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Voces apagadas: el grito invisible de las mujeres afganas

En Afganistán, el silencio no es ausencia de voz. Es imposición. Es miedo. Es supervivencia. La libertad, en el sentido más básico, prácticamente ha desaparecido. No es solo que existan normas estrictas, es que todo está controlado: cómo vistes, a dónde vas, con quién puedes ir. Muchas mujeres no pueden moverse sin un hombre, ni entrar en espacios públicos dónde antes podían estar. Poco a poco, su mundo se ha ido haciendo más pequeño.

Desde que los talibanes retomaron el control del país en 2021, tras la caída de Kabul, millones de mujeres han visto cómo su mundo se ha vuelto un infierno. La vida cotidiana, salir a la calle, estudiar, trabajar.. se ha transformado en un privilegio prohibido.

La mayor parte del tiempo necesitan ir acompañadas por un hombre. No pueden moverse libremente, no pueden decidir por sí mismas algo tan simple como dar un paseo o hacer un recado. A esto se suman las normas estrictas sobre la vestimenta y la prohibición de acceder a espacios públicos como parques o gimnasios. Poco a poco, su mundo se va reduciendo a las paredes de su casa.

Lo difícil de asimilar es que todo esto no son medidas aisladas, sino parte de un sistema que limita cada aspecto de sus vidas. Y mientras tanto, millones de mujeres siguen resistiendo en silencio, viendo cómo sus derechos desaparecen uno a uno.

Uno de los golpes más duros ha sido la educación. A muchas jóvenes se les ha cerrado la puerta de los institutos y las universidades. De un día para otro, sus planes se quedaron en pausa sin fecha de regreso. Imagínate tener claro lo que quieres ser y, de repente, que te digan que ya no puedes ni intentarlo. Y esto no es solo injusto, es condenar a las mujeres a un futuro sin opciones.

En el ámbito laboral, no solo se ha expulsado a las mujeres de la mayoría de los empleos, limitándose su independencia económica, sino que se las ha empujado a una dependencia total. Es un paso atrás enorme, reforzando las desigualdades.

La libertad de una mujer no debería depender del lugar dónde nace ni del momento histórico que le toca vivir. No es un privilegio, ni una concesión que alguien pueda dar o quitar: es un derecho. Y cuando se le arrebata a una mujer, no solo se le está limitando a ella, se está empobreciendo a toda una sociedad.

Porque una mujer sin libertad no es solo una voz silenciada. Es una vida a medias, un futuro recortado, un mundo que pierde todo lo que ella podría haber sido.

Y la pregunta que queda no es solo qué está pasando en Afganistán, sino cuánto tiempo más el resto del mundo va a aceptar que la libertad de millones de mujeres siga siendo opcional.

ARES

Ares Capdevila Brualla

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