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¿Pueden los conflictos en Mali generar una tensión geopolítica global?

Desde el 25 de abril de 2026, el conflicto en Mali se ha intensificado tras una ofensiva coordinada de grupos tuareg y yihadistas contra la junta militar, debilitando al régimen tras la muerte del general Sadio Camara. En respuesta, la junta ha incrementado los bombardeos con apoyo ruso, mientras Moscú mantiene su influencia a través del control indirecto del oro y China refuerza su presencia vinculada al litio. Los insurgentes consolidan posiciones en el norte y presionan las rutas hacia el centro, aumentando el riesgo de fragmentación del país y de expansión del conflicto hacia Estados vecinos como Burkina Faso y Níger. En este contexto, no se descartan flujos migratorios masivos hacia Europa.

A finales del mes pasado, Mali ha entrado en una situación de máxima tensión interna tras la ofensiva de dos grupos no tradicionalmente aliados entre ellos: los tuareg (FLA) y Al-Qaeda (JNIM). Este ataque conjunto contra el aparato estatal, precisamente contra la junta militar liderada por el general Assimi Goïta, pone en peligro la estabilidad y la supervivencia de la estructura estatal actual. Esto comporta una movilización desde Bamako hasta Moscú!

Hay una reacción militar de la junta con bombardeos en Kidal y Gao, ciudades del norte ocupadas por los insurgentes, apoyada por drones y helicópteros rusos para intentar recuperar territorio perdido desde el 25 de abril. Las fuerzas militares rusas, el “Africa Corps”, han enviado refuerzos para liderar la operación militar para tratar de afianzar su presencia en la región y la reputación protectora antioccidental que han consolidado durante estos últimos años de cara a la población civil.

La muerte del general Sadio Camara a manos de los rebeldes del régimen, ha generado un vacío de liderazgo, ya que Camara era la figura clave en la relación entre la junta militar y Rusia. Rusia, por su parte, no solo tiene intereses a nivel reputacional, sino que también busca preservar su participación en las áreas mineras del país.

La precisión y la rapidez de los ataques por parte de los tuareg y Al-Qaeda han alimentado sospechas de infiltración y traición al régimen desde la propia estructura de la junta militar. Esto no solo debilita la cohesión del estado, sino también las relaciones con Rusia y la capacidad de reacción en un momento de dificultad e incertidumbre como este.

Esta convergencia entre los tuareg y Al-Qaeda, tradicionalmente enemigos entre sí (los tuareg buscan la independencia o una autonomía total de la región de Azawad, en el norte de Mali, su lucha es nacionalista y política, no religiosa. Los yihadistas buscan instaurar un califato bajo una interpretación extrema de la sharia en todo el Sahel y no creen en las fronteras nacionales ni en la independencia de Azawad), responde al objetivo común de expulsar a la junta militar y a los rusos. En el caso de una victoria militar de ambos aliados, difícilmente se verá un escenario estable con una visión de estado común. Esto comportará más conflictos e inestabilidad en toda la región, desestabilizando países limítrofes como Burkina Faso y Níger, que al formar parte de la Alianza de Estados del Sahel (AES) junto a Mali, perderían su muro de contención si el ejército maliense colapsa. Los grupos yihadistas ganarían un importante espacio geográfico desde el cual lanzar ataques, también hacia los países del Golfo de Guinea. El resultado podría ser abrumador en todo el Sahel, con migraciones masivas hacia el norte y en consecuencia, hacia Europa.

En paralelo al conflicto militar, se desarrolla el riesgo asociado al control de los recursos naturales, como las minas de oro. El oro es el principal activo del país y se ha convertido en el pilar financiero y el principal atractivo para recibir apoyo directo por parte de Rusia. Sin oro, la resistencia militar del régimen de Goïta tendría los días contados, ya que permite sostener no solo el esfuerzo bélico, sino también mitigar el impacto de las sanciones internacionales. También hay que añadir otro recurso fundamental para la supervivencia del Estado maliense: el litio. Su explotación involucra a otros actores internacionales como China, y la posible expansión del conflicto podría afectar inversiones globales claves y generar un escenario geopolítico aún más complejo.

Otro posible escenario, en caso de un fracaso bélico por parte de la junta militar y de Rusia, sería un estado fragmentado y fallido. Ante la imposibilidad de garantizar la protección a escala nacional, el régimen podría priorizar sus intereses y concentrar las fuerzas militares en la defensa de enclaves críticos e importantes, como las zonas mineras del suroeste, abandonando amplias regiones del norte a conflictos entre facciones que lucharían por consolidar su propio poder y presencia.

Este último escenario, trágico para el país, comportaría un aumento de la inflación y un empeoramiento de las condiciones de vida en la capital, dado el desvío de recursos hacia el esfuerzo bélico. No hay que descartar futuras protestas internas que compliquen la continuidad de la junta militar.

Mali se enfrenta a una dinámica de implosión social en la que confluyen crisis militares y políticas. Un hipotético vacío de poder prolongado en el corazón del Sahel tendrá, sin lugar a duda, implicaciones en toda África occidental, con repercusiones hacia otros continentes.

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Roberto Pipia

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