Ante cada crisis institucional, la respuesta suele ser la misma: crear nuevas reglas. Más leyes, más procedimientos y más controles se presentan como sinónimo de mejor gobernanza. Sin embargo, esta reacción automática ignora una realidad realmente incómoda: el exceso de reglas no solo no soluciona los problemas, sino que a menudo los agrava.
La expansión de las normas suele partir de una idea errónea: que los problemas de gobernanza existen por ausencia de reglas, cuando en realidad muchos sistemas ya están sobrerregulados. En estos contextos, el problema no es la falta de normas, sino su exceso, complejidad o mala aplicación.
El verdadero desafío no solo está en cuánto regular, sino en cómo regular. La cuestión no es gobernar con más normas, sino con mejores normas. Gobiernos, empresas, sociedad civil y academia deben compartir la responsabilidad, en lugar de delegarla exclusivamente al legislador. Asimismo, simplificar, revisar y eliminar regulaciones innecesarias puede ser tan importante como legislar.
En este sentido, más reglas solo serán sinónimo de mejor gobernanza si van acompañadas de transparencia, rendición de cuentas y capacidad de adaptación. De lo contrario, corremos el riesgo de crear marcos normativos que aporten control en el papel, pero poca protección en la práctica.
Más regulación también refleja una desconfianza estructural hacia los actores públicos y privados. La buena gobernanza requiere un equilibrio entre reglas claras, autonomía responsable, rendición de cuentas y una cultura institucional sólida.
Por ejemplo, en el caso de la IA, la cuestión no es si necesitamos más normativa para regular, sino si somos capaces de diseñar reglas inteligentes para una tecnología que cambia más rápido que nuestras instituciones.
En contextos de hiperregulación, los encargados de aplicar la norma disponen de un amplio margen para decidir qué regla aplicar, cuándo hacerlo y a quién. Esta capacidad de selección introduce arbitrariedad y debilita el principio de igualdad ante la ley. La gobernanza efectiva no depende del número de reglas, sino de su calidad y aplicabilidad. Normas claras, simples y coherentes suelen generar mejores resultados que marcos regulatorios extensos pero inoperantes. Además, crear reglas sin capacidad real de implementación produce leyes que existen solo en el papel.
En definitiva, en gobernanza, como en tantos otros ámbitos, menos puede ser más.




