/ /
Artículo
/

¿Y si Irán no es el objetivo? Las capas estratégicas de la escalada

La escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán podría ocultar una lógica estratégica más amplia que trasciende el conflicto regional. Más allá de Oriente Medio, el control energético y la competencia tecnológica emergen como factores centrales en la rivalidad entre Washington y Pekín. 22Irán, así, podría no ser el objetivo final, sino una pieza dentro de una competencia hegemónica más profunda.

A primera vista, el conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán parece responder a una lógica regional bastante conocida. Israel percibe a Irán como una amenaza existencial -y viceversa-, Washington respalda a su aliado y Teherán responde mediante su red de actores regionales. Es un patrón familiar que hemos visto repetirse durante años en Oriente Medio. Sin embargo, si observamos la situación con mayor detenimiento, emerge una pregunta distinta: ¿y si Irán no es realmente el objetivo principal de esta escalada?

En ocasiones, los conflictos internacionales se pueden entender a partir de la analogía de la cebolla. La primera capa es visible y aparentemente clara, pero conforme se profundiza aparecen niveles -capas- más complejos donde se revelan motivaciones estratégicas más amplias. En el caso actual, la capa superficial es el enfrentamiento entre Irán e Israel-Estados Unidos. Pero detrás de esta dinámica regional podría estar desarrollándose algo más profundo. Una señal estratégica dirigida a China en el marco de la competencia hegemónica que mantienen ambas superpotencias.

Para comprender esta posibilidad, conviene partir de un elemento fundamental, la doctrina estratégica de la Administración Trump no parte de una lógica expansionista a otros escenarios alejados del continente americano. Es más, apuesta por una contención e interés preferente por el Hemisferio Occidental. Según la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y la Estrategia de Defensa Nacional de 2026 de Estados Unidos, así como estos mismos documentos durante su primer mandato, el principal desafío estratégico para Washington no es Irán, sino China. Esta premisa es clave. Ya que, mientras el país persa representa una amenaza regional significativa, China constituye el único competidor con capacidad para disputar el liderazgo global estadounidense en términos económicos, tecnológicos y militares. Una competencia que se postula como la única capaz de poder intentar acabar con el predominio estadounidense.

Desde esta perspectiva, el conflicto con Irán -y la escalad regional- adquiere una dimensión diferente. No se trataría únicamente de contener a Teherán o respaldar a Israel -que, sin duda, lideró la entrada en este conflicto-, sino también de proyectar poder en un escenario geopolítico clave para la competencia global: el control energético. Aquí entra en juego uno de los puntos más sensibles del sistema internacional y el cual ha sido de total actualidad para la comunidad internacional, el estrecho de Ormuz. No nos vamos a centrar en los datos y su importancia para el flujo de energía global, que es ampliamente conocido. Lo importante aquí es que no se trata únicamente de una cuestión regional, sino de una arteria crítica para la economía global. Y, especialmente, para China.

La economía china depende en gran medida de las importaciones energéticas procedentes del Golfo. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y otros productores de la región constituyen proveedores fundamentales para el funcionamiento de su industria y su crecimiento económico. Esto convierte al estrecho de Ormuz en un punto de vulnerabilidad estratégica para Pekín, al mismo tiempo que impulsa la ambición china de mantener su control sobre el Estrecho de Malaca. En este contexto, la actual campaña militar estadounidense adquiere un significado más amplio. Hasta ahora, las operaciones han sido principalmente aéreas y navales, sin una invasión terrestre a gran escala. Este patrón es coherente -no en su totalidad- con la doctrina que Donald Trump ha mostrado anteriormente. Es decir, un uso de la fuerza limitado, preciso y sin compromiso prolongado de tropas sobre el terreno. No obstante, en esta ocasión ha roto con la regla del tiempo. 

La duración de la campaña comienza a extenderse más de lo previsto. O quizás no. La resistencia iraní, la ausencia de un levantamiento interno decisivo contra el régimen y la complejidad del escenario regional han contribuido a prolongar las operaciones. Además, se han planteado escenarios como el despliegue de fuerzas en torno a la isla de Jark, una infraestructura clave para las exportaciones petroleras iraníes que pondría en jaque el suministro militar -y, por supuesto, civil-. Este punto es especialmente relevante. La isla de Jark constituye uno de los principales centros de exportación de crudo iraní, y su control o neutralización tendría implicaciones directas sobre el flujo energético regional. Y, por extensión, sobre el mercado global. 

Si observamos esta dinámica desde la perspectiva de la competencia entre grandes potencias, considero que la señal es bastante observable. EE.UU. estaría demostrando su capacidad para intervenir en uno de los principales nodos energéticos del mundo. No necesariamente para interrumpir el suministro de manera permanente, sino para evidenciar que posee la capacidad de hacerlo si lo considera necesario. Este tipo de demostración de poder encaja con la lógica clásica de la geopolítica. A lo largo de la historia, el control de rutas comerciales y energéticas ha sido un elemento central en la competencia entre grandes potencias. En el siglo XIX, el llamado “Gran Juego” entre el Imperio Británico y Rusia se desarrolló en torno al control de territorios estratégicos en Asia Central. Siguiendo una lógica que sigue siendo similar al contexto actual. En lugar de territorios terrestres, los puntos clave son ahora rutas marítimas, chokepoints energéticos y cadenas de suministro tecnológicas.

