Mientras países del Sahel como Malí, Burkina Faso o Níger sufren una creciente inestabilidad por la expansión de grupos yihadistas, entre ellos organizaciones afiliadas a Al Qaeda y al autodenominado Estado Islámico, Marruecos ha optado por una estrategia más preventiva e integral contra el terrorismo.
Por un lado, el país ha reforzado notablemente sus capacidades de seguridad e inteligencia. Sus servicios, en particular la Dirección General de Vigilancia del Territorio (DGST), mantienen una cooperación estrecha con agencias europeas y africanas, incluyendo socios clave como España y Francia. Este intercambio constante de información ha permitido desarticular células yihadistas tanto dentro de Marruecos como en otros países, consolidando su reputación como un actor fiable en materia de seguridad regional e internacional.
Por otro lado, Marruecos ha apostado por una estrategia menos visible pero igualmente relevante: la prevención de la radicalización a través del ámbito religioso. Este enfoque ha permitido contener en gran medida la amenaza en su territorio y consolidar su papel como socio clave en la seguridad regional.
Este enfoque integral, que combina seguridad, cooperación internacional y acción religiosa, ha permitido a Marruecos mantener un nivel relativamente bajo de actividad terrorista en su territorio en comparación con otras regiones cercanas, al tiempo que refuerza su papel como socio estratégico en la lucha contra el yihadismo en el norte de África y el Sahel.
Al mismo tiempo, la relación entre Marruecos y la Unión Europea se ha intensificado, especialmente en lo económico y migratorio. La UE es su principal socio comercial e inversor, mientras que Marruecos actúa como plataforma estratégica entre Europa y África. En materia migratoria, el país funciona tanto como zona de tránsito como de destino, lo que ha llevado a reforzar el control de fronteras en coordinación con socios europeos, especialmente España.
Este fortalecimiento de la cooperación se ha traducido en acuerdos bilaterales y programas de financiación destinados tanto a mejorar la gestión de los flujos migratorios como a impulsar el desarrollo económico y la estabilidad regional. Asimismo, Marruecos ha incrementado su papel como aliado clave en la externalización de las políticas migratorias europeas, asumiendo funciones de vigilancia y contención que anteriormente recaían principalmente en los países de la UE. Sin embargo, esta colaboración también ha generado críticas por parte de organizaciones internacionales, que señalan posibles vulneraciones de derechos humanos y cuestionan la sostenibilidad de un modelo centrado en el endurecimiento del control migratorio en lugar de abordar sus causas estructurales.
Pese a tensiones puntuales, predomina el interés mutuo: Europa busca estabilidad en su frontera sur y Marruecos refuerza su papel como aliado estratégico. En conjunto, el país se consolida como un puente clave entre África y Europa, y todo indica que su papel seguirá siendo cada vez más relevante.




