En los últimos meses, el debate sobre el aumento del gasto en defensa ha vuelto al centro de la conversación política en Europa. Se habla cada vez menos de cooperación y cada vez más de rearme. No porque hayan desparecido las crisis humanitarias, el hambre o la desigualdad. Sino porque, al parecer, los tanques generan más consenso político que las escuelas.
La escena ya nos la conocemos de nuestros libros de historia: contexto internacional inestable, amenazas reales y tensiones geopolíticas crecientes. Los gobiernos anuncian aumentos históricos en defensa. Se habla de disuasión, de autonomía estratégica y de preparación. Y casi en la misma semana —qué casualidad— se ajustan, se reorientan o se optimizan partidas de ayuda al desarrollo.
Lo cierto es que mientras los presupuestos militares baten récords, la cooperación pierde centralidad política. Y no porque haya dejado de ser necesaria, sino porque ha dejado de ser urgente en el debate político.
Durante años hemos hablado de seguridad humana. Quizá porque sonaba moderno, integral y hasta visionario. Seguridad es tener acceso a agua, a salud, a educación. Seguridad es no verse obligado a migrar por hambre o violencia. Seguridad es vivir en un entorno mínimamente estable. Pero en tiempos de incertidumbre política, parece que la definición se ha simplificado, y la palabra seguridad vuelve a significar fronteras, ejércitos y capacidad de respuesta.
Y sí, las amenazas existen. Pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿cuántos conflictos se previenen con más inversión en desarrollo y cuántos se gestionan con más inversión en armamento?
Reducir la cooperación no elimina los problemas estructurales, solo los desplaza en el tiempo. La falta de inversión en educación, en fortalecimiento institucional o en resiliencia comunitaria no desaparece; se transforma en inestabilidad futura. Y la inestabilidad, como ya sabemos, acaba volviendo a la agenda… aunque esta vez sea bajo la etiqueta de crisis de seguridad.
Llegados a este punto, la paradoja resulta evidente. Se están recortando herramientas que abordan las causas profundas de la fragilidad mientras se refuerzan las que gestionan sus consecuencias. Es una apuesta legítima, desde luego. Pero no es neutra.
El debate no debería ser rearme o desarrollo. La cuestión es qué tipo de seguridad queremos financiar. Una que actúe cuando el conflicto ya es inevitable o una que reduzca las condiciones que lo hacen probable.
Mientras el mundo se rearma con una rapidez admirable, la cooperación observa desde un segundo plano. Quizá el verdadero síntoma del momento no sea cuánto invertimos —o deberíamos invertir— en armas, sino lo poco que discutimos sobre lo que dejamos de invertir en prevención.
En un siglo que presume de aprendizaje histórico, parece que seguimos confiando más en la reacción que en la anticipación.
Y eso, curiosamente, nunca nos ha salido barato.