En este sentido, la actual escalada en torno a Irán podría interpretarse como una versión contemporánea de ese “Gran Juego”. La diferencia es que, en esta ocasión, los protagonistas son Estados Unidos y China, y el tablero se extiende desde Oriente Medio hasta el Indo-Pacífico. Este enfoque también ayuda a entender algunas dinámicas aparentemente contradictorias. Desde afirmar que no queda liderazgo alguno iraní para poder entablar negociaciones hasta, apenas unos días más tarde, trasladar una propuesta de 15 puntos a través de un tercer Estado -bastante polémico- como Pakistán. Y, a continuación, trasladar la fecha de la cumbre Trump-Xi prevista para abril a mitad de mayo. donde presumiblemente el conflicto ya habrá adquirido otra dimensión.

A pesar de ello, incluso si el conflicto se originó en gran medida por la dinámica regional, esto no excluye que Washington haya identificado una oportunidad estratégica más amplia. En ocasiones, los conflictos no se diseñan completamente desde el inicio, sino que evolucionan conforme se desarrollan -ya lo apuntaba Clausewitz hace más de doscientos años-. Lo que comenzó como una escalada regional puede transformarse en una operación con implicaciones globales. Estados Unidos parece estar evitando deliberadamente una guerra prolongada al estilo de Irak o Afganistán. En cambio, mantiene una presión militar sostenida, limitada y controlada, permitiendo consolidar un modelo que proyecte poder sin quedar atrapado en un conflicto de larga duración.

Al mismo tiempo, esta estrategia envía múltiples señales. A Irán, demuestra que su infraestructura estratégica puede ser vulnerable. A los aliados regionales, refuerza la necesidad de ampararse en el paraguas defensivo estadounidense como garante de seguridad ante los ataques iraníes. Y a China, evidencia que Washington conserva la capacidad de influir en el flujo energético global en un escenario claramente pro chino como es Irán. Este último elemento es especialmente relevante si se considera la creciente competencia tecnológica entre ambos países. El desarrollo de la inteligencia artificial, la computación avanzada y las nuevas tecnologías industriales requiere enormes cantidades de energía. De esta forma, el acceso a recursos energéticos estables se convierte en un factor estructural de poder.

Así, el control o la influencia sobre rutas energéticas no solo tiene implicaciones económicas inmediatas, sino también tecnológicas y estratégicas a largo plazo. La competencia por la inteligencia artificial y las tecnologías emergentes está estrechamente vinculada a la disponibilidad energética y, desde esta perspectiva, la dimensión energética del conflicto adquiere aún mayor relevancia. Por supuesto, esto no significa que la escalada actual responda exclusivamente a esta lógica. El conflicto entre Irán e Israel sigue siendo real y significativo. Las dinámicas regionales continúan desempeñando un papel central. Pero, limitar el análisis a esta capa superficial puede resultar insuficiente para comprender la complejidad del momento actual.

Como ocurre con una cebolla, cada capa revela un nivel adicional de significado. La superficie muestra una escalada regional. La siguiente capa refleja una campaña militar limitada estadounidense. Más allá, aparece la dimensión energética. Y, finalmente, emerge la competencia hegemónica entre Estados Unidos y China. En este contexto, considero que la pregunta clave ya no es únicamente si Estados Unidos logrará debilitar a Irán o contener la escalada regional. La cuestión más relevante es si Washington está utilizando este conflicto para enviar una señal estratégica más amplia sobre su capacidad para influir en los nodos críticos energéticos del sistema internacional.

Si esta interpretación resulta acertada, el conflicto actual podría tener implicaciones que van mucho más allá de Oriente Medio. Podría formar parte de una competencia global donde la energía, la tecnología y las rutas estratégicas se convierten en elementos centrales de las lógicas del poder. Irán seguiría siendo un actor clave en este escenario, pero no necesariamente el objetivo final. Más bien, podría representar una pieza dentro de un tablero más amplio, donde las grandes potencias miden sus capacidades, envían señales y configuran el equilibrio internacional del siglo XXI. Y, como ha ocurrido en otras épocas de la historia, los conflictos visibles pueden ser solo la primera capa de una  dinámica mucho más profunda. Veremos qué resultados dará la cumbre Trump-Xi en mayo. Mientras tanto, sigamos quitándole capas a la cebolla. 

Fotografia-Miguel-Angel-Melian

Miguel Ángel Melián Negrín

Comparte este artículo:

Publicaciones recientes

Feminidad y poder en Corea del Norte

La presencia de mujeres en la línea sucesoria de Corea del Norte desafía la intuición. La autoridad cambia de rostro, pero el sistema permanece intacto: el linaje dicta las reglas.

Leer >>