Color verde, música celta, pintas de cerveza negra, diversión y algarabía. Es lo que nos viene a la mente cuando hablamos del día de San Patricio, 17 de Marzo.
Pero la realidad es mucho, mucho más: la fiesta del patrón irlandés se ha convertido en elemento esencial de la promoción cultural y turística de la República de Irlanda en el exterior. Desde Dublín a Madrid, desde Roma hasta Tokio, pasando por Boston hasta Ciudad del Cabo, el día de San Patricio conmemora la cultura y la aportación de la pequeña isla celta al mundo. Un día para rememorar los orígenes de las comunidades irlandesas de la diáspora diseminadas por el mundo y los extraordinarios aportes de Irlanda y de los irlandeses a la cultura universal. La República de Irlanda, con una población que no llega en 2026 a los 6 millones de personas, tiene una historia plagada de dificultades y penurias. La más grave, la gran hambruna irlandesa (llamada en gaélico irlandés An Gorta Mór) de 1845 y 1849 causó en torno a medio millón de muertes por inanición y obligó a un millón de irlandeses a dejar un país a la deriva, haciendo que Irlanda perdiera casi una cuarta parte de su población en aquella época. Por todos es conocida la aportación de los inmigrantes irlandeses al desarrollo de ciudades tales como Nueva York, Boston y Chicago, así como su amplia presencia en el tejido cultural de Escocia, Inglaterra y Gales. San Patricio, celebrado como patrón de Irlanda, se ha convertido, gracias a la contribución de las comunidades de la diáspora irlandesa en el extranjero y en las últimas décadas, a la promoción del Gobierno irlandés y también a actores privados, como la icónica cervecera dublinesa Guinness, en una auténtica demostración de “irlandesidad”. Una maravillosa y vivaz celebración internacional de los valores positivos de hospitalidad, entusiasmo y alegría irlandesa, cuyo retorno económico, solo con el festival de San Patricio de Dublín, asciende a 122 millones de euros, según la televisión pública irlandesa, la RTE.
En los últimos años, algunos de los monumentos más icónicos del mundo, desde el Cristo del Corcovado de Río de Janeiro hasta la Torre Eiffel, pasando por el rascacielos dubaití Burj Khalifa, se tiñen de verde para honrar al verde patrón de Hibernia.
Un ejemplo magnífico de proyección de poder blando y diplomacia amigable nada desdeñable para un pequeño gran país como Irlanda.




