Marruecos lleva años proyectando una imagen de potencia regional: organiza grandes eventos internacionales, impulsa su candidatura para el Mundial de 2030, firma acuerdos estratégicos con Estados Unidos e Israel y desarrolla una intensa labor de diplomacia pública para consolidar su influencia.
Pero un Estado no se mide por la calidad de sus campañas de imagen. Se mide por cómo protege a sus ciudadanos.
Un movimiento de más de 60.000 personas hacia Ceuta no surge de la nada. Si el Gobierno marroquí tenía capacidad para impedirlo, la pregunta es por qué no lo hizo… Mientras Rabat proyecta una imagen de fortaleza internacional, miles de marroquíes siguen arriesgando su vida, una contradicción que merece ser analizada y cuestionada.
Tras la invasión a Ceuta, con decenas de fallecidos, miles de personas cruzando la frontera y numerosos menores marroquíes separados de sus familias, la pregunta es inevitable: ¿dónde ha estado Rabat? ¿Qué dispositivos ha activado para localizar a los desaparecidos? ¿Cómo está asistiendo a las familias? ¿Qué papel han desempeñado sus embajadas y consulados para proteger a sus nacionales? La crisis ha dejado decenas de muertos y miles de cruces desde Marruecos hacia Ceuta, con numerosos menores implicados.
Es difícil hablar de fortaleza internacional cuando miles de jóvenes consideran que su única esperanza es lanzarse al mar o cruzar una frontera poniendo en riesgo su vida. Es difícil hablar de liderazgo cuando decenas de familias buscan a sus hijos entre hospitales, morgues y listas de desaparecidos.
La influencia diplomática no puede sustituir a la responsabilidad de un Estado con su propia población. Ninguna campaña internacional, ningún acuerdo estratégico y ninguna fotografía con líderes extranjeros puede ocultar una realidad incómoda: un país también se juzga por la seguridad, la dignidad y las oportunidades que ofrece a sus propios ciudadanos.




