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Solo Roma es digna de París. Solo París es digna de Roma.

2026 marca los 70 años de hermanamiento cultural entre los ayuntamientos de Roma y París.

Roma y París son indudablemente las dos grandes urbes (con permiso de Atenas) que mayor aporte han tenido a la creación de Occidente: a orillas del Tíber se gestó el Imperio que gobernó Europa desde Escocia hasta los confines de Asia e insufló la civilización grecolatina y el derecho romano en sus territorios. Sería la ciudad del Sena la que, en el fragor de la Revolución Francesa, fraguaría los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad y daría inicio a la transición del Antiguo Régimen hacia una patria de ciudadanos libres e iguales.

Roma y París. París y Roma. Sin duda las arquitectas que cimentaron los pilares de democracia, derecho e igualdad sobre los que se construyó Europa. Y no solamente ello, la contribución y el legado cultural de estas dos ciudades son innegables: el centro histórico de la capital italiana y la Ciudad del Vaticano son patrimonio de la humanidad, así como el complejo histórico y patrimonial parisino de la ribera del Sena. En pocas palabras: ninguna ciudad puede rivalizar a nivel de trascendencia cultural y belleza patrimonial con la Ciudad Eterna y la Ciudad de las Luces.

Es por ello que en 1956, los ayuntamientos de Roma y París decidieron unir sus lazos a través del hermanamiento cultural exclusivo. Si las ciudades por norma general forman alianzas simbólicas y culturales con otras por conexiones culturales o históricas —por ejemplo, Madrid está hermanada, entre muchas otras, con Río de Janeiro, Miami, Managua y Abu Dabi—, Roma y París no reconocen esta singularidad institucional más allá de entre ellas: solo Roma es digna de París. Solo París es digna de Roma.

Un lazo entre Roma y París que cumple en 2026 70 años, en los cuales ambas ciudades intentan acortar los casi 1400 kilómetros que las separan a partir de iniciativas de cooperación bilateral y cultural: ya desde la firma del acuerdo, en 1956, una réplica de la Loba Capitolina preside la Plaza frente a la Universidad de La Sorbona, así como el barco de vela de bronce que simboliza París reposa en el Museo Nacional Romano, en la Via Parigi (como no podía ser de otra forma) de la capital del Lazio.

Conciertos, exposiciones culturales, intercambios educativos entre las universidades romanas y los ateneos parisinos, colaboraciones científicas, privilegios (los residentes de Roma pueden acceder a los museos municipales de París de forma gratuita, y viceversa) inspiración en París para proyectos de regeneración urbana en Roma en el distrito de Ostiense y Testaccio, y grandes celebraciones del cine italo-francés en los festivales de Dolcevita-Sur-Seine y Nouvelle Vague sul Tevere.

Una alianza urbana que muestra cómo, en pleno siglo XXI, las ciudades han emergido, por derecho propio, como actores globales bajo varios conceptos teóricos: para-diplomacia, diplomacia urbana, gobernanza multinivel. Aunque la escena internacional sigue dominada por Estados, las urbes despliegan diplomacia propia y redes transnacionales para promover intereses locales y afrontar retos globales (cambio climático, migración, salud).

La teoría de la paradiplomacia ve a la ciudad como “actor subnacional” que ejerce una política exterior urbana. Este enfoque reconoce la agencia de los gobiernos municipales en el entorno global, mediante acuerdos propios, lobby en foros internacionales  y diplomacia cultural. Esta dialéctica agencia-estructura explica cómo lo local incide en lo global: las ciudades forman “redes de poder” que pueden incluso contrarrestar decisiones estatales (como el  America’s Pledge tras la retirada de Trump del Acuerdo de París, en el que las grandes metrópolis del país se comprometieron a cumplir en su rango de actuación los compromisos de Estados Unidos firmados en la Cumbre del Clima).

París y Roma son miembros de redes de ciudades globales: participan en foros europeos y mundiales (por ejemplo, Eurocities, C40 Ciudades) donde abogan por políticas comunes de movilidad, cultura y sostenibilidad. Otras urbes ilustran este rol: Nueva York firmó pactos económicos directos con ciudades de Asia; San Francisco promueve la diplomacia climática; Hamburgo defiende sus intereses portuarios frente a otros estados. Las ciudades establecen “oficinas de relaciones internacionales” y celebran cumbres de alcaldes (p.ej. Global Parliament of Mayors), reflejando su influencia creciente: un nuevo paradigma global, en el cual las ciudades, como grandes centros decisionales, de innovación creativa y tecnológica, tienen mucho que decir. Un nuevo contexto en el cual Roma y París, París y Roma, están llamados a ser actores de primera línea.

 

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David Cardero Ozarín

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