todas las soluciones técnicas, sino porque insiste en sostener aquellas preguntas que una civilización suele perder precisamente cuando más orgullosa se siente de su potencia.

La encíclica misma ofrece la justificación interna de esa presencia. En los párrafos 19 a 22, León XIV afirma que la Iglesia no puede considerarse ajena a las dinámicas que configuran el rostro de la sociedad, que participa en los caminos por los que ésta crece y se organiza, y que debe escuchar, discernir e interpretar las voces de nuestro tiempo a la luz de la Palabra de Dios. Pero añade inmediatamente algo igual de importante: no pretende asumir las funciones que competen al Estado y actúa “no para dominar, sino para servir a la comunión”. Esta doble precisión es esencial. Permite defender la autoridad pública de la Iglesia sin clericalismo político y permite reivindicar la importancia del documento sin fingir que ha derogado por elevación al legislador civil.

Cuando el Papa denuncia que el poder tecnológico tiene hoy un rostro “predominantemente privado”, la encíclica abre además una vía de crítica muy seria al actual ecosistema de poder transnacional. No hace falta convertir “Silicon Valley” en un villano de caricatura para entender la diana del texto. El problema no es una geografía ni una antropología del mal. Es una estructura histórica: concentración de capital, datos, capacidad computacional, talento, infraestructura, influencia cultural y poder normativo informal en un ecosistema privado que a menudo opera a escala superior a la de muchos Estados. Esa crítica, leída con seriedad, no debe traducirse en difamación ni en anatemas simplistas. Debe traducirse en una pregunta política de primer orden: ¿puede una civilización conservar el bien común cuando una porción creciente de sus infraestructuras cognitivas, comunicativas y decisionales depende de actores privados con incentivos y asimetrías tan desmesurados? La encíclica fuerza esa pregunta sin necesidad de estridencias.

En este punto, la lectura prudente de Hannah Arendt resulta iluminadora, aunque convenga formularla como analogía interpretativa y no como equivalencia histórica. Lo que Magnifica Humanitas permite pensar mediante categorías arendtianas no es una identidad entre el totalitarismo del siglo XX y la empresa tecnológica contemporánea, algo que sería intelectualmente insostenible, sino el riesgo de que la persona llegue a ser tratada como material administrable, aislable, predecible, intercambiable o superfluo. Cuando el texto denuncia la tentación de traducir el misterio de la persona en datos y rendimientos y cuando alerta contra la mercantilización, la dependencia y el poder digital, está señalando algo que Arendt ayudó a nombrar desde otro tiempo: el deterioro de un mundo común en el que el hombre siga apareciendo como alguien y no meramente como algo gestionable. Esta lectura no está en el texto como cita; está en su potencia interpretativa.

Algo parecido sucede con la analogía nuclear. Sería banal equiparar sin más la bomba atómica y la inteligencia artificial. Pero también sería irresponsable no advertir el parentesco estructural entre ambas como desafíos de escala civilizatoria: concentración extrema de poder, capacidad de alterar órdenes estratégicos, asimetrías entre dominio técnico y control moral, dificultad de gobernanza global, y posibilidad de que el cálculo supere a la prudencia. El expediente de verificación del acto recuerda que León XIV vinculó su presentación a la necesidad de “desarmar” la IA. Esa formulación permite una analogía matizada: la IA no se identifica con la bomba, pero sí obliga a resucitar algo del viejo lenguaje del control de la fuerza, del límite y de la responsabilidad ante tecnologías capaces de reconfigurar drásticamente la vulnerabilidad humana y la estabilidad internacional.

Conviene notar que esta gravedad geopolítica no expulsa la esperanza del texto. Todo lo contrario. La encíclica no concluye en un fatalismo de asedio. En el párrafo 16, la orden de detener la enésima Babel está acompañada por el llamado a “unir fuerzas para edificar en el bien”. En los capítulos finales, según el índice, el horizonte es la civilización del amor, la paz en la justicia, el diálogo, la diplomacia y el multilateralismo. Aquí reside otra de las singularidades de León XIV: no opone moral y realismo político, pero tampoco acepta el supuesto realismo que se resigna a la normalización de la guerra, a la fuerza sin límites o al cinismo tecnológico. Su propuesta es más exigente: un realismo sano, es decir, un realismo que no abdique del juicio moral ni acepte como “normal” la degradación sistemática de la persona.

Por eso la reivindicación de la Iglesia como faro no debe formularse de manera triunfalista, sino con una seriedad histórica más profunda. La Iglesia aparece aquí como faro no porque sea impecable en todos sus despliegues históricos, ni porque monopolice la verdad temporal, ni porque deba reemplazar a las instituciones civiles, sino porque custodia una pregunta que ninguna aceleración tecnológica ha conseguido abolir: qué hace verdaderamente humano al ser humano y qué límites no deben cruzarse aunque se pueda. En la introducción, León XIV dice que el verdadero progreso nace de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar y de una voluntad que busca más lo que une que lo que separa. Esta es la tesis más difícil y, quizá, la más revolucionaria de todas: el progreso no puede definirse sólo por la expansión de la capacidad, sino por la calidad moral de su orientación.

Si la modernidad tardía ha confiado durante demasiados años en que la innovación corregiría por sí sola las heridas del mundo, Magnifica Humanitas responde con una claridad poco habitual: la técnica sin bien no se autocorrige; la técnica sin verdad no se autorregula moralmente; la técnica sin orientación puede convertirse en un multiplicador de dominio; y la técnica sin dignidad puede perfeccionar la deshumanización. Por eso el gran mérito de esta encíclica no está en su tono solemne, sino en su valentía intelectual. Ha entendido que la discusión sobre IA ya no es, en el fondo, una discusión sólo sobre dispositivos y modelos, sino sobre soberanía antropológica: sobre quién decide lo que el hombre puede llegar a ser, qué pérdidas se consideran aceptables y qué se entregará como precio del rendimiento. Ésa es la razón por la que este documento no quedará encerrado en las bibliotecas religiosas. Habla directamente a la arquitectura moral del siglo.

Lo verdaderamente extraordinario de Magnífica Humanitas es que ha tenido la audacia de recordar algo que la época consideraba resuelto: que no toda potencia merece obediencia, que no toda innovación merece celebración y que ninguna máquina, por admirable que sea, puede convertirse en criterio último de lo humano. León XIV no ha querido clausurar el futuro; ha querido impedir que el futuro se clausure sobre nosotros como una estructura sin alma. Ha devuelto al centro el derecho de la persona a no ser reducida a cálculo, la dignidad del trabajo a no ser tratada como residuo, la verdad pública a no ser triturada por la optimización del ruido y la paz a no ser sacrificada en el altar de la fuerza disponible.  

Por eso esta encíclica importa más allá del mundo católico. Importa porque llega cuando la humanidad empieza a delegar en sistemas técnicos partes crecientes de su memoria, de su juicio, de su lenguaje, de su imaginación y hasta de su violencia. Importa porque se atreve a decir que el dilema no es máquina sí o máquina no, sino Babel o Jerusalén: dominio o comunión, homogeneización o pluralidad, rendimiento o dignidad, autosuficiencia o límite. Importa porque baja a la zona anterior a toda interfaz y a todo reglamento, a ese instante secreto en el que un ser humano aún puede decidir si quiere usar el poder para custodiar o para instrumentalizar. Si algo deja tras de sí Magnifica Humanitas, no es solo un texto brillante, sino una consigna para el siglo:

Antes de preguntar a la máquina qué puede hacer, el hombre debe volver a preguntarse quién quiere ser. 

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Pablo Sáez Hurtado

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