Los jóvenes no somos sólo el futuro: somos el presente. Actualmente hay aproximadamente 1.200 millones de personas entre 15 y 24 años, lo que representa alrededor del 16 % de la población mundial, según Naciones Unidas. Este peso demográfico convierte la voz juvenil en un elemento fundamental para el diseño de políticas públicas y para el diálogo multilateral que define el rumbo del mundo. Sin embargo, pese a esta realidad numérica, la representación juvenil en los espacios formales de toma de decisiones sigue siendo limitada, especialmente en las esferas más altas de poder.
La escasa presencia de jóvenes en posiciones de influencia no es solo una cuestión de cifras, sino de calidad democrática. La juventud aporta perspectivas innovadoras y experiencia directa de los desafíos actuales (como la crisis climática, la digitalización o la precariedad laboral), problemas que afectan de manera particular a nuestra generación y cuyas consecuencias se prolongarán durante décadas. Excluir estas voces del proceso de toma de decisiones implica correr el riesgo de diseñar políticas sin integrar plenamente las necesidades y aspiraciones de quienes vivirán más tiempo bajo sus efectos.
Además, la participación no debe limitarse a una presencia simbólica. Los jóvenes no sólo reclamamos un asiento en la mesa, sino que queremos tener influencia real en el diseño de políticas globales. No ser únicamente consultados, sino participar activamente en la formulación, implementación y evaluación de decisiones. Tener voz auténtica e impacto tangible.
A nivel internacional existen mecanismos formales para que los jóvenes influyamos en la gobernanza global, como el Programa de Delegados Juveniles de la ONU, a través del cual algunos países incorporan representantes jóvenes (hasta los 29 o 30 años) a sus delegaciones ante la Asamblea General. Ahí los delegados participan en debates sobre desarrollo sostenible, derechos humanos o paz y seguridad, integrando la perspectiva juvenil en los principales foros internacionales. Sin embargo, pese a los avances de las últimas décadas, la cobertura sigue siendo desigual. Numerosos Estados aún no cuentan con este tipo de iniciativas, lo que limita la representación geográfica, especialmente en regiones como África subsahariana y Asia Central.
La participación juvenil también varía considerablemente según el nivel de gobernanza. A nivel nacional y local suele existir una mayor institucionalización. Según datos de la OCDE, el 78 % de sus países miembros cuentan con Consejos Nacionales de Juventud como órganos consultivos o de incidencia, y el 88 % dispone de estructuras similares a nivel regional o subnacional. En España, el Consejo de la Juventud de España actúa como plataforma de diálogo entre jóvenes y poderes públicos. Sin embargo, la participación juvenil no se agota en este espacio: numerosas asociaciones y organizaciones también contribuyen a influir en la vida pública desde distintos ámbitos.
El balance es claro: la juventud juega un papel cada vez más visible en foros internacionales y nacionales y los avances son evidentes, pero persisten desafíos estructurales como las desigualdades regionales y una influencia que, en ocasiones, se limita al plano consultivo. El verdadero reto ahora no es sólo crear espacios, sino garantizar que la voz joven no sea un eco, sino una fuerza transformadora.




